Cuidado con las imposturas científicas

01.06.2018

Hace un par de años comenzó a aparecer en los medios de comunicación un neurólogo, muy simpático, Facundo Manes. Dicho médico, que tiene una columna semanal en el Diario Popular, le encontró la manija a la bocha: siempre está cerca de los lugares donde hay plata. El agudo Julio Bárbaro contaba que fue con él a Mendoza donde dieron una conferencia en conjunto, Bárbaro cobró 40 mil pesos y Manes 110.000.

Ayer nomás acaba de lanzar una Fundación INECO “para estudiar el cerebro de quienes toman decisiones”, y ¿adivinen dónde lo hizo y dónde va a funcionar?. En la Universidad de Buenos Aires: NO. En la Universidad Católica: NO. En la Academia Nacional de Ciencias: NO. Va a funcionar en la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

Es extraordinaria la capacidad para estar cerca de dónde está el dinero. En esta aventura “científica” lo acompaña otro “científico”, el siempre acomodaticio y voluble Sergio Berensztein que vive colgado como consultor de cuanto aparato del Estado se lo permite. Al menos yo tengo noticias de él como “consultor científico” de Florencio Randazzo cuando era ministro de modernización del gobierno de Felipe Solá. Seguramente que de Berensztein se dirá cuando fallezca: si vais por el cementerio y veis un cirio encendido, es B.. que de muerto sigue prendido.

La pregunta que salta a la vista a cualquiera que aún le funcione libremente la cabeza es: ¿el cerebro de quienes toman decisiones es distinto o diferente al de todo hombre? ¿cuáles son las pautas o limes que marcan la diferencia entre ambos? La filosofía se pasó 2500 años sin poder realizar esta distinción hasta que llegó Manes. Sé que los argentinos somos extraordinarios, pero no es para tanto.

Esto no es más ni menos, que  aquello que los norteamericanos comenzaron a llamar fake news, falsas noticias o noticias fraudulentas. Existen infinidad de casos de fraudes científicos, del último que tenemos noticias es el del biólogo John Bohannon cuyo trabajo pasó el filtro de 157 revistas científicas.

En 1995 dos artículos memorables de los físicos Alain Sokal de Estados Unidos, y del belga Jean Bricmont  luego publicados en forma de libro bajo el título Imposturas intelectuales, donde se burlan agriamente de las falsas tesis tenidas por científicas. Hay que cuidarse de las imposturas científicas porque una vez establecidas son muy difíciles de desmontar, pues la pauta cultural indiscutible de la sociedad de consumo es el discurso científico tecnológico.

En una época carente de certezas lo único cierto pasó a ser este discurso científico, que cuando se transforma en pseudo científico termina causando un daño difícil de reparar.