¡CRISTO HA RESUCITADO! - ¡CRISTO HASTA ENTRE NOSOTROS!

10.05.2021

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

La resplandeciente resurrección de Cristo es, para los cristianos ortodoxos, la Fiestas que está por encima de todas las Fiestas y la celebración más importante entre todas las demás celebraciones. No existe nada que sea más importante para un cristiano que este día y sin duda no existe nada tan importante. Jesucristo, el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, vino a nuestra tierra, se sacrificó a sí mismo en la cruz y al tercer día resucitó de entre los muertos, pero no en un sentido figurado ni como un fantasma o una imagen poética, sino de forma literal: en Carne y Hueso. No obstante, antes de llevar a cabo su auto-sacrificio, instituyó el mayor de los Misterio por medio de Su Carne y Su Sangre: la Sagrada Eucaristía, que no es otra cosa sino la comunión física y corporal que alimenta a sus fieles por medio de Su creación.

Es en esta cotidiana celebración donde se da el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo donde encontramos la Verdad en el sentido más literal de la palabra, incluso en un sentido superior al de las ciencias naturales.

El mundo fue creado por medio de un auto-sacrificio. Los Vedas nos revelan que el mundo ario conocía esta clase de sacrificios hechas también por el primer hombre, Purusha, y cuya memoria se convirtió en el sacrificio del varna hecho por los brahmanas. La Biblia dice que el Dios único que se reveló ante Abraham exigió a este último que sacrificara a su hijo Isaac, pero finalmente mostró su misericordia ante el antepasado de todos los judíos. Abraham le obedeció a Dios, porque sabía que la creación estaba ligada al sacrificio. La creación existía frente a él y permanecería después de él. El mundo antiguo es igual al mundo de ahora. Heráclito decía que los dioses viven de la muerte de los seres humanos y que los seres humanos viven de la muerte de los dioses. El sacrificio es la piedra angular de las ciencias tradicionales.

La historia del Sacrificio no puede abordarse moralmente antes del nacimiento de Cristo. Por medio del sacrificio los seres humanos sabían que alcanzarían la inmortalidad. La víctima de un sacrificio no puede considerarse como un asesinato en el sentido moderno del término, aunque los soldados muertos también son considerados víctimas y sacrificios que eran hechos por los sacerdotes o el rey (las guerras eran ordenadas por estos).

Los sacrificios humanos, y el mundo contemporáneo está lleno de ellos, normalmente pasan desapercibidos ante el hombre moderno. Esto es sin duda una consecuencia del pecado ancestral (1) que está ligado a la naturaleza caída del hombre, cuyas pasiones constituyen un arma de doble filo. Pero hoy acontecen innumerables "sacrificios velados", como por ejemplo el "bombardeo humanitario", algo que ni siguiera sucedía cuando dominaba el "paganismo". El hombre antiguo creía en la inmortalidad, pero hoy no solo la hemos "olvidado", sino que también queremos convertirnos en víctimas del reino de la nada y del infierno. No debemos olvidar que el día después de Pascua tenemos que conmemorar en nuestras oraciones a los mártires del holocausto de Odessa: masacre que fue ordenada por los mismos que sentenciaron a muerte a Jesucristo. A pesar de todos sus errores, el paganismo hacia todo lo posible por preservar el alma de aquel que moría. Sin embargo, los que crucificaron a Cristo y sus herederos contemporáneos desean "aniquilar" por todos los medios necesarios el alma. Ya ni siquiera estamos ante un sacrificio cosmogónico, sino ante una guerra directa y putrefacta que ha sido desatada por el Príncipe de este siglo. Se trata de la “obra del enemigo”, obra de la cual Cristo nos salvó. Todo lo demás es secundario, aunque resulte importante.

El mundo clama que se derrame sangre sobre él. Pero la pregunta es la sangre de quién. Y para qué.

Por lo tanto, incluso si pasamos por alto la terrible abominación en la que vivimos, debemos diferenciar el "sacrificio que se hace de abajo hacia arriba", es decir, el sacrificio hecho entre un "humano y un humano", el sacrificio que hizo Cristo que va “desde arriba hacia abajo”. Ese es el sacrificio del Hombre-Dios. “Dios se hizo hombre para que el hombre se convirtiera en dios” (San Atanasio el Grande).

Cristo se sacrificó a Sí mismo, pero fue toda la Santísima Trinidad la que se Sacrificó. Fue así como Él se hizo "alimento para los fieles", el sacrificio arcaico. Frente a nosotros no tenemos pan y vino, sino el verdadero y genuino Cuerpo y Sangre de Cristo. El pan y el vino fueron creados por nuestra propia debilidad, aunque estas sustancias son realmente las más cercanas a esa “materia prima” de la que surgió la Creación y de la que fueron expulsados los “no seres”. A través de la Eucaristía, el hombre se convierte en el Nuevo (el primer) Adán, tal y como existía antes de la Caída. Para aquel que recibió a Cristo y fue bautizado en Él y vestido en su consagración, no necesita de otros sacrificios, excepto el que ha hecho el Salvador mismo, porque el hombre ahora es libre.

La resurrección de Cristo después de la Crucifixión le revela a todos los que están en comunión con Él la bendición de Su carne y Su sangre: Él nos da tanto la vida eterna como la salvación eterna. No se trata tanto de estar presente siempre en el Sacramento, sino en comprender cabalmente lo que sucede en la misa. Aunque es necesario observar los requisitos disciplinarios que nos pide nuestro padre espiritual, incluida la frecuencia en la asistencia a la misa. Ser como Cristo mismo y promover la "justicia".

Después de haberse dado a sí mismo como alimento a los fieles, descendió a los infiernos y rompió las ataduras de quienes estaban condenados. Y ahora por fin podemos decir: Cristo ha resucitado, ha pisoteado la muerte como muerte y ha hecho triunfar el don de la vida sobre el sepulcro. Todo esto ya aconteció, pero seremos testigos de ello mucho después: eso se debe a que nosotros todavía estamos inmersos dentro de la dimensión temporal que surgió de la caída.

Cristo Resucitado construyó Su Iglesia por medio de Sus Apóstoles, y es en la Iglesia donde se produce continuamente el Auto-Sacrificio de lo Divino. Para aquellos que pertenecen a la Iglesia, ya todo se ha cumplido y la muerte ha sido pisoteada. Aunque tendremos que vivir la muerte como un fenómeno exterior del mismo modo en que recibimos todos los demás Sacramentos en forma de sustancias terrenales. Aun así, en este mundo puede surgir alguien como el Monje Sergio de Radonezh que tomó la apariencia del fuego. Pero esto sucede porque estamos dentro de la Iglesia, porque creemos en Su Resurrección, en Su misericordia para con nosotros y en la Eterna Virginidad de Su Madre, nuestra Intercesora ante Él y que recibió el Espíritu Santo, el cual descendió sobre Ella en forma completa e indivisible, verdadera y vivificante, pues el espíritu procede del Padre.

Sin embargo, todos aquellos que no aceptan la verdad y que viven fuera de la Iglesia siguen oprimidos por las viejas leyes del mundo: ellos se encuentran sometidos a la muerte, al olvido del Ser, al destino, al dualismo. Su Ser es esta sometido a la naturaleza caída de Adán y Eva, y viven sujetos a los "fundamentos ontológicos" antiguos: védicos (es decir, pre-"pagano"), presocrático, pre-confuciano. Pero quienes creen en Cristo Resucitado ya han sido liberados de todo eso y pueden acceder directamente al Ser (a Su Ser). El grado en qué podamos acceder a Él depende de nosotros mismos. La oración ortodoxa, el ascetismo y el hesicasmo son los mejores y más directos caminos para lograrlo, aunque también existe el "golpe directo" de la gracia que, como el Ladrón, hace que los mártires asciendan (Santa María de Egipto).

El mundo todavía está dividido entre la Iglesia y la No Iglesia. Por lo tanto, ya que la Iglesia necesitaba de alguien que la proteja, el Imperio Ortodoxo fue creado por la Divina Providencia, o más bien el Imperio fue transformado para poder servirle a la Iglesia: así nació el Imperio Ortodoxo en donde el Emperador es el jefe de los "asuntos externos". El Emperador es también la "imagen terrena" de Cristo, y los sacerdotes son la imagen terrena de los apóstoles. La misión del Imperio le fue confiada a los zares rusos y al pueblo ruso en los últimos siglos por obra y gracia de la Providencia de Dios. Y esto es un hecho.

El Sacrificio que padeció el Zar de Rusia en Ekaterimburgo en 1918 no es sino una repetición del Sacrificio de Cristo, y es aquí donde encontramos (y no en lo que hizo o dejo de hacer el Zar en la política) el significado más profundo del Reino Ruso. Según las promesas de nuestros santos, en especial del Monje Serafín de Sarov, todo debe ser restaurado por el bien y se debe abominar la vergüenza que trae el "impostor del mundo", el Anticristo. También esperamos la restauración plena de nuestra Iglesia Ortodoxa Rusa, esperamos que algún día puedan reunificarse todos aquellos que han aceptado los cambios introducidos por la historia y aquellos que todavía practican la piedad antigua de "morir por una sola a" (2). El restaurar la unidad imperial, estatal y eclesiástica debe ser nuestro objetivo. Parafraseando a un pensador alemán, afirmamos que así como solamente existe un Imperio, también sola puede existir una Iglesia. La misión histórica de la Iglesia rusa, del Estado y el pueblo ruso es abrir el camino para la Segunda y Gloriosa Venida de Cristo, el cuándo tendrá lugar Su Segunda y Gloriosa Venida, vista "desde aquí", quizás ya allá acontecido. 

¡Cristo ha resucitado! Cristo está entre nosotros.

Notas:

1. En la iglesia ortodoxa no existe el “pecado original”, lo que existe es el “pecado ancestral”. Dios dotó al ser humano de “libre albedrío”, le dio el poder de elegir y tomar sus propias decisiones; Por ende puede elegir entre hacer lo bueno (vivir en el amor de Dios) o hacer lo malo (alejarse del amor de Dios). De esto ya nos advertía en Apóstol San Pablo: «Todo está permitido», pero no todo es provechoso. «Todo está permitido», pero no todo es constructivo (1 Cor. 10-23). La inclinación natural de hacer el mal – a separarse de Dios – es lo que llamamos el “pecado ancestral”. No existe antecedente bíblico contundente ni en los escritos de los Santos Padres de la Iglesia para sostener una “Doctrina del Pecado Original”. No es posible heredar la transgresión cometida por Adán y Eva (ellos ya pagaron con su expulsión del Paraíso). Nadie puede cargar con culpas ni errores ajenos, Si caemos en pecado, cada uno de nosotros tenemos que comparecer y responder ante el tribunal de Cristo por nuestras faltas. La responsabilidad no es hereditaria, sino individual.

2. La frase de difícil traducción за единый аз, significa literalmente “morimos por una a”, y se refiere a que los Viejos Creyentes rusos rechazaron los cambios introducidos por la reforma del Patriarca Nikón cuando este último hizo varios cambios en los textos litúrgicos, en particular el de «рожденна, а не сотворенна» (a nacido, no ha sido creado) a «рожденна, не сотворенна» (nacido, no creado). Este cambio en los textos litúrgicos fue visto como algo injustificable a los ojos de los Viejos Creyentes y llevo al Raskol (Cisma) que afectaría a la Iglesia rusa hasta hoy.