La Iglesia está limpia de culpa

30.03.2019

Desde hace 19 años, el periodista mexicano Jorge Santa Cruz demostró que la Iglesia católica está limpia de culpa. Lo hizo cuando López Obrador ni siquiera intentaba ser —por primera vez— candidato a la Presidencia de México.

Este artículo se publicó originalmente el 16 de marzo de 2000, en la página A7 del periódico Novedades, de la Ciudad de México. (Para reproducirlo en Sin Compromisos, se le hicieron algunas correcciones de estilo y se incluyó una aclaración —entre corchetes— sin alterar su sentido original).

Aceptar que la Iglesia católica puede equivocarse en su magisterio equivale a tener como posible que el demonio pueda enseñar el bien. ¡Por supuesto que no! La Iglesia católica es infalible, no puede cometer error cuando enseña las verdades en las que hay que creer, los deberes que hay que cumplir y el culto que se debe rendir a Dios.

El padre Hillaire lo explicaba así —desde 1913— en su obra La religión demostrada: «Nuestro Señor Jesucristo dijo a Pedro y a los apóstoles: “Id, enseñad a todas las naciones… Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos”. Con estas palabras, Jesucristo prometió a sus apóstoles, hasta el fin del mundo, su asistencia particular en el ejercicio de sus enseñanzas y esta asistencia divina trae consigo la infalibilidad; de otro modo, Jesucristo sería el responsable del error».¹

La Iglesia católica nunca se ha equivocado, ni se equivocará, dentro del dominio de su competencia.

Ahora bien: ¿cuál es el objeto de la infalibilidad de la Iglesia católica? Responde el padre Hillaire: «El objeto de la infalibilidad está claramente determinado por el fin para el cual ha recibido la Iglesia este privilegio. Ella no está encargada de enseñar a los hombres todo aquello que les pueda interesar, sino solamente las cosas útiles para la salvación eterna. Todo lo que se refiere a la fe o a las costumbres es el círculo de su autoridad infalible».²

Así pues, todo lo que haya hecho o dicho la Iglesia en los pasados dos mil años en materia de fe o costumbres es válido. Todo lo que haya reprobado en estos dos milenios, reprobado seguirá. [La esencia de su misión fue distorsionada a partir del pontificado de Juan XXIII y del Concilio Vaticano II].

El perdón ofrecido por Juan Pablo II no debe ser tomado como un «mea culpa» de la Iglesia por más que las agencias internacionales de noticias quieran presentarlo así. La Iglesia es una institución que está libre de culpa. Los que fallan son los hombres y mujeres, algunos de los cuales no han sabido honrar su compromiso con Dios y con el prójimo. De esto no tiene la culpa la Iglesia, como tampoco N.S. Jesucristo la tuvo de la traición de Judas Iscariote.

Mienten, por otro lado, aquellos que dicen que el perdón llegó tarde. Jesucristo, clavado en la Cruz, intercedió ante el Padre por sus asesinos: «¡Perdónalos, porque no saben lo que hacen!».³

De igual manera, la Iglesia ha pedido todos los días, de estos 21 siglos, por sus enemigos y perseguidores. ¿Se tiene que disculpar por esto?

¿O acaso pretenderán que pida perdón por la sangre que derramó el Hijo de Dios, segunda persona de la Trinidad, en el Monte Calvario? ¿O por el martirio de San Pedro, crucificado de cabeza, o el de San Pablo, quien fue degollado? La sangre cristiana ha corrido generosa por todos los confines de la Tierra. Mire hacia atrás: hacia las catacumbas y hacia el Coliseo de Roma; hacia las filosas espadas de los sarracenos, hacia las mazmorras de la Revolución Francesa, hacia los «gulags» de la Unión Soviética…

¿Debemos disculparnos por la santidad de Felipe de Jesús? ¿Por la sencillez y virtud de Juan Diego? ¿Por la injusticia de la persecución religiosa desatada en México por Plutarco Elías Calles y por Lázaro Cárdenas?

No, señores, la Iglesia está limpia. ¿Quiénes de los que la acusan y tratan de mancharla están libres de culpa, de pecado, como para tirar contra ella la primera piedra? ¿Quiénes?, vuelvo a preguntar.

Notas:

1. A. Hillaire. La religión demostrada. (México: Editorial Latino Americana. 1964), 292.
2. Ibid., 294.
3. Lucas, 23, 34.