La influencia en China de Carl Schmitt

11.01.2021

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

“πόλεμος πάντων μὲν πατήρ ἐστι, πάντων δὲ βασιλεύς, καὶ τοὺς μὲν θεοὺς ἔδειξε τοὺς δὲἀνθρώπους, τοὺς μὲν δούλους ἐποίησε τοὺς δὲ ἐλευθέρους.”

“El conflicto es el padre de todas las cosas, el rey de todas las cosas, a unos hizo dioses, a unos hombres, a unos sirvientes, a otros los hizo libres”.

(Heráclito, Fragmento 53)

En una carta fechada en 1933, Martin Heidegger felicitaba al jurista, y compatriota alemán, Carl Schmitt debido al éxito alcanzado por su obra El concepto de lo político, libro que en ese entonces publicaba su tercera edición. Además, Heidegger felicitaba a Carl Schmitt por la cita que el mismo Schmitt hacía del Fragmento 53 de Heráclito y por su correcta interpretación de conceptos tan fundamentales como los de πόλεμος y βασιλεύς. Al mismo tiempo, Heidegger no sólo le reveló a Schmitt que estaba preparando su propia interpretación del fragmento de Heráclito, directamente interconectado con el concepto de ἀλήθεια, sino también que él mismo estaba atravesando por una especie de "conflicto".

Tanto Heidegger como Schmitt sabían muy bien que, para el filósofo Melancólico de Éfeso, el término "conflicto" no indicaba única y exclusivamente una lucha armada. De hecho, también debían entenderse esas palabras en el sentido de un conflicto interno. Para Heidegger, la palabra πόλεμος no significaba otra cosa que ese "trabajo del ego" que lo llevaría a lo que él mismo definió más tarde como un "enfrentamiento con uno mismo", después de lo cual abandonó la docencia durante varios años, pero eso mismo lo llevaría también a producir posteriormente algunas de sus obras fundamentales como su voluminoso estudio sobre Nietzsche y el libro Holzwege [1].

La elección de iniciar sus reflexiones a partir del Fragmento 53 de Heráclito dejó, sin lugar a dudas, una gran huella en la influencia que ha ejercido el pensamiento de Carl Schmitt en la China actual. El conflicto del que habla el pensador griego y cuya esencia Heidegger comprendió muy bien, se encuentra directamente dentro de la categoría de aquellos conceptos teológicos que, según Schmitt, han sido "secularizados" al interior de la doctrina moderna del Estado.

En el contexto islámico, dado que la revelación es tanto una profecía como una ley, el significado real de la idea de conflicto, tal y como es utilizado por Heráclito, aparece con toda su fuerza disruptiva en el concepto teológico de yihad. Debemos recordar que esta palabra significa literalmente "esfuerzo" e indica el compromiso del hombre de superarse a sí mismo, de convertirse en un "verdadero" ser humano, parafraseando la interpretación que dio de ese concepto el Imam Jomeini [2].

La yihad, como es definida en un conocido hadiz del profeta Mahoma, puede dividirse en dos clases: la yihad mayor (o interna) y la yihad menor (o externa). La yihad mayor es la lucha interior que ya hemos mencionado y que busca convertirnos en seres humanos verdaderos; mientras que la yihad menor en realidad se refiere a la lucha armada contra un enemigo exterior al dar al-Islam (casa del Islam). Por lo tanto, contra alguien que se encuentra en el dar al-harb (casa de guerra).

Este concepto también se encuentra en una civilización tradicional como China, que según sus ideas lo que existe más allá de las fronteras imperiales, es un espacio repleto de "bárbaros": una región "sin cultivar", el reino de la guerra, un espacio puramente cuantitativo en el que las virtudes del jen (la solidaridad grupal) y el yi (la equidad) no se cumplen. 

En términos de las teorías geopolíticas clásicas, los conceptos de conflicto interno y externo se pueden aplicar fácilmente si tomamos en cuenta la idea orgánica del Estado (una entidad viviente que existe según una dimensión tanto moral como espiritual) desarrollada por Friedrich Ratzel [3]. Si consideramos al Estado como un organismo, entonces su conflicto interno está constituido por su esfuerzo de querer convertirse en una entidad fuerte, solidaria y plenamente soberana capaz de actuar de forma independiente y en pie de igualdad con otros actores internacionales en lo que respecta a los conflictos regionales o globales. Y es evidente que este esfuerzo interno resulta ser un prerrequisito fundamental que es necesario llevar a cabo en lo externo y, en comparación con este último, juega un papel que es mucho más primordial. 

