Baron Ungern, el último general blanco y un dios de la guerra

14.03.2021

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

A menudo Ungern es retratado como un barón sediento de sangre, un ser cruel, loco y violento, pero esa figura es más bien una creación de los novelistas y no de los historiadores. No obstante, Ungern fue uno de los últimos rusos blancos que logró vencer a los bolcheviques, un visionario que contemplaba impávido la catástrofe producida por la Modernidad, un Khan consagrado por una autoridad espiritual y la encarnación viviente del Dios mongol de la guerra.

El barón con manto de seda de Mongolia ofrecido por el Bogdo Khan con charreteras militares rusas y la cruz de San Jorge

El barón Ungern-Sternberg se hizo famoso por la descripción que hizo de él Ossendowski en su famoso libro Bestias, hombres y dioses, el cual es un relato de sus viajes a través de Mongolia. La figura del barón no es ajena para nada a Ossendowki, ya que su talante parece concentrar en sí todas las cualidades fascinantes de este misterioso libro, empezando por el título. Ungern es todo a la vez: "una bestia, un hombre y un Dios". Además, cae sobre él un halo de leyenda que, como la historia que nos narra Ossendowski, dificulta distinguir entre la historia y el mito. Pero el libro de Ossendowski, igual que la vida de Ungern, está llena de episodios fabulosos que muy probablemente fueron inventados y conviene recordar que estas historias fueron principalmente acreditadas por René Guénon, incluyendo varios elementos bastante increíbles, los cuales cita en su libro El Rey del Mundo, libro que es una respuesta a los detractores de la obra de Ossendowski, ya que según Guénon muchos de los elementos en esa historia solo pueden entenderse a un nivel iniciático.

Lo mismo ocurre con el barón cuya vida es una mezcla entre una salvaje brutalidad y varios milagros que sólo pueden entenderse si los observamos desde una perspectiva iniciática. Su vida hace parte de un período histórico particularmente simbólico, lo cual le da un significado interesante a todas las acciones del barón tanto en el plano temporal como en el plano espiritual. La feroz lucha que libró como general blanco contra los bolcheviques, contra los partidos de masas y contra el materialismo puede ser trasladada a un plano superior donde se produjo una especie de confrontación entre las fuerzas celestiales superiores que se enfrentan a las fuerzas infernales.

Robert Nicolas Maximilien von Ungern Sternberg, más conocido por su nombre eslavo Roman Fyodorovich, nació en 1885 en Graz, Austria, en una familia de aristócratas pertenecientes a la antigua nobleza alemana del Báltico. Los Ungern estaban estrechamente vinculados a la antigua Orden de los Caballeros Teutónicos, hasta el punto de que, según el mismo Barón, la orden siempre ha tenido a sus parientes como miembros de la misma. Si bien los antepasados ​​del barón han vivido en el Báltico durante siglos, no hace parte de un linaje de germanos completamente puros, como lo demuestra el vínculo que tiene la familia con la orden teutónica. Criado por un adinerado suegro de origen alemán, en un tiempo en que Estonia todavía le pertenecía a Rusia, Ungern fue muy influenciado por la figura de su padre: un intelectual que se convirtió al budismo. Manifestó desde niño disposiciones encaminadas a emprender grandes cosas. Como diría más tarde, "he dedicado toda mi vida a la guerra o al estudio del budismo". Entonces, al ingresar en la Infantería de Marina de San Petersburgo a la edad de diez años, fue expulsado a los diecinueve años por haber querido unirse al ejército ruso y entrar en combate antes de siquiera haber terminado su entrenamiento. Llegará al extremo de alistarse como soldado raso en Manchuria, pero llegará demasiado tarde como para entrar en acción. Después de ser admitido en la escuela militar Pablo I en San Petersburgo y de pedir ser asignado lo más cerca posible de la línea del frente, finalmente se convierte en oficial de las tropas cosacas de Transbaikalia, donde tendrá la oportunidad de codearse con los buriatos y otros pueblos mongoles de Siberia.

Un caballero teutónico entre los mongoles

Fue entonces cuando se le ocurrió el proyecto de fundar una orden armada budista, reuniendo en su interior a hombres brutales y feroces que tuvieran como misión proteger al zar y luchar contra la terrible revolución. "La idea de la monarquía es lo que me impulsó a luchar", confesó después. Este contacto con los mongoles tuvo una influencia decisiva en las ideas del barón, ya que al parecer llegó a identificarse completamente con ellos. Por ejemplo, cuando quería llegar a su destino prefería bajarse del tren y cabalgar por la tundra, la taiga y la vieja Buriatia, acompañado únicamente por un halcón y un perro, sin llevar provisiones en un trayecto de más de mil kilómetros y durante el lapso de tiempo que correspondía a casi un año. Esta afinidad entre el barón y los pueblos altaicos no es para nada sorprendente. Estos pueblos, y en especial los mongoles, han sido vistos como los destructores de las sociedades que han sido corrompidas por la opulencia y son considerados como un castigo divino. Ahora bien, al abordar la dicotomía teológica entre la belleza y la majestad divina, podemos decir que la primera se despliega en forma de una multiplicidad de teofanías mientras que la segunda reduce todo a la unidad trascendente.

