Conspiración y mesianismo

17.01.2021

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

La ocupación del Capitolio de la ciudad de Washington por parte de los manifestantes que apoyan a Trump, durante este el 6 de enero, se ha convertido en un momento crucial de la historia de los Estados Unidos y del modelo ideológico que este país ha estado exportando (o ha intentado exportar) a todo el mundo. Sin embargo, lejos de haberse producido una desintegración de su entidad imperial en un espectro puramente posmoderna y antitradicional, este evento (siguiendo el esquema utilizado por el antropólogo ruso Lev. N. Gumilev) solamente marca la transición desde una fase de crisis a una de inercia. 

Según la perspectiva desarrollada por Lev N. Gumilev (1912-1992), la evolución y la historia humanas están sujetas a las leyes y procesos evolutivos propios de la biosfera, los cuales son parte integral de la estructura material de la tierra. La peculiaridad del pensamiento de Gumilev reside en que decidió adaptar las ideas sostenidas por el geoquímico Vladimir I. Vernadskij (1863-1945) acerca de la biosfera (la cual está compuesta por una parte animada y otra inanimada) al estudio de la historia de las etnias. Gumilev enfatizaba en primer lugar el papel específico del hombre al interior de la biosfera y su inseparabilidad de la naturaleza.

Las piedras angulares de todo el pensamiento de Gumilev son los conceptos de etnia y etnogénesis. Si el etnos es la forma específica de existencia del hombre y uno de los principales factores que configuran su percepción del mundo; la etnogénesis representa el proceso de formación, desarrollo y evolución de la etnia. Cada etnia, según el antropólogo ruso, tiene su propia estructura interna y un prototipo de comportamiento único que puede cambiar a través de las generaciones. Hay dos tipos de etnias: la primera es la que vive en su entorno nativo de acuerdo con una forma de vida particular y se haya limitada por la forma misma que es adecuada a su entorno; el segundo tipo de etnia es, en cambio, dinámica y es capaz de adaptarse a un nuevo entorno a través de ciertos cambios en el "prototipo de su comportamiento". La pasionariedad es el parámetro fundamental que permite considerar a una etnia como dinámica. Los pasionarios son aquellos cuyo impulso hacia un ideal u obstinación hacia un esfuerzo superior es más fuerte que el instinto de autoconservación.

La pasionariedad es un elemento necesario para cualquier proceso de etnogénesis: es una forma de energía bioquímica que está presente en la biosfera y que afecta directamente la psicología humana y su comportamiento. No debemos ignorar el otro factor que menciona Gumilev y el cual llama la "complementariedad": una especie de simpatía subconsciente entre las personas que las lleva a unirse sobre la base de ideas similares, creando así las condiciones necesarias para la formación de una tradición étnica y, consecuentemente, de toda clase de instituciones sociales.

“Los Pasionarios - afirma Gumilev - formulan los objetivos comunes que los unen y determinan su destino histórico [...] Son siempre minoría en todas las fases de la etnogénesis, pero logran imponer sus imperativos de comportamiento sobre la mayoría”. El concepto de etnia está asociado con el de super-etnos en el que las diferentes etnias se unen para producir una idea de uniformidad basada en símbolos religiosas, ideológicas, militares o una combinación de todos estos factores. Cada proceso de etnogénesis se divide en distintas fases: crecimiento, clímax, crisis (conflicto interno), fase de inercia y fase de desintegración.

La batalla por el alma de los Estados Unidos

Gumilev aplica sus teorías al proceso de formación y desarrollo del super-etnos ruso, reconociendo, al mismo tiempo, la considerable influencia que las poblaciones turanianas, que habitaban las estepas euroasiáticas, tuvieron en esta etnogénesis y la fusión entre diferentes pueblos y razas sobre la base de una natural atracción mutua que fue más fuerte que cualquier forma de repulsión. Según este enfoque, Gumilev consideraba que fue durante los siglos donde los tártaros conquistaron Rusia el momento específico donde se formó y creció la etnia rusa. La fase culminante de este proceso está representada por el momento en que el Imperio consiguió expandirse hasta alcanzar sus fronteras naturales durante el siglo XVIII, mientras que la fase de crisis comenzó con las revueltas decembristas de la década de los años 20 del siglo XIX, a las que seguiría una fase inercial dentro de la cual también se encuentra el período soviético considerado por Gumilev como una especie de micro-proceso de la etnogénesis al interior de la historia de la etnia imperial rusa.

Ahora bien, habiendo hecho una necesaria y rápida presentación de un pensamiento extremadamente complejo como el de este antropólogo ruso, el objetivo de nuestro análisis es comprender de qué manera se puede aplicar el esquema de Gumilev a la historia de los Estados Unidos. Vale la pena decir que tal razonamiento no puede ignorar consideraciones de carácter puramente geopolítico. 

Carl Schmitt, en un intento por comprender el significado real del término nomos, identificó tres significados diferentes a los que el sustantivo griego puede referirse: apropiación, división y producción. El jurista alemán, al mismo tiempo, subrayó el cómo la historia de los pueblos, con sus migraciones y conquistas, es una historia de apropiación de las tierras. Y el cómo esta apropiación no debe entenderse exclusivamente como una apropiación de tierras libres (sin amo), sino también como la conquista de tierras enemigas robadas a un dueño anterior. En este sentido, el relato de la conquista de Canaán por los judíos representa el arquetipo bíblico de esta forma de apropiación.

 Entonces, el proceso de colonización de las Américas se erige como la contraparte moderna de este proceso de apropiación. El continente que recién había sido "descubierto" fue considerado como una tierra de nadie. Esto llevó a la negación de cualquier derecho sobre la tierra por medio de la autodeterminación y la soberanía de la población indígena. Pero si la colonización hispana, aunque no fue ajena a episodios de violencia extrema, nunca quiso formar un imperio esclavista, dado que cada indio era considerado un súbdito del Reino, no se puede decir lo mismo del modelo de colonización anglosajón que llegó considerar a la población indígena como una entidad subhumana digna de ser aniquilada. Por eso, como afirma el pensador argentino Alberto Buela, al no haberse mezclado nunca con el componente indígena, el mundo anglosajón fue trasplantado por completo a las Américas, mientras que su conciencia siguió siendo típicamente europea. Pero esta conciencia europea fue bastante particular, ya que estaba profundamente imbuido por el germen de la Modernidad. Era una conciencia desviada marcada por la influencia del mesianismo judaico-protestante y la mentalidad mercantilista.

De hecho, los emigrantes puritanos que llegaron a las costas de Norteamérica en el siglo XVII estaban convencidos de que estaban reviviendo el Éxodo bíblico y llegaban a una Tierra Prometida en la que construirían el Nuevo Israel y la Jerusalén celestial en la tierra, incluso a costa del exterminio de la población indígena siguiendo las líneas trazadas por la conquista israelita de las tierras de Canaán. Esta idea puritana llena de mesianismo y abiertamente hostil a la corrupta e iliberal Europa ha influido decisivamente en el proceso de formación de la superestructura ideológica de la etnia norteamericana, lo cual está directamente relacionado con el concepto del "destino manifiesto".

El académico Anders Stephanson ha examinado en profundidad la idea del "destino manifiesto": la expresión fue acuñada por John O'Sullivan a mediados del siglo XIX para definir la misión de la expansión norteamericana por todo el continente como una tarea que había asignado la Providencia y, posteriormente, fue utilizada por el presidente Wilson para subrayan el papel de Estados Unidos de guiar al mundo hacia un futuro mejor a través de una regeneración constante. Stephanson concluye que Estados Unidos no fue el único país que atribuyó un carácter ejemplar a su identidad nacional. Sin embargo, aunque si es cierto que cada Estado-nación o los mismos imperios del pasado se han considerado como singulares o han sostenido que fueron consagrados para tal misión debido a un orden superior, es igualmente cierto que nadie ha pretendido jamás que esta consagración imponga una transformación del mundo a su imagen y semejanza, llevando con ella al final mismo de la historia.

Stephanson reconoce que este papel profético y universal es producto de una herencia puritana, que se da en el resurgimiento de la narrativa del Éxodo y del tema judío de la elección divina por medio de la Alianza con Dios. Pero lo que queremos enfatizar en este contexto es el hecho de que este ideal de superioridad moral ha sido el único pegamento ideológico de la sociedad norteamericana desde su origen hasta hoy. Para ser justos, también habría otro factor que une a la sociedad norteamericana: un factor que hoy se ha vuelto demasiado arrogante gracias a la enorme difusión que ha conocido debido a las plataformas sociales: las teorías conspirativas que tienen una inspiración pseudo-religiosa. Esto es lo que Richard Hofstadter definió en su época como el "estilo paranoico" de la política estadounidense. Este historiador norteamericano había recopilado, a principios de los años 60 del siglo pasado, una cantidad considerable de documentación que estaba destinada a demostrar una cierta "conspiración", algo que se daba por medio de la enorme difusión de las logias masónicas y sociedades secretas (descritas con gran detalle también por René Guénon) y que tiene profundas raíces en la sociedad norteamericana. 

Hofstadter sustenta su tesis haciendo referencias a las diversas posiciones que han sido expresadas a lo largo de la historia de los Estados Unidos por diferentes actores políticos y periodístico. Así, en un artículo de un periódico texano de 1855 leemos que las monarquías europeas y el Papa conspiraban para destruir las instituciones civiles, políticas y religiosas de los Estados Unidos. Tesis apoyada unas décadas antes también por el inventor del telégrafo SB Morse, quien en un libro titulado Conspiraciones extranjeras contra las libertades de Estados Unidos describe los intentos del príncipe Metternich de anexar los Estados Unidos al Imperio de los Habsburgo con la ayuda de los jesuitas. Nuevamente encontramos estas ideas en un manifiesto del Partido Populista (Partido de "izquierda" cercano a las demandas de los campesinos estadounidenses) de 1895, donde se afirma la existencia de una camarilla secreta internacional que tiene como objetivo destruir la prosperidad del pueblo y la independencia financiera y comercial de los Estado Unidos. En 1951, el conocido senador McCarthy declaró tener pruebas de la existencia de una conspiración infame destinada a conducir al país al desastre. Y, aproximadamente al mismo tiempo, el agitador político Robert H. Welch Jr. acusó a Eisenhower y Foster Dulles de ser agentes que estaban al servicio del comunismo (¡sic!).

Frente a un paradigma "ideológico" que oscila entre una idea mesiánica fundamentada en la elección providencial y la paranoia conspirativa, parece evidente el cómo encaja en todo esto el fenómeno QAnon(una teoría conspirativa, imbuida de una clara inspiración evangélica, que asume las connotaciones de una pseudo-religión), la cual encontró un caldo de cultivo fértil, que también es ayudado por la actual crisis económica, por el rápido empobrecimiento de las clases medias (por las que, debemos decirlo, la administración Trump  hizo poco o nada) y por las condiciones particulares que fueron impuestas por la pandemia, que acabaron desestabilizando la psique de una sociedad que ya estaba particularmente angustiada como lo es esta misma sociedad "occidental".

Que quede claro que no estamos negando en absoluto la existencia y el papel que ejercen determinados grupos con poder político-financiero a nivel global (especialmente occidentales) para orientar la planificación de estrategias geopolíticas determinadas a largo y corto plazo. Esto se vuelve particularmente evidente cuando el ya inestable sistema representativo de la democracia liberal se convierte en rehén de los empresarios y los intereses privados. Los casos de censura en las plataformas sociales, además de ser el emblema de la degeneración de un sistema político que abdica en favor de la virtualidad, donde se hace difícil distinguir la diferencia entre la realidad y la ficción, son la demostración más clara de lo que significan semejantes reivindicaciones.

Sin embargo, es bueno recordar (con Evola y el ya citado Guénon) que, ante una reacción natural al trabajo destructivo que han promovido estos mencionados grupos de poder, muchas veces se promueven revitalizaciones parciales de los mismos valores tradicionales (o pseudo-tradicionales como es el caso del fenómeno QAnon) fácilmente ridiculizado por la insuficiencia de sus contenidos o de sus promotores, lo que demuestra ser absolutamente consustancial con el sistema y para nada absolutamente antitético con el mismo. Y es igualmente evidente que, si el descontento y las sacrosantas pretensiones de carácter social y económico, son canalizadas por la vía del "sentimentalismo", de la crítica moral (al más puro estilo del protestantismo anglosajón) contra estas élites "satánicas" que organizan círculos de pedófilos en la trastienda de las pizzerías de Washington, mientras que todas las formas de oposición real se terminan ahogando en el torbellino de esta locura psíquica.

La experiencia del trumpismo, por tanto, debe interpretarse a la luz de un conflicto dentro del sistema y no como una expresión de lucha anti-sistema. El autor de estas líneas lo ha descrito a menudo como la forma más decadente y agresiva del imperialismo norteamericano. De hecho, además de haber hecho muy poco por los perdedores de la globalización, a pesar de la retórica que a menudo ha acompañado sus proclamas propagandísticas (en los cuatro años de la presidencia de Trump la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado muchísimo, mientras que los millonarios nunca han pagado tan pocos impuestos en toda la historia), tampoco ha cambiado nada en términos geopolíticos, ya que todo sigue manteniendo su misma continuidad en los diferentes escenarios de esta lucha y no cambia con respecto a la anterior administración presidencial: desde la contención agresiva contra China, que ha escalado y se ha convertido en una guerra económica, hasta la preparación para llevar a cabo una intervención militar directa (demasiado cara) que ya había sido prevista por Barack Obama en su famoso discurso a los cadetes de West Point en 2014.

El fin del imperio

Ahora, volviendo al esquema de Gumilev, y considerando el hecho de que en la posmodernidad los eventos se caracterizan a menudo por ser una parodia de los mismos (la posmodernidad misma es la época de la falsificación ideológica), es fácil creer que en la actual fase de la etnogénesis norteamericana se está produciendo una crisis, es decir, un conflicto interno. Una fase que se ha acelerado debido a la crisis provocada por la pandemia, la cual hizo emerger todas las contradicciones étnicas y sociales que históricamente han caracterizado el proceso de formación de la etnia norteamericana.

A la fase de crisis le sigue una fase de inercia, durante la cual, con toda probabilidad, la nueva administración intentará reagrupar el tejido social centrándose en el único rasgo que realmente une a la etnia norteamericana: el mencionado "destino manifiesto" que quizás sea conjugado en términos de un "nacionalismo liberal". Un enfoque que, como señaló el politólogo John Mearsheimer, el propio Trump intentó (y falló) en conseguir.

Entonces, lo que estamos presenciando hoy no es el fin del imperio estadounidense. Es simplemente la transición de una fase de crisis que lo lleva a entrar en una fase de inercia. Varios analistas han apoyado el advenimiento del trumpismo con la esperanza de que este se convirtiera en la expresión de la desintegración del imperio. Este evento aún está lejos de suceder. Sin embargo, la inexorable aceleración que supone para los procesos geopolíticos la crisis producida por la pandemia nos da alguna esperanza (al menos para quienes realmente se preocupan por la soberanía de Europa y una evolución multipolar del sistema global) de que la fase de reajuste e inercia sea extremadamente corta.