La hora del pangolin y la dialéctica de cierre

07.04.2020

Traduccion de Juan Gabriel Caro Rivera

El fin de una sociedad abierta.

Las medidas tomadas para combatir la pandemia deL coronavirus se reducen generalmente a una sola cosa: el cierre. Si tenemos en cuenta que el paradigma universal anterior, al menos en teoría, era una sociedad global, liberal y abierta al mercado, donde dominaba la ideología de los derechos humanos, es decir, el individuo aislado de la ciudadanía, el estado, la religión, la raza e incluso el género, entonces el coronavirus representa un cambio en la tendencia que prevalece en la humanidad exactamente en un 180%. Estamos lidiando con el rápido colapso de una sociedad abierta, de la que, al menos, nos hemos ido retirando e inhibiendo, y con la formación igualmente rápida de sociedades cerradas

Un pequeño animal exótico, el pangolín, similar a un oso hormiguero, combinado con un armadillo o al cono de árbol vivo, con la ayuda de los encantadores murciélagos, derribó instantáneamente todo el sistema mundial creado por la humanidad. Por supuesto, este sistema globalizado ha estado funcionando cada vez con más dificultad últimamente, pues los problemas y fracasos en el proyecto de la élite financiera mundial han ido en aumento: el surgimiento de China, Putin y su política soberana, el Brexit, el populismo e incluso la crítica de la globalización y el nacionalismo de Trump, pero aun así ninguno de los importantes jugadores mundiales cuestionó el objetivo hacia el que la humanidad se estaba moviendo. 

Con sus defectos, se la consideraba una sociedad abierta, aunque no se estaba creando de manera tan radical y rápida como querían los progresistas y fanáticos seguidores de George Soros, que se hizo famosa por sus donaciones, pero aun así se avanzaba hacia ella. Y este pangolín anuló esta construcción fundamental de la noche a la mañana. De ahora en adelante, es un símbolo del antiglobalismo triunfante, el emblema de una sociedad cerrada. La sociedad abierta colapsó, comenzó la era del cierre: la hora del Pangolín.

La transición a una sociedad cerrada ya tuvo lugar

El proceso de cierre tiene varios niveles. No existe un modelo único, aunque la humanidad ha conocido ya el colapso de varios Imperios. El último de ellos fue la URSS, de cuyos fragmentos aparecieron varios estados nuevos. Pero el problema logístico e ideológico de la formación de los regímenes postsoviéticos se resolvió mediante la copia directa de Occidente y la incorporación (a diferentes velocidades y según diferentes esquemas) al globalismo. El colapso de los imperios ruso, austriaco y otomano a principios del siglo XX también fue compensado por la construcción de estados nacionales en sus territorios de acuerdo con los patrones de Europa occidental, cuyo sistema de Westfalia en ese momento parecía adecuado. La misma situación sucedió con la descolonización de Asia, África y América Latina, cuando la retirada de las autoridades coloniales se complementó con la copia directa de los modelos políticos de Europa occidental, principalmente las democracias burguesas con algunas variaciones hacia el socialismo o el nacionalismo, pero nuevamente de acuerdo con la lógica de imitación de Europa.

La diferencia fundamental entre la época política del Pangolín es que el colapso del orden mundial liberal global ocurre en condiciones en las que no existe una alternativa universalmente aceptable que sea úname para todos. Por supuesto, la China socialista hizo su mayor esfuerzo en la lucha contra el coronavirus, pero está claro que:

  • A diferencia de los países postsoviéticos en relación con el capitalismo y Occidente, hoy en día nadie o casi nadie está dispuesto a aceptar el modelo chino como una alternativa incondicional y funcional;
     
  • China está muy profundamente conectada con la globalización y la economía capitalista mundial, que, aunque pudo usarla en su propio interés, no pudo cambiar significativamente, lo que requirió la apertura económica futura, que era precisamente la fuente más importante del milagro chino, y hoy está colapsando;
     
  • Y finalmente, el modelo chino está inextricablemente vinculado con la peculiaridad de la civilización china, donde la sociedad es extremadamente solidaria, ordenada y bien organizada en sí misma, lo que facilita en gran medida la política centralista del poder y crea prerrequisitos culturales para un socialismo nacional, profundamente chino, estable y funcional.

El resto de los países no tienen ningún plan o proyecto en absoluto, y solo cierran instintivamente. De hecho, toda la política mundial se reduce a una cosa: el grado y el radicalismo del cierre. Es el cierre el que se convierte en el vector principal de los procesos políticos, económicos y pronto ideológicos mundiales. China derrotó al coronavirus (si es que en realidad lo derrotó por completo) precisamente con el apoyo de la cuarentena cerrada y brutal introducida junto con el Estado de emergencia. Sin embargo, para el duro sistema socialista del Partido de China, esto no fue algo excepcional, simplemente las autoridades demostraron una vez más que el control total del Partido Comunista sobre la sociedad es la mejor forma de organización política. Pero para casi todos los demás, tal vez con la excepción de Corea del Norte, el cierre es algo completamente nuevo, impensable y casi imposible. Ningún estado podría hacerlo por su propia voluntad, y la comunidad mundial declararía de inmediato tal cierre como una "dictadura" y la expulsaría, e incluso aprobaría una invasión militar.  Hoy, en un grado u otro, el cierre ya ha ocurrido en todos los países, incluidos los Estados Unidos y los países de la UE, es decir, todo el mundo está en estado de emergencia (Ernstfall). Ayer era imposible imaginar tal cosa. Y hoy es un hecho consumado. 

La transición a una sociedad cerrada ha tenido lugar. Por supuesto, hoy los gobernantes y la población siguen vivos y prevalece la ilusión de que después de la victoria sobre la pandemia, todo volverá a su lugar y el mundo volverá a estar abierto o al menos se moverá en esa dirección, pero existen las voces de aquellos que comienzan a comprender que esto no sucederá, que el globalismo ha terminado y que en adelante la cercanía será la ley principal de la organización política y social. Pero no hay ejemplos y muestras de esto, al menos en el presente. Junto con el globalismo, ese modelo del orden mundial que se convirtió en el único e indiscutible después de la caída de la URSS se está derrumbando. Por lo tanto, no existe un modelo confiable que pueda tomarse como muestra en estas condiciones. Sabemos que una sociedad cerrada está tomando el lugar de una sociedad abierta, pero "nadie puede decir con certeza qué será esta sociedad", "qué será esta sociedad", "qué significa tal cierre" y "a qué conducirá, a qué dará lugar". Eso es lo que hace que nuestra situación sea tan crítica, catastrófica y al mismo tiempo fascinante. El futuro de la humanidad vuelve a ser libre por un instante: hay espacio para la imaginación, la creación y la lucha, lo que, de hecho, no ha sucedido desde que los globalistas anunciaron el "fin de la historia".

Niveles cerrados

La cercanía, que reemplaza automáticamente al globalismo, tiene varios niveles. Antes de eso todo estaba abierto - más o menos lo estaban las fronteras, los mercados, las redes, las ciudades, los territorios, la movilidad y las libertades civiles - entonces es bastante lógico que la cercanía instintiva - pandémica - sea igualmente total. Dado que la globalización no se redujo voluntariamente, como insistieron los defensores de un mundo multipolar o los nacionalistas como Trump o los populistas de derecha europeos y los euroescépticos, nadie ha preparado la base política, económica, social y legal para tal cambio.

La hora del Pangolin tomó por sorpresa a la comunidad mundial, y el proceso de cierre no tiene un escenario claro: todos cierran lo mejor que pueden. Ahora podemos distinguir los siguientes niveles de cercanía, ya claramente definidos en la práctica, pero en teoría adquiriendo características cada vez más distintas:

  • Las fronteras de los estados nacionales están cerradas: para bienes, transporte, traslado de personas y pronto para realizar transacciones, es decir, todos los estados han introducido por la fuerza el principio de la soberanía total y absoluta (el colapso completo del modelo liberal de instituciones supranacionales, incluida la Unión Europea, así como la ONU y demás); 
     
  • Algunas ciudades y regiones están cerradas a otros territorios de los Estados nacionales, lo que pone barreras al transporte, así como al movimiento de bienes y servicios (excepto para militares, médicos y bienes esenciales) que ya están dentro de los Estados;
     
  • La cuarentena, el régimen de autoaislamiento y el estado de emergencia condujeron al cierre de ciudadanos individuales, hogares y familias en sus apartamentos y casas con la prohibición de abandonarlos (a menos que sea absolutamente necesario).

Estos tres niveles de cercanía forman inmediatamente una nueva tipología de poder, cambiando bruscamente de lo general a lo particular, de lo global a lo local.

En primer lugar, las instituciones globales están paralizadas y prácticamente abolidas, cuyas decisiones no pueden implementarse ni tomarse en cuenta en la desesperada supervivencia de las sociedades cerradas. Si esta situación continúa durante al menos algún tiempo, la economía mundial, el sistema financiero, el mercado global y la soberanía de las élites económicas colapsarán. Después de que las instituciones globales no pudieron hacer frente al coronavirus en la primera etapa, dándole la oportunidad a los Estados nacionales y sin haber desarrollado ninguna estrategia común, su prestigio se derrumbó rápida e irrevocablemente.

Pero los gobiernos nacionales, en los cuales, incluso contra su voluntad, cayó el poder soberano, resultaron ser limitados en sus acciones. En esencia, deben introducir un estado de emergencia (como sucedió en varios países) y establecer un régimen de dictadura, asumiendo la plena responsabilidad de ello. Pero obviamente, casi ninguno de los líderes mundiales está listo para tales funciones dictatoriales, ya que el poder en las condiciones de globalización era mínimo, limitado democráticamente y reducido a la gestión, cuya responsabilidad se distribuía entre varias instituciones, y en particular, se transfirió en gran medida a la sociedad civil. Suspender la democracia y establecer una dictadura requiere cualidades completamente diferentes, que faltan claramente incluso entre aquellos que fueron considerados políticamente "dictadores" en las condiciones favorables del globalismo. Pero el cierre de países sin el establecimiento de una dictadura significará un mayor colapso de los poderes de los jefes de estos países y su transferencia a un nivel inferior.

Por lo tanto, un fuerte aumento de la soberanía sin la disposición para introducir una dictadura fuerte y rígida no resuelve el problema, especialmente porque toda la élite política fue entrenada exactamente en lo contrario: no concentrar el poder y las acciones en circunstancias de emergencia, sino, por el contrario, democratizar y fortalecer el papel de la sociedad civil. Los Estados nacionales que cerraron contra su voluntad, moralmente no están preparados para una dictadura completa.

Esto significa que el centro de gravedad desciende aún más, hasta el nivel de los ministerios y departamentos directamente autorizados para enfrentar a las autoridades regionales y a la pandemia. Los médicos, la policía y los militares, así como los gobernadores y alcaldes, son de hecho responsables de la situación, y si la dictadura no se introduce a nivel nacional, se traslada a la local. Y aquí, frente a una población agonizante y desesperada (tanto desde el punto de vista del saneamiento y la salud, como desde el punto de vista de la psicología y, lo más importante, desde el punto de vista de la economía), son las autoridades locales y los departamentos individuales los que se ven obligados a convertirse en la posición de las autoridades y poderes responsables de todo, incluido el uso de la violencia. Esto crea los requisitos previos para la fragmentación territorial e institucional de los Estados existentes y el surgimiento de dictaduras regionales. A medida que el orden mundial se derrumba, uno no puede estar seguro de que la concesión temporal y forzada de los poderes de excepcionales no se convierta en algo más estable e irreversible. Por lo tanto, la cercanía bien puede fragmentar el espacio de los Estados nacionales.

Y finalmente, la cercanía a los propios hogares en modo del aislamiento crea condiciones completamente nuevas para la restauración de las jerarquías familiares. Bajo las condiciones normales de la globalización, en las últimas décadas, las tendencias de igualdad de género se han desarrollado activamente, la institución de la familia se ha destruido sistemáticamente, el centro de gravedad se ha trasladado a las redes sociales y las redes basadas en un principio individual. En una emergencia dentro de un espacio confinado, toda esta estructura de género se pone a prueba necesariamente. De ahí la inevitable oleada del crecimiento de la violencia doméstica, los microdramas, el establecimiento de la dictadura del jefe de la familia (no necesariamente el hombre) o la rápida desocialización y una especie de "desenfreno" de personas solitarias que, durante el aislamiento, se enfrentan a su "abandono", del cual ya no será posible escapar.

Además, la naturaleza cerrada de los individuos y las familias los obliga a buscar nuevas pautas y nuevas estrategias para la supervivencia. El choque con la suspensión de sus derechos y libertades civiles se experimenta como un desastre psicológico, social y político, especialmente cuando no hubo preparación para la dictadura y, además, en condiciones de cuarentena y aislamiento de las autoridades, no van a asumir la plena responsabilidad de la población. Esto da lugar a los requisitos previos de una explosión social y la completa deslegitimización de las acciones de las autoridades a cualquier nivel, desde el nivel global hasta el nacional y regional. La Hora del Pangolín lleva a un reformateo profundo de la conciencia cívica.

Dictaduras militares y consejos de la peste

El hecho de que ahora se está haciendo una transición de una sociedad abierta a una cerrada es un hecho. Pero también es un hecho que, con la excepción de China (y eso es solo una suposición), nadie tiene una idea clara de cómo será la nueva sociedad cerrada. Hasta ahora, prevalece la esperanza entre las élites de que el cierre es una medida instintiva y temporal, y después de derrotar al coronavirus, la situación, aunque con dificultad, volverá a los parámetros que existían antes de la epidemia. La Hora del Pangolín se considera solo un momento a corto plazo, lo que trajo y traerá muchas consecuencias desastrosas, pero pronto terminará y todo volverá a sus lugares.

En otras palabras, las élites, ni globales, ni nacionales, ni regionales, ni siquiera los jefes de familia, perciben la cercanía como una condición fundamental para el futuro sociopolítico y económico. Y por lo tanto, la cercanía es interpretada por ellos como algo transitorio y que no requiere conceptualización. "Dejemos que todo continúe por un tiempo por sí solo, y luego trataremos de devolver todo a la vida normal".

Tal actitud es comprensible y entendible, pero no cancelará la lógica del cierre. Así como las élites evaden responder el desafío de la Hora del Pangolín, y el cierre real continúa con la epidemia, aquellos que aceptan este desafío en lugar de las élites gobernantes se unirán espontáneamente a la organización del cierre. Vilfredo Pareto lo llamó el fenómeno de las "contra-élites”. Ya podemos suponer cuáles son sus esquemas.

A nivel nacional, es más natural estar a la vanguardia de las fuerzas de seguridad y especialmente del ejército. La parálisis del gobierno central (falta de preparación para una dictadura) y la arbitrariedad de las autoridades regionales, que serán barridas por ciudadanos rebeldes o que establecerán un régimen de soberanía regional, darán lugar al colapso político, social y económico, así como sanitario y epidemiológico. La única fuerza en tales circunstancias que podría actuar eficazmente en un estado de emergencia sería el ejército. Al mismo tiempo, los militares pueden descartar los errores anteriores a las élites gobernantes que estaban distanciadas. Si dicha dictadura militar puede comenzar con funciones puramente técnicas, en algún momento tendrá que formular una ideología de cierre sobre la base de los valores y tradiciones que prevalecen en esta sociedad en particular y satisfacen más o menos las necesidades de la población. Las élites actuales, que esperan a que todo termine, ni siquiera pensarán en esta dirección, y los militares, que no serán difíciles de eliminar, se verán obligados a justificar la dictadura con principios ideológicos.

Por otro lado, los propios ciudadanos, que se ven afectados por una pandemia en condiciones extremas de supervivencia, pueden y en algún momento tendrán que responder al desafío del cierre. En tales condiciones, el individualismo será incompatible con la vida y habrá una necesidad urgente de cierta consolidación y autoorganización. Esto puede suceder en forma de una protesta contra la ineficiencia de las élites nacionales o regionales existentes, y en ciertas circunstancias, en forma de oposición espontánea a la dictadura médica militar establecida de los militares. Pero incluso en este caso, la autoorganización requerirá cierta ideología que justifique la estrategia para el período de la "Hora del Pangolín": la estrategia para combatir el virus, los principios de interacción a nivel de asentamientos y comunidades locales hasta la creación de cuerpos espontáneos elegidos por democracia directa, una especie de "consejos de la plaga" o "Comunidades de pangolines". Si el gobierno no responde a la cercanía y no formula un proyecto conceptual - ideológico claro, la población tendrá que hacerlo espontáneamente. Es obvio que aquí, como en el caso de la dictadura militar, se desarrollará gradualmente una especie de "ideología", también relacionada con la cultura y las costumbres de un pueblo en particular o incluso con un asentamiento separado.

La conclusión que se sugiere de este análisis es simple:

  • O las autoridades conceptualizan las nuevas condiciones de cercanía post-global y formulan sobre la base de estos conceptos una nueva ideología y una nueva estrategia,
     
  • O esto sucederá en contra de la autoridad de los nuevos actores políticos y sociales que se verán obligados a compensar la confusión e inacción de las élites con acciones espontáneas y formas de organización.

Dado que las élites modernas, y esto se aplica a casi todas las sociedades (de nuevo, a excepción de China), de alguna manera se han formado en el contexto del globalismo liberal y han absorbido los axiomas y los dogmas de una sociedad abierta, no están preparados para el primer escenario, el segundo debería considerarse el más probable. 

La Hora del Pangolín llegó. Cuanto antes se reconozca esto, aquellos que puedan tomar decisiones en una emergencia, lo harán mejor.