La majestad divina, que se traduce en rigor y justicia, engendra belleza y misericordia, así como la unidad engendra multiplicidad. Sin embargo, una vez agotadas las posibilidades superiores, debe ocurrir todo lo contrario. La destrucción de la materia y sus formas degeneradas solo puede acontecer por medio del rigor y la justicia, esto a su vez se traduce en el retorno a una unidad trascendente que engendra nuevamente la belleza. Por lo tanto, es muy natural que entre los mensajeros divinos existan algunos que tienen la función de hacer cumplir el rigor y la justicia, son quienes preparan el camino de la renovación, tal como San Juan Bautista prepara la venida de Cristo. Así que podemos entender el papel de Genghis Khan, quien afirmó: "Yo soy el castigo de Dios".

Los mongoles, un pueblo de nómadas guerreros que viven en regiones desérticas y se extienden por toda el Asia Central, cumplen perfectamente este papel y esta función purificadora. Sin embargo, la orden teutónica a la que pertenecieron los antepasados ​​del barón parece haber tenido una misión equivalente en su época, lo que explica sus profundas afinidades con los pueblos de las estepas. Muchos son los que destacan su aspecto terrible y divino. "Es un ser suspendido entre el infierno y el cielo", dijo su cuñado. Otro decía sobre él: “Algo que proviene de la Edad Media emana del barón. En él se expresa un atavismo que le fue legado por sus antepasados más ​​lejanos, los Hermanos Livonios de la Espada: siente un gran gusto por el combate y quizás comparte con ellos una fe similar en lo sobrenatural”.

La leyenda negra del último ruso blanco

El misterioso estandarte del barón y su división asiática

Cansado de la rutina de ir hacia su destino en China, el oficial Ungern pide ser enviado a Urga, la capital de Mongolia, pero finalmente será enviado Kobdo, cerca de las montañas del Altai, donde los rusos están ayudando a los mongoles contra los chinos que han ocupado sus tierras. Unger se queda allí mientras lee a Dostoievski y a Dante, no bebe ni va a los burdeles, y solo convive con los cosacos, apartándose de los rusos. El aristocrático barón, y esto es una constante en él, vive únicamente con sus hombres, come como ellos, duerme con ellos. Prefiere la sencillez rural al estupor de las ciudades, incluidas las europeas, las cuales odiaba. Afirma, además, que “la burguesía sólo es capaz de vivir como un parasito a costa del Estado y son ellos los que han causado todo lo que sucede hoy. El zar debe apoyar a la aristocracia y al campesinado”. La noble causa que defiende le hará muy ejemplar durante la gran guerra cuando su temeridad y conducta heroica le hagan ganar la cruz de San Jorge. En la guerra lucha al frente de los cosacos que pertenecen al regimiento del Ataman Grigory Semenov y bajo el mando del coronel Wrangel, futuro líder de los ejércitos contrarrevolucionarios. Este último escribió sobre Ungern: “En él uno es capaz de encontrar contrastes muy singulares: un espíritu original, perceptivo y, al mismo tiempo, una asombrosa falta de cultura, un horizonte limitado hasta lo extremo, una timidez salvaje, una furia implacable que abunda siempre y una excepcional falta de necesidades”.

Cuando estalló la Revolución Rusa, el oficial teutónico se une al Ataman Semenov en Manchuria. Este último había sido instruido por Kerensky para formar un regimiento de mongoles y buriatos en Transbaikalia, un regimiento que finalmente puso al servicio de la contrarrevolución en 1917. Semenov nombra a Ungern como su jefe de estado mayor y le confía el mando de sus jinetes mongoles. El atamán comparte muchas afinidades con este alemán. Es mitad buriatio, ama profundamente a los pueblos de Asia Central y también muestra un extraordinario valor en el campo de batalla. Sobre todo, ambos comparten el proyecto de crear un enorme Estado en medio del Asia Central que reúna en su interior a los ruso-buriatos y mongoles.

En 1919 se celebró un congreso pan-mongol en el que Semenov fue condecorado, pero su proyecto no tuvo éxito. De hecho, existe algo que separa a Semenov del barón; si el segundo se guía por su ideal, el primero es un calculador y un ambicioso. Mientras que el barón impone la más estricta y severa austeridad a sus hombres, el Ataman vive en medio de la pompa y el lujo. Tampoco duda en saquear al pueblo con tal de obtener lo que quiere. Por eso no reconoce la autoridad del almirante Kolchak y declara que Transbaikalia es autónoma a partir de 1918, lo cual socava la unión entre los generales blancos. Lo cierto es que hasta 1920, los dos soldados combatirán con éxito a los bolcheviques. En ese entonces, la crueldad del Ataman buriato se combina con la brutalidad del barón del Báltico, creando la oscura leyenda que hoy conocemos. Pero después del arresto de Kolchak y la renuncia de Denikin, Ungern y Semenov quedan aislados. Finalmente, Semenov escapa, lo que convierte al barón Ungern en el último general blanco.

