EE.UU., LA DESESTABILIZACIÓN DE AMÉRICA LATINA CON LAS “GUERRAS DE COLORES” Y LA MULTIPOLARIDAD

16.07.2021

Se trata de la aplicación de las nuevas formas de la guerra ensayadas por Estados Unidos, el Pentágono y la CIA en países de Asia Central, el Medio Oriente y norte de África, traídas al “patio trasero” latinoamericano por la “amenaza” que representan Rusia y China, cada vez más presentes por el mundo multipolar que se abre frente al nuevo siglo XXI.

Porque las movilizaciones violentas buscan “fracturar” a los pueblos mediante protestas en las calles, que son parte de un “complot generalizado” y violento, con levantamientos ciudadanos perfectamente orquestados por la propaganda desde grandes medios de comunicación, para perpetrar finalmente “golpes de Estado” y derrocar gobiernos a contentillo de Washington.

Es una modalidad de la guerra, estrategia aplicada bajo la modalidad de “revoluciones de colores”, articulada vía manifestaciones de jóvenes en las calles, como las que brotaron en el mundo árabe en 2010, de Túnez a Yemen, pasando por Argelia, Jordania y Egipto; también conocidas como “primaveras árabes”, que igual pasaron por la Europa central hasta llegar a América Latina.

El “complemento” de dicha logística pasa por la colusión de ONG bien pagadas, de los medios de comunicación que se encargan de articular las fake news para el descrédito de los gobernantes puestos como el objetivo —…del golpismo con “apoyo ciudadano”—, así como los think tanks que están prestos a “financiar” el negocio que significa el “botín de guerra”, o tomar en manos de títeres todo un país con recursos naturales.

Un proceso que se hace pasar por “legítimo” porque aparenta tener como soporte el apoyo “popular” o de “masas”, puesto que es la sociedad la que demanda; no obstante, la participación de grupos infiltrados bien pagados, hacen creer que forman parte de la inconformidad social generalizada que exige el cambio de gobierno.

Es así como caen tanto los “dictadores” que coartan las libertades de los pueblos, o quienes violan los derechos humanos de las personas, o líderes que se perpetúan en el poder; sin importar, claro está, que se trate de presidentes legítimamente electos, y en los términos del sistema político de su país.

Las banderas de los agitadores que finalmente promueven las demandas y los participantes movilizados las hacen suyas, se justifican también en preceptos generales —que no admiten el rechazo, pero sí se hace el mal uso de ellos—, como la “libertad” o la “democracia”, entre otros justificantes como el derecho a la vida, la ecología, etcétera.

El golpismo camuflado

La descripción anterior bien puede aplicarse a cualquiera de los países objetivo, dados los eventos últimos ocurridos en varios países de América Latina, como Ecuador, Bolivia, Honduras Venezuela, Paraguay, y recién Nicaragua y Cuba. Antes en Brasil ocurrieron las protestas golpistas contra el PT, con Lula da Silva y Dilma Rousseff al frente.

Por cierto que también, cuando los pueblos se dan cuenta de las tretas del golpismo se arrepienten, y no pocas veces es tarde porque los gobiernos emanados “impuestos” desde la derecha han procedido arremeter con todo y contra todo lo que se cimientan apenas los gobiernos “populares” o “nacionalistas” derrocados.

Tan es así que el primer párrafo pasa por una paráfrasis de las palabras del hoy presidente cubano Miguel Díaz-Canel, tras lo ocurrido apenas un fin de semana anterior (del 11 de julio), con todo y los últimos acontecimientos.

Volviendo a Venezuela, la movilización que intentó derrocar al entonces presidente Hugo Chávez Frías en 2002, como guerra híbrida ensayada con la participación de un sector de militares pagados por la CIA. El golpe contra Chávez no fructificó gracias al salvoconducto que representaron las multitudes, el pueblo que se movilizó y evitó la intentona golpista.

Y es que se trata precisamente de eso, de que un “golpe suave”, por muy bien organizado que esté y sea sorpresivo a la vez, aun cuando operado por mercenarios de alta preparación militar —como el último asesinato del presidente haitiano Jovenel Moïse—, si colabora la población los acontecimientos golpistas terminan frustrados. Así, a Chávez lo salvó la movilización social, como el apoyo social para la captura de los mercenarios en Haití tras el magnicidio.

Si bien Gene Sharp creó y desarrollo el concepto del llamado “golpe suave”, ha sido la CIA y sus financistas que respaldan dicha estrategia para desestabilizar primero y derrocar después a los gobiernos quienes le han sacado jugo. Ocurrió en las “revoluciones de colores” de Medio Oriente, sucede ahora en América Latina.

Atrás están quedando para Washington y el Pentágono —eso hacen creer a los estadounidenses y al mundo los últimos presidentes que, desde Barack Obama a Joe Biden, entre promesas y realidades están retirando tropas de frentes como Afganistán—, los escenarios de la Guerra Fría, todavía del siglo XX, de confrontaciones directas, para pasar a las guerras indirectas del siglo XXI.

Se trata, finalmente, de otras modalidades de la guerra, como la recién operación golpista y criminal desarrollada en Haití, planeada como estrategia armada y operada por estructuras privadas—la privatización de la guerra que forma parte de estos nuevos escenarios de violencia de la CIA y Washington en este nuevo siglo: Empresas que contratan a exmilitares (¿acaso se trata de militares en activo?)—, claramente no para “detener” al presidente Moïse como para asesinarlo, previa tortura.

Latinoamérica, en peligro

¿Qué cuáles eran los fines de asesinar a un presidente? Cabe una amplitud de opciones. Citemos algunos, entre las más importantes:

1.- Ateniendo a las causas internas, entre los interesados del crimen contra Moïse destacan, aquellos actores políticos que aspiran a la sucesión, los grupos políticos están en disputa y quieren el poder, la elite de empresarios inconformes, o los millonarios mandamases del país, y hasta sus propios colegas de Partido Haitiano Tét Kale (Partido de la Cabeza de la Piel Haitiana), ¿partido de Obama y Clinton? Realmente el poder, a manos del que sea pasa por el tamiz de los estadounidenses.

2.- Provenientes del exterior se amplían las aristas: a) asaltantes de origen colombiano, pero también haitiano-estadounidense en una anunciada “operación de la DEA”; b) mercenarios contratados por empresa estadounidense asentada en Miami, con fuertes nexos con la contra venezolana; c) un complot en donde participan personajes de varios países, y también el Pentágono admite haber capacitado a los ex(sic)soldados hoy mercenarios presumiblemente bien “cotizados”; d) ocurriendo el operativo de asalto a una residencia presidencial, ¿es de creer que EE.UU. no estaba enterado, siendo que la operación era para asesinar a un presidente?; e) ¿es un “ensayo” golpista con barbas a remojar para otros presidentes de la región —y no solo del Caribe o Centroamérica— no deseados?; f) ¿se trata, de la instauración del golpismo operado desde la privatización de la guerra?; g) ¿es el tipo de la neoguerra fría del imperialismo estadounidense aplicada ahora en la región, el “patio trasero” Latinoamericano?

Es claro que atrás quedaron para EE.UU. las invasiones de países y los golpes militares en la región, y que por ello aplica estas otras modalidades de la llamada — en una conceptualización más amplia —, Guerra Híbrida, que comprende al “golpe blando” o “golpe suave”, también llamado “revolución de colores”, como a las guerras no convencionales.

Esto último sucede o aplica cuando no fructifican las “revoluciones de colores”, como en Haití los varios intentos anteriores para derrocar a Moïse, EE.UU. procede aplicar la “guerra no convencional”, combatida por fuerzas no regulares, sea guerrilla, milicias o grupos insurgentes.

En Cuba, como refirió en estos días el presidente Díaz-Canel, se trató de apoyar movilizaciones para operar un “golpe de Estado” contra Cuba. Fue el uso de las protestas ciudadanas para deslegitimar al gobierno de la Isla. En tanto Biden se apresuró a llamar “Estado fallido” a Cuba, así como a “restaurar” el internet.

Es la estrategia de las “revoluciones de colores”, medidas o acciones para desestabilizar y deslegitimar autoridades, así sean legítimamente electas por sus pueblos. Protestas para generar caos, armando bloqueos en las calles con barricadas, provocando a las policías para que al responder alegar “represión” y con ello ganar respaldo ciudadano y de ese modo ganar el paso al a violencia generalizada.

Efectivas resultan las sanciones económicas, como el bloqueo a Cuba de 60 años duración. Luego entonces, cualquier intento por desestabilizar a Cuba pasa, como en el resto de países de la región, por Washington, Estados Unidos. Y, como en otros casos tratándose de las políticas antidrogas, el imperio no puede esconder la cabeza bajo la arena.

De eso deben tener cuidado los gobiernos de la región, TODOS. El “regreso” del EE.UU. de Biden pasa por recrear la Doctrina Monroe en América Latina, como los escenarios de la Guerra Fría en la zona para evitar la presencia de los principales rivales, como Rusia, China e incluso Irán, que están supliendo negocios antes gringos ahora con otros “socios”.

Es la estrategia de un imperio que está perdiendo la hegemonía en el mundo, pero no quiere perderla también en su tradicional “zona de influencia”, mejor conocido despectivamente “patio trasero”.

Se trata, claro está, de la presencia de aliados geopolíticos, como Rusia con Cuba, Irán con Venezuela y China en toda la zona, que llegan a la región precisamente modificando los equilibrios de poder de la Guerra Fría ahora a la región Latinoamericana. América Latina, en la disputa geopolítica de las potencias por la hegemonía global de la multipolaridad.