Ahora bien, queriendo trasladar esta idea que acabamos de reconstruir a la geopolítica actual de la República Popular China, es evidente que los conceptos de Schmitt de la política como un "conflicto" y de la oposición dicotómica amigo/enemigo han conocido una considerable (y quizás incluso inconsciente) difusión en Pekín. La política que sigue la República Popular de "una sola China" se traduce en la práctica en el esfuerzo interno para lograr ese objetivo que busca instaurar la unidad nacional total, no sólo en términos territoriales (restaurar la soberanía sobre Taiwán, por ejemplo), sino también en términos ideológicos al luchar contra ese "enemigo interno" que se presenta bajo las diferentes formas de separatismos apoyados por "Occidente": desde el modelo terrorista usado por el Movimiento Islámico del Turquestán Oriental (que recientemente ha sido eliminado de la lista de organizaciones terroristas reconocidas por los Estados Unidos ) hasta la rebelión de carácter "sorosiano" hecha en Hong Kong, o la influencia ejercida por sectas anti-tradicionales como Falun Gong, hoy revitalizada gracias a su alianza con el fenómeno QAnon.

El académico chino Liu Xiaofeng (quien ha sido muy influenciado por Schmitt), en una colección de ensayos titulada Sino-Theology and the Philosophy of History subraya las diferencias entre el concepto europeo de Estado-nación y el sustrato ideológico en el que se ha desarrollado el Estado Chino contemporáneo. Los mejores pensadores políticos de China, dice el profesor de la Universidad de Renmin, se han dado cuenta perfectamente de que el imperialismo europeo moderno era completamente diferente a la antigua concepción que existía del "Imperio" (mucho más cercana, en algunos aspectos, a la idea que tenían de ella los persas y los chinos). Y se dieron cuenta de que, en la época moderna, no había un solo imperialismo, sino varias formas de imperialismo que estaban en conflicto los unos con los otros y que eran tantos como los Estado-nación que existían [4].

En este contexto, según el historiador y político Liang Qichao, quien vivió a finales del siglo XIX y XX, en una época marcada por el declive inexorable y la repartición imperialista del espacio chino, la única solución que podía existir era la creación de una forma de nacionalismo chino. Sin embargo, la forma en la que Qichao concebía el nacionalismo era de hecho una forma de conciencia política y cultural nacional, pero no un nacionalismo como lo entendían los europeos [5]. Este concepto de nacionalismo sigue siendo completamente ajeno a la forma imperial tradicional hasta el día de hoy, en su expresión modernizada y que ha sido influenciada por el marxismo-leninismo, y se parece más al modelo aqueménida que a la idea europea del Estado-nación, influida por toda clase de impulsos imperialista, ya que desde su origen se planteó como una superación de dicha idea.

La historiografía occidental, a través de la llamada historia global, ha intentado superar el sistema eurocéntrico que tiene como referente a los Estados nacionales y los sustituye por una idea de la historia centrada en el cambio de las estructuras sociales. Liu Xiaofeng, a diferencia de algunos de sus colegas y compatriotas, ha tenido el mérito de darse cuenta de que esta historia global no nació con el ensayo de William H. McNeill de 1963, The rise of the West. A history of the human community [6], sino que también logro entender que este deseo de superar el eurocentrismo simplemente es la creación de una forma bastante paradójica de cosmopolitismo que esconde un imperialismo natural de matriz angloamericana (el cual salió victorioso en su enfrentamiento contra otras formas de imperialismo europeo). Este cosmopolitismo, de hecho, sigue fundamentado en el canon de lo "occidental", pero inspirado en los valores del capitalismo liberal, que es presentado como el mejor modelo de todos los tiempos. Sin embargo, este canon mira a los otros modelos de forma benevolente, como si ellos fueron una especie de buen salvaje que puede ser estudiado antropológicamente y, quizás, ser educado (también mediante "bombardeos humanitarios") con el objetivo de emanciparlo por su propio bien.

Así, la historia global no es más que una superestructura historiográfica producto del liberalismo occidental durante el período de la Guerra Fría y que es perfecta para el instante unipolar. 

Mucho antes de la aparición del ensayo de McNeill, como nos recuerda una vez más Xiaofeng, Carl Schmitt publicó El nomos de la tierra, una obra que, en lugar de subvertir el eurocentrismo ahora desaparecido, era perfectamente consciente de que éste ya había sido reemplazado por un sistema que estaba centrado en los Estados Unidos [7]. Pero Schmitt, a diferencia de los profetas de la historia global, todavía utilizaba un modelo historiográfico centrado en las entidades estatales. La intuición fundamental de Schmitt estaba constituida por la comprensión del hecho de que el choque entre los Estados seguiría siendo algo frecuente y sería muy intenso independientemente del mito cosmopolita de la ciudadanía global y que estos enfrenamientos incluso llegarían a ser extremos. 