La consagración del Dios de la guerra

Ungern continúa capitaneando a su salvaje división asiática compuesta por bashkires, tártaros, kirguises, kazajos y otros pueblos, que juntos suman más de mil hombres. El soldado del Báltico ama profundamente a sus hombres. Estos lo llaman "abuelo". Pero no es menos severo en imponer la disciplina, obligando a sus hombres a pasar días enteros sobre techos resbaladizos como castigo. También es bastante brutal contra quien sea que los lastime. Por eso fue que quemó vivo a uno de sus oficiales por haber envenenado a los heridos o le rompió la pierna a un médico voluntario que se negó a atender a uno de sus soldados. Todo lo que le importaba era su objetivo: "Despertar a toda Asia y, con su ayuda, traer el reino de Dios de regreso a la Tierra". Por esa razón quiere, como Semenov, unir a los pueblos mongoles, tibetanos y chinos en un gigantesco Estado asiático "que se convierta en una barrera en contra de la revolución" y de ese modo restaurar la monarquía, porque solo eso "salvará a la humanidad que ha sido corrompida por Occidente". Esta restauración no la hace tanto en un sentido político como en uno puramente tradicional ya que argumenta que “la encarnación suprema de la monarquía es la unión entre la divinidad y el poder secular, como lo fueron el emperador de China, el Bogdo Khan en Khalka y los zares rusos de la antigüedad”.

Por lo tanto, es muy lógico que guie a su división a Mongolia con tal de liberarla de la ocupación china. Al llegar a Mongolia ataca la capital con tal de liberar al Bogdo Khan que se encuentra cautivo en la ciudad. Mal equipado, superado en número, sin provisiones y en pleno invierno, el barón logrará prácticamente lo imposible. Después de una primera batalla violenta frente a Urga, donde la división asiática casi gana, Ungern y sus hombres se ven obligados a retroceder. Luego acosa al enemigo desde su base y llega incluso a escabullirse dentro de la ciudad ocupada, sin jamás llegar a ser detectado. Posteriormente, a la cabeza de un comando disfrazado como si fueran lamas, logra liberar al Bodgo Khan de su cautiverio. Muchos creen que el barón está aliado con fuerzas sobrenaturales y que es un ser vengativo protegido por poderosos lamas que no permiten que ni una sola bala pueda alcanzarlo. De hecho, aunque lidera los ataques al frente de sus tropas, nunca es herido y existen muchos testimonios acerca de sus misteriosos dones, incluidos la videncia. Unas horas después de declarar su ataque, y sin disparar un solo tiro, los aterrorizados soldados chinos abandonan la ciudad de Urga.

Este éxito increíble le debe mucho al apoyo espiritual que le ofrece Bogdo Khan, cuyo poder a la hora de bendicir a Ungern no debe subestimarse. Entonces, Bodgo le dice a Ungern: "No morirás, al final encarnaras en un ser mucho más elevado. ¡Recuerda estas palabras, dios encarnado de la guerra, Khan de Mongolia!” Es así como Ungern es identificado como el dios de la guerra: Mahakala, la "gran deidad negra". La identificación de un ser con una deidad debe entenderse como la identificación más elevada que alcanza a un iniciado con cierta cualidad divina que existe en él. Resulta curioso señalar que los propios zares representan, según los tibetanos, la encarnación del Tara Blanco, una deidad protectora.

En la mitología tibetana, Mahakala fue enviado a eliminar las fuerzas demoníacas que controlaban la tierra. Así que es poseída por una violencia frenética que la hace perforar con su tridente a los demonios para después decapitar al rey de las fuerzas del mal y matar a sus seguidores. Después de eso resucita a sus enemigos y los convierte en protectores del dharma. Esta figura encaja perfectamente con las ideas del barón, que a menudo tuvo a su servicio a sus antiguos enemigos, como lo fueron viejos bolcheviques, invasores chinos o hasta japoneses. Una vez más, la historia es dominada por el simbolismo y de alguna forma se llega a transcender las contingencias temporales. Según el propio barón, "no soy sólo un hombre, soy el líder de fuerzas mucho grandes". Pero el barón no se detiene en Mongolia y quiere ofrecer sus servicios al Dalai Lama, la autoridad suprema. Sin embargo, sus oficiales, guiados por oscuras razones, lo traicionan y lo entregan a los bolcheviques. Había dicho antes: "Ha llegado mi hora... Pero el mundo nunca ha visto un terror y un mar de sangre como el que verá ahora".

Fuente: https://philitt.fr/2017/11/08/le-baron-ungern-dernier-general-blanc-et-dieu-de-la-guerre/?fbclid=IwAR27UcRwXHitO8N79IccWp8Ya7VQ0mDKRXzjBCyJA7c2BNYyXqk5BRXB2-Y