Evola y el neo-eurasianismo

05.12.2020

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

Debemos entender el trabajo de Julius Evola de la misma manera que entendemos el enfoque de Heidegger hacia la metafísica y la civilización occidental.

Si bien podemos saber con certeza que el estado actual de la civilización occidental ya no se parece, en su totalidad, a la imagen idealista que alguna vez describieron Heidegger y Spengler, debemos ser conscientes de que su trabajo constituye un hito importante y vital.

El espíritu de la vieja Europa está vivo en la obra de Heidegger, tanto como en la obra de Evola. Ambos representan el espíritu de una época que conoció, íntimamente, quizás, el impulso nietzscheano hacia sus profundas raíces modernistas y su esencia, y tal vez podría describirse en cierto sentido como representando la era del (aspirante) Superhombre, el nihilista activo, y de los regímenes que buscaban un nuevo modelo de hombre --muchos de ellos fascistas, comunistas o incluso liberales-- frente a la era actual del Último Hombre, un hombre que ha perdido casi por completo el impulso fáustico y, por tanto, ha sucumbido al nihilismo pasivo, y al espíritu de una época que ha pasado por completo de la modernidad a la posmodernidad. Una época que ahora, en consecuencia, en nuestra época actual, se enfrenta a una completa disolución.

Evola aborda esta era de disolución tan intensa y concisamente como Heidegger deconstruye la esencia del logos occidental y de su Metafísica centrada en presencias abstractas irreales, en esencias cosificadas y en el sujeto pensante.

Debemos entender a Evola como un sabio profundamente consciente de su propio papel dentro del Fin de los Tiempos, y el tipo de destilación, de objetividad (sachlichkeit), que sería necesaria para enfrentar las dimensiones y desafíos de nuestra época. Debemos sentir, en él, a un hombre que comprendió la inevitable disolución y destrucción de los estándares de la época burguesa, y la época de la llamada "vieja" Europa, de la Europa que todavía era reconocible para un hombre como Oswald Spengler, y acerca de cuyo destino inevitable Goebbels proclamó firmemente - mientras hablaba, durante las secuelas del bombardeo de Dresde y el final del segundo gran enfrentamiento global: “toda la vieja Europa se derrumba y será enterrada con esta guerra. Con este conflicto, viene la ruina de la era burguesa” [traducción aproximada].

Incluso si esta intuición fundamentalmente correcta no vino al estilo de los sueños nazis pervertidos, con la construcción de la Neue Ordnung fascista, sino con la construcción de un régimen liberal demente, enfermo, geriátrico y nihilista dentro de un molde americanizado, todavía debemos ver en Evola una especie de conclusión lógica de los supuestos que hasta ahora han subrayado las últimas etapas de la reacción europea.

Evola debe entenderse como el puente que une el pensamiento continental de Europa occidental tardía a la Tradición, como deberíamos conocer, y entender adecuadamente en la concepción que debe sustentar los cimientos de una nueva civilización posliberal que nosotros, como hombres de la Medianoche, necesariamente debemos aspirar a ser.

El mismo movimiento de la vida de Evola, desde el Idealismo Absoluto de su juventud, hacia la rigidez intelectual neoplatónica, la ortodoxia cimentada y refinada del Evola “tardío”, es indicativo del camino que debemos tomar en nuestra época.

Evola escribió precisamente para nosotros, los hombres de la medianoche. Sus escritos se referían no solo a la crítica de la metafísica occidental tardía, desde un punto de vista parcial que quizás sea mucho más completo en la obra de Rene Guénon y Martin Heidegger, pero que lleva en sí la visión apocalíptica y escatológica del Fin, aunque dentro de la visión que Evola trabaja, debemos entender el trasfondo de esta visión del fin de los tiempos como fundamentalmente diferente de la bravuconería semita de emociones que han caracterizado nuestra comprensión del final dentro de la civilización cristiana. 

La visión de Evola del fin de los tiempos está estrictamente alineada con una ortodoxia diferente, a saber, la del platonismo, el hermetismo, el budismo en su forma más pura y temprana, y también Samkhya, Advaita y otras corrientes similares que aún se pueden discernir en nuestra época. En ellos, mientras el fin de los tiempos y la edad oscura forman un dato coherente, hay una marcada ausencia del patetismo del tipo semítico dentro del alcance de estas enseñanzas tradicionales alternativas. 

La época actual de decadencia liberal, del fin de la humanidad occidental, debe entenderse dentro de la égida y alcance del amplio movimiento de disolución, de fragmentación, que precede al fin del ciclo. Y a esto le sigue, marcadamente, la búsqueda de la trascendencia en un mundo que se ha vuelto sin sentido, informe, objetivado, banal y el receptáculo pasivo de un proceso muy similar al fetiche de las mercancías descrito por los ideólogos marxistas. Y dentro de este mundo distópico de los últimos tiempos, también podemos presenciar la correspondencia que se hace de manera muy precisa con la edad de la cuarta casta, la edad de los Sudra, caracterizada por ejemplo por la dominación del hombre informe de masas, de la pura cantidad y de las máquinas, a diferencia de la época burguesa anterior que conservaba los restos de elementos orgánicos más profundos y antiguos.

Dentro de esta época, y dentro de Occidente, debemos reconocer que todo lo que todavía era orgánico y tradicional en la anterior época “burguesa”, que terminó definitivamente en 1945, está llegando a su fin o ya ha sido destruido. La enseñanza antimodernista de la Iglesia Romana fue asesinada y enterrada junto con su núcleo ceremonial y litúrgico, al igual que los restos de los elementos sociales orgánicos, pre y antimodernos, como la aristocracia, el clero y la amplia aristocracia y las estructuras jerárquicas que aún desempeñaban su papel en otorgar un sentido profundo y efectivo de diferenciación social y personal que ya no están presentes en nuestros días. 

En nuestra época, que está profundamente marcada por la erosión liberal y también ex comunista de todos los estándares restantes de la civilización orgánica, no podemos contar con el lujo de tener los viejos modelos y superestructuras presentes en nuestro medio actual. La sociedad orgánica del Renacimiento y su predecesora, la sociedad orgánica de la Edad Media, son ahora un recuerdo lejano. Lo que está presente ahora es precisamente el modelo inorgánico del mundo civilizado, liberal tardío, que se arrastra inexorablemente hacia un vórtice de imbecilidad, nivelación hacia abajo de la estructura social, y también autodesintegración. De esto, sólo podemos tomar en cuenta la brillante obra “Jihad vs McWorld”, el tipo de libro que lleva un título muy apropiado a la época actual del cesarismo temprano spengleriano, la política monetaria y la solidificación. 

Ya hemos discutido brevemente aquí y en otros lugares la naturaleza de esta época. Y ahora, debemos entender que cuando Occidente se acerca a su etapa de mortalidad efectiva, la iniciativa debe tomarse con decisión hacia una nueva dirección. Esta iniciativa consiste en la reunión de los hombres de la Medianoche, los hombres diferenciados que “cabalgan el tigre”, a la construcción de un nuevo paradigma que necesariamente debe venir después de la noche profunda y oscura de la modernidad occidental, y que llegará a la antes como fuerza tradicional civilizadora necesaria sobre un mundo en ruinas. De un mundo que se ha perdido de vista y se ha sumergido en la barbarie más elemental y animal.