Schmitt entendió que la creación y el crecimiento/desarrollo de los Estados Unidos tuvo lugar en un contexto en el que el jus publicum europaeum (que había regulado las guerras entre las monarquías cristianas europeas en el territorio del Viejo Continente) no representaba nada para los Estados Unidos, ya que este país nació en un "espacio libre" donde está vigente la ley del estado de naturaleza del más fuerte y contra el trasfondo ideológico-religioso del tema bíblico del Éxodo y la creencia mesiánica en la construcción de un "Nuevo Israel" y un "Jerusalén en la tierra ”: principios que subyacen a la idea puritana de superioridad moral y predestinación y representan los fundamentos existenciales del americanismo. 

Estados Unidos nació en total oposición al modelo europeo. Su entrada en el Viejo Continente marca la transición de la guerra "legal" a la guerra "ideológica": el enemigo no sólo debe ser derrotado, sino demonizado, criminalizado y, por lo tanto, aniquilado. Lo que hizo Estados Unidos fue traer de vuelta la ley del más fuerte a Europa, considerándola, como lo hicieron los europeos con el hemisferio occidental en la época moderna, un "espacio libre" para ser sometido a la mera conquista.

Xiaofeng aplica estas ideas schmittianas a la actualidad geopolítica del Lejano Oriente y en particular a China. China, en un momento en el que su "lucha interna" aún no la había llevado a la formación de un Estado fuerte y plenamente soberano, lo cual le permitiría participar plenamente (y en condición de equidad) en el ámbito internacional, tuvo que optar por el acceso al sistema desde una perspectiva "técnica", mediante el ingreso a las instituciones internacionales. Un método que se oponía al puramente político-militar utilizado por Japón a principios del siglo XIX y XX, momento en que el proceso de modernización endógena logrado por ese Imperio le permitió afirmarse como potencia global. 

Sin embargo, el error fundamental de la clase política china en la primera mitad del siglo XX fue creer que el derecho internacional se aplicaba de manera justa a todos los miembros de la comunidad que aceptaban sus normas. Xiaofeng recuerda que Chiang Kai-shek seguía firmemente convencido, a pesar de la advertencia del asesor militar alemán Alexander von Falkenhausen, de que las potencias europeas (Francia y Gran Bretaña) y Estados Unidos acudirían al rescate de China ante la agresión japonesa contra el pueblo chino a finales de la década de 1930 [8]. Evidentemente, nada de esto sucedió y solo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial y la entrada de Estados Unidos en el conflicto, la situación comenzó a cambiar. 

La verdadera naturaleza del derecho internacional fue muy bien descrita por Iosif Stalin al delegado de la entonces República de China que se encontraba en la URSS, Chiang Ching-kuo. El Vožd’, con toda franqueza, le dijo: "todos los tratados son papel mojado, lo que importa es la fuerza" [9]. 

De hecho, el método "técnico" descrito por Xiaofeng, a través del cual China intentó inicialmente garantizar su participación en el sistema de las relaciones internacionales, no le permitió lograr un equilibrio de poder completo con las potencias europeas o con los Estados Unidos. Sólo con la Revolución Maoísta y la victoria obtenida durante la Guerra de Corea, comenzó a surgir la posibilidad de plantearse semejante objetivo.

Ahora bien, debemos recordar que los Estados Unidos ha aplicado históricamente contra China, antes y después de Mao (aunque también durante fases alternas), una estrategia denominada "política de puertas abiertas". En el momento unipolar, esta política estratégica se materializó en una suerte de entendimiento (perfecto desde la teoría) según la cual China exportaría bienes e importaría dinero líquido, con lo cual asumía los títulos de la deuda estadounidenses, mientras que Estados Unidos, siendo un país de consumidores y deudores, podían contar con una supremacía militar duradera que buscaba ser el pionero de una nueva revolución tecnológica, para la cual ni siquiera se consideraba que China podría ser un agente competidor. Como afirma el historiador Aldo Giannuli: "desde la perspectiva neoliberal, la apertura global de los mercados debería haber hecho de China el principal centro de manufacturas del sistema global, pero únicamente sí la brecha tecnológica con respecto a este país se mantuviera constante, o incluso si esta misma brecha aumentara, además de que la balanza comercial nunca debía ser demasiado favorable al Oriente” [10].

Sin embargo, con la crisis del 2008, este acuerdo se resquebrajó rápidamente y se deterioró por completo bajo la administración Obama que, para tratar de esconder este problema, optó por la estrategia geopolítica del Pivot to Asia en relación al rápido desplazamiento del centro del comercio global hacia el Lejano Oriente. Una estrategia que la administración Trump ha tratado de llevar hasta sus últimas consