Crisis de paso y retorno del imperialismo

09.05.2016

De acuerdo con Helio Jaguaribe, la industrialización acelerada de los países asiáticos, principalmente China e India, y la lenta incorporación de sus inmensas poblaciones como consumidores, hace que surja una cuestión de extrema gravedad:

    La ausencia de disponibilidad, en una proporción correspondiente, o incluso en términos absolutos, de varios minerales escasos esenciales para el proceso industrial, como el petróleo, el aceite natural, el uranio, el molibdeno, el tungsteno, el cobalto, el plomo, el zinc será muy escasamente accesible para 2075. (Jaguaribe, 2006; 14)

De acuerdo con las proyecciones del Departamento de Energía estadounidense, el consumo de energía de China aumentará un 4,3 % por año hasta el 2020, "lo que implicará un aumento del 150% en el consumo de petróleo, del 158% del carbón y de más del 1.100% en el gas natural"(Clare, 203: 36). Un patrón similar se observa en la India, donde el consumo de energía aumentará un 3,7% hasta el año 2020. Es un hecho que la demanda de una gran cantidad de materias primas clave está creciendo a un ritmo insostenible. En este estado de cosas, Jaguaribe afirma:

"O se logra una amplia y profunda reorganización de la civilización industrial -que no se está haciendo, ni si está pensando acerca de ello seriamente - o el mundo se enfrentará en el último tercio de este siglo a una gigantesca crisis industrial. Es probable que en presencia de esa crisis los países más poderosos, sobre todo los Estados Unidos, tomarán un feroz imperialismo de los suministros y se apoderarán de las escasas fuentes de recursos en detrimento de las naciones más pequeñas. (Jaguaribe, 2006: 15)

Para algunos expertos en seguridad internacional, como Michael Clare (2003: 23), la disputa por los recursos está provocando una grieta que se está volviendo más y más evidente en el sistema internacional. Para Klare, el objetivo más importante de la agenda estratégica de Washington es "garantizar el acceso estadounidense a las fuentes vitales de recursos exteriores". Así, esto se evidencia por "no sólo la dimensión geográfica de las propuestas estratégicas, el mayor y mayor énfasis dedicado a las operaciones militares en el Golfo Pérsico, en el Caspio y en otras zonas productoras de energía, sino también por aspectos operativos. [...] Se puede observar este nuevo enfoque, por ejemplo, en la atención dedicada a los problemas energéticos por parte de los servicios de inteligencia norteamericanos"(Klare, 2003: 23).

La hipótesis del retorno del imperialismo del suministro es abordada por Thomas Friedman, quien afirma: "Las principales disputas por los recursos serán resueltas mediante mecanismos de mercado" (citado por Klare, 2003: 33), dado que el aumento de los precios, como consecuencia de la escasez, hará que los materiales de sustitución se desarrollen. De acuerdo con Klare, la tesis de Friedman pasa por alto el hecho histórico de que en numerosas oportunidades los gobiernos de cualquier signo político "han recurrido a las armas por lo que consideran intereses nacionales vitales, entre los que figuran el suministro de petróleo y agua potable" (Klare, 2003: 33). Y hoy en día en casi todos los países de la tierra, afirma Klare, "el plan para proteger las materias primas esenciales se ha convertido en una parte primordial de la planificación de la seguridad nacional" (33). Por otra parte, contrariamente a la opinión de Friedman, las fuerzas del mercado podrían ser contraproducentes en el sentido de que "si el precio del crudo se incrementara tanto que las grandes dificultades económicas fueran necesarias en los países importadores [éstos] podrían comenzar las operaciones militares en el exterior. Una acción que, de hecho, ha sido completada por los estrategas norteamericanos en el pasado y que podría revelarse como la opción preferencial ante una futura crisis del mismo género"(83). Por otra parte, Klare añade que "ninguna sociedad industrial avanzada subsiste sin una reserva sustancial de petróleo. Por lo tanto, cualquier situación susceptible de comprometer seriamente la continuidad del suministro puede originar una crisis y, en casos extremos, provocar el empleo de la fuerza militar. Cualquiera de las grandes regiones productoras se expone a una incidencia de este tipo"(47), lógicamente, incluyendo las regiones petroleras de América del Sur.

En su libro The Economy of the Hydrogen, Jeremy Rifkin (2002) observa que nos acercamos a un punto crítico en la era de los combustibles fósiles, de consecuencias potencialmente desastrosas para la civilización industrial. Si hasta ahora, afirma, los expertos habían evaluado que hay aún suficiente petróleo crudo para cuarenta años más aproximadamente, algunos de los principales geólogos ya han comenzado a sugerir que la producción mundial podría tocar techo y comenzará su continuo descenso mucho antes de lo que estaba previsto, tal vez al final de la primera década del siglo XXI. Los países productores -no pertenecientes a la OPEP-, señala, ya están acercándose a su techo de producción, lo que deja la mayoría de las reservas que quedan en los países islámicos de Oriente Medio, marcados por su inestabilidad política. Sin embargo, afirma, está naciendo un nuevo patrón de energía, una nueva fuente de energía va a reemplazar al petróleo al igual que ésta sustituyó, a su vez, al carbón. Rifkin afirma que esta nueva fuente de energía será la energía del hidrógeno.

Parece lógico especular que, como dijo Friedmann, los mecanismos de mercado orientarán la investigación científica al desarrollo de materiales de sustitución y a la creación de nuevas fuentes de energía. Sin embargo, también parece lógico pensar que, entre el nacimiento de una nueva energía principal y la muerte de una vieja energía principal, podría haber una "crisis de paso" de una duración indeterminada. Idéntico razonamiento se puede aplicar a la aparición de los materiales de sustitución. Por lo tanto, será muy probable que durante esta "crisis de paso" los Estados subordinados adopten un "imperialismo de suministro", para tomar por la fuerza las fuentes de recursos escasos.

Una muestra completa y palpable de esta lucha casi inevitable -y probablemente creciente- por los recursos cada vez más escasos la constituye la reciente disputa por el dominio del Ártico que viene ya desde mediados de 2007, cuando Rusia plantó su bandera en la región del mundo más al norte, haciendo de ello un acto de soberanía. En efecto, el gobierno ruso afirma que una gran parte del piso submarino del norte polar -conocido como la cordillera de Lomonosov- pasa por ser una extensión geológica de su país. Esta postulación le permitiría reclamar el espacio ante la ONU. Además, Dinamarca, Noruega y Canadá llevan a cabo sus respectivas investigaciones para demostrar que la cordillera Lomonosov, que se extiende bajo el agua de Rusia por el Polo Norte y por las islas canadienses de Ellesmere y Groenlandia, es la continuación de las plataformas respectivas y que, por lo tanto, les pertenece a ellos. La controversia no es casual. La agencia gubernamental estadounidense de hidrocarburos establece que el 25 por ciento de los recursos mundiales de crudo se encuentra al norte del círculo polar ártico. Por otra parte, en el Ártico hay gas rico, oro y depósitos de diamantes. Otra zona que algún día, no muy lejano, se convertirá en un campo de batalla de esta guerra de los suministros es la Antártida, en la que existen abundantes y probadas reservas de petróleo y gas, así como enormes riquezas mineras. No otra es la lógica que explica que Gran Bretaña quiera extender su dominio a alrededor de las Islas Malvinas a un área de aproximadamente 350 millas (563,3 kilómetros).

Pero esta disputa por los suministros estratégicos muy probablemente pasará de las regiones más heladas e inhóspitas del planeta a la mucho más benévola y accesible América del Sur. Nuestro subcontinente tiene más que respetables reservas de petróleo, gas, cobre, uranio, tungsteno, zinc, titanio, la mayor reserva de agua dulce del planeta y una rica biodiversidad. Debido a eso, cuando las cosas se pongan duras  - durante la "crisis de paso" - con la falta de energía, agua y materias primas, los países más poderosos dirigirán sus miradas hacia nuestra región. Podemos tener la esperanza -si el "imperialismo de suministro" no se desata- de ser ricos en el futuro. Pero si nuestra esperanza está en las reservas, la historia demuestra que, cuando el grande y fuerte tienen necesidad de ellas, que las llevará por las buenas o por las malas.

De ese hipotético escenario internacional viene nuestra principal preocupación. Dado que un objetivo fundamental de la creación a medio plazo de las "Fuerzas Armadas de América del Sur" es que podrían llegar a poseer una capacidad disuasoria y estratégica de tal manera que hiciera que el coste de una aventura militar contra la región fuera mayor que los beneficios que podrían extraerse.

En algunos países de la región ya existe una preocupación clara y una disposición abierta para abrir el tema. Así, en Brasil, en noviembre de 2007, el ejército del general José Benedito de Barros Moreira, con una franqueza notable y un análisis del futuro escenario mundial difícil de criticar, declaró públicamente ante las cámaras de televisión que: "Brasil es objeto de avaricia mundial, ya que cuenta con agua, alimentos y energía. Por esa razón tenemos que colocar un fuertec ompuerta en el pestillo ". El general Moreira general es un muy alto oficial en activo y secretario de Estrategia del Ministerio de Defensa, circunstancias que otorgan una enorme relevancia a sus declaraciones. Para aclarar aún más la disposición existente, agregó:

    El panorama actual revela un mundo violento y peligroso, y ninguna nación puede sentirse segura si no desarrolla la tecnología que le permita defenderse a sí mismo en un momento de necesidad.

Durante el año 2006 tanto en Venezuela como en Brasil se propuso la creación de una "fuerza militar sudamericana". Ahora todo lo que hay que hacer es ir desde la retórica a un nivel operativo.