El pacto histórico con la Patria

20.08.2018

Al analizar la relación existente entre la experiencia de la Rusia soviética y la ortodoxia marxista, correlacionándolas, Gramsci llegó a una conclusión de veras interesante: en determinados contextos históricos, es posible ignorar la ausencia de las condiciones revolucionarias infraestructurales. En otras palabras, si hay una vanguardia política compuesta por militantes altivos, corajudos, fuertes, insertados dentro de una fuerza política (partido), y si la misma es suficientemente consistente, es posible actuar de modo ajeno a las condiciones infraestructurales: una vez que se tome el poder, esas condiciones podrán ser establecidas.

En cierto sentido, dicha idea fue anticipada por Lenin en su El estado y la revolución (como señalaría Trotsky), esto es, la perspectiva de la toma del poder en un país agrario para en él hacer efectivas reformas, llevándolo a un patrón industrial y, simultáneamente, estimulando revoluciones socialistas de pleno derecho en países de Europa occidental. Gramsci fue capaz de traducir esa realidad paradigmáticamente.

Para Gramsci, el leninismo es algo diferente del marxismo, una vez que se funda en la tesis (no) marxista de que el eje de la vanguardia política puede actuar antes de establecidas las condiciones de posibilidad concretas: noción que es confirmada por la experiencia rusa y china.

Gramsci prosigue en su tesis: en lo íntimo de la superestructura existe otra dimensión: no política, cultural – una intelligentsia. Y así como lo político, en algunos casos, puede ser abstraído de lo económico, dicha intelligentsia (esfera cultural) igualmente puede ser suturada de la economía y de la política en determinadas circunstancias. Y una vez que haya una intelligentsia que asuma el lado del trabajo, ella podrá actuar incluso ausentes determinadas condiciones económicas, e incluso no poseyendo ninguna representación política en términos gubernamentales.

Del punto de vista de Gramsci, por tanto, el intelectual no depende de la política o de la economía, sino del pacto histórico. En otras palabras, el intelectual fatalmente hará un pacto histórico con el capital (recogiendo sus frutos, por consiguiente) o, siguiendo la vía más ardua, con el proletariado – con todo él, independientemente de orígenes o filiaciones partidarias (esa elección podrá ser hecha por el intelectual, aunque su origen esté en la más alta burguesía o aunque integre un partido burgués). El intelectual, en ese sentido, puede pasar al frente de ciertos procesos políticos y económicos.

Sobre ese tema, Gramsci levantó la cuestión de la responsabilidad del intelectual. Todos, según Gramsci, poseen algo de intelectual en sí, y el grado de humanidad de un ser es proporcional a su intelecto: habiendo mucho intelectualismo en una persona, ella será una intelectual de pleno derecho. Gramsci, de este modo, creía que el intelecto tiene su justificación dada en un ámbito completamente distinto del de la política o de la economía: la consciencia humana hace su elección y, entonces, el intelectual se encamina por un pacto que no depende del partido y de las bases económicas, y que casi se identifica con una elección religiosa: al escoger el capital, lo servirá de cuerpo y alma (independientemente del local o de quien lo patrocine) – al escoger el trabajo, se sitúa del lado de la clase trabajadora y, donde quiera que esté, operará contra el sistema capitalista.

Eso funcionó bien en occidente, especialmente en la década de 1960. Por ejemplo, muchos funcionarios de diarios burgueses, que recibían dinero de magnates capitalistas, consideraban el odio al capitalismo un deber (particularmente, eso llevó al Mayo del 68).

Alan de Benoist concedió bastante relieve a esas ideas en la década de 1970 y propuso el modelo para un “gramscismo de derecha”. Él invitó a los intelectuales europeos a realizar un pacto histórico con sus identidades (con Francia, con Alemania, etc.), tomándolo en términos de un sistema de valores en oposición al moderno y al posmoderno. De Benoist afirmó que no importaba si había apoyo, representación partidaria o recursos, en cualquier país, un pacto histórico con la tradición debería de ser firmado por los intelectuales que, en seguida, deberían de trabajar en los diarios, realizar filmes, crear poesías, hasta que el pacto histórico reverberase y, por fin, algún éxito fuese conquistado.

Eso está sucediendo ahora en Europa, en gran parte debido a la elección de Trump. Parte de la élite intelectual europea y americana encontró la fuerza necesaria para ir más allá de la hipnosis. Ellos hicieron una elección en favor de la tradición y de la identidad. ¿Y qué pueden los rusos concluir de eso? Los pensadores rusos deben de establecer un pacto histórico con Rusia y con el pueblo, con nuestra identidad. No importa en qué etapa estamos o de quién los medios toman partido. El pacto histórico con la identidad rusa, la transición para el lado ruso debe de ser realizado: eso es lo saludable. La manera como vamos a formalizar ese pacto no es relevante: un periodista escribirá un artículo. Un funcionario público lo tendrá en consideración en su toma de decisiones. Un director realizará un filme. Y en el seno del pacto, nuestra dignidad intelectual y espiritual.