Coronavirus y el arte de la paciencia

02.04.2020

Ante esta epidemia mundial que está dejando miles de muertos en todo el mundo, las naciones-Estado recibieron la voz de orden del gobierno mundial en medicina, la Organización mundial de la salud (OMS): quédense en sus casas. Y así millones de hombres, sobre todo en Occidente, comenzaron a deambular entre las cuatro paredes de sus casas sin saber qué hacer ni cómo llenar el tiempo luego de una semana de cuarentena.

Los Estados y sus aparatos y los gobiernos y sus agentes, todos limitados al naturalismo según el cual: el hombre es lo que come y lo que ve; entonces le procuran comida y televisión. Pero eso no alcanza porque él es algo más. Nosotros llegamos a esta peste mundializada a causa del desarrollo exponencial de la técnica que termina con la manipulación genética, creando un virus que se les va de las manos a los grandes laboratorios de investigación.

El ideal del sujeto moderno, esto es, la imbricación incuestionable e incuestionada entre ciencia y técnica, lo lleva no solo a ser dominador sino a creador de la naturaleza, entendida ésta no como natura naturans sino como natura naturata. Y ello no le permite comprender su estado de indefensión ante la espera.

Es que el sujeto moderno da por supuesto que el espíritu es energía sin antes practicar el arte que lo hace enérgico. Ignora leyes fundamentales del espíritu como: en la vida espiritual el que no avanza retrocede o lo que viene del espíritu no viene por sí mismo; hay que tomarlo en la mano. Es una donación a una ascesis. Esto es, a un esfuerzo continuo y reiterado de prácticas para conseguir la perfección. Es, en definitiva, el ejercicio de la virtud del que nos habla la ética aretaica.

Para llegar a ello el hombre occidental, como unidad psicofísica de cuerpo y alma, de res extensa y res cogitans para hablar como Descartes, debe practicar el arte de la paciencia.

Dicho arte le permite anular o morigerar, no desde afuera sino desde adentro, los padecimientos, suprimiendo nuestra resistencia instintiva contra el estímulo que nos produce los dolores. Desde afuera combaten, mal o bien, al coronavirus, los médicos, desde adentro el arte de la paciencia.

En este tiempo de espera tenemos que aprender de nuevo el lenguaje de la naturaleza como en su tiempo lo intentó San Francisco o como lo intenta nuestro Martín Fierro con sus observaciones geniales. Tenemos que aprender a leer las fallas de nuestras instituciones políticas y buscar nuevas formas de representación que den cabida cierta a la necesidades de nuestros pueblos.

El saber manejar la espera es el núcleo del arte de la paciencia. Esta noción está vinculada con la de tiempo y, específicamente, con el futuro. La espera implica una apertura, se está abierto a la posibilidad de “algo o alguien”. De ahí quien, como afirma el filósofo danés Kierkeggard: “Aquel que niega la espera cae en la desesperación”. El adagio, el que espera desespera (en el sentido de aquel que no la sabe llevar o se impacienta en la espera) va también en tal sentido.

La espera es concreta en tiempo y lugar, pues una espera donde no se fijó ni lugar ni hora es una espera perpetua, una simple desilusión. Siempre que se espera se lo hace sobre lo por venir, es por ello que se centra en el éxtasis temporal del futuro. Así el que espera algo se preocupa por el futuro. De modo tal, que espera y porvenir son inseparables.

La sensación de “pérdida de tiempo” o de “esperar por nada” que producen ciertas esperas se crea cuando lo esperado no llega, pues no está claro de antemano en nuestra conciencia la hora y el lugar de la espera.

Existen dos tipos de esperas, la activa y la pasiva. La primera está en nuestras manos y lo normal es no dilatar su realización y listo el pollo. Acá hay que esperar solo lo verosímil. Una variedad de la espera activa es la espera vigilante que es aquella donde nosotros estamos esperando atentos que algo suceda; como en el campo cuando gritan los teros o el chajá y al rato vislumbramos un jinete a caballo o cuando esperamos que el juez haga justicia.

La cuestión se pone peliaguda con la espera pasiva que no depende de nosotros sino de otros. Como en el caso del coronavirus, que para colmo no siente ni piensa. La esencia de la espera pasiva es “el estiramiento del tiempo” o “el tiempo que no pasa”. Se nos hace larga y pesada la espera y queremos apurar a aquel que nos hace esperar. Dan ganas de molerlo a palos.

Desde el punto de vista del psicoanálisis la espera es entendida como la tolerancia a la frustración, mientras que desde la filosofía la espera, como fenómeno tomado en sí mismo, expresa la ansiedad que se produce en el hombre al posponer la satisfacción de lograr de inmediato aquello que desea.

La solución a la espera es, como alguna vez ha señalado Martín Heidegger vivirla con serenidad. Pues ésta es la virtud del hombre de darle a cada cosa su tiempo para poder encontrar su sentido o significación.

Uno de los grandes mentís a la sociedad contemporánea de la era de la tecnología, es el no haber podido solucionar el surgimiento de la espera. Cuando las cosas no son instantáneas, velozmente realizadas o están a disposición inmediata aparece la figura siniestra de la espera y el no saber qué hacer con ese tiempo que no pasa. Ese tiempo vacío que el hombre de nuestros días no sabe cómo llenar. Se corre el riesgo de que brote la desesperación. Esto lo vemos a diario en esos no-lugares que son los aeropuertos internacionales cuando se demora un vuelo: muchos caminan, otros intentan dormir, otros muchos consumen alimentos y bebidas, otros muchos van de compras a los free shop, mientras que muy pocos leen y casi ninguno medita.

El saber posponer la satisfacción de lograr en forma inmediata aquello que se desea es el mejor signo de equilibro espiritual del hombre, pues “su alma deja de ser prisionera del servicio del instante” como ocurre con el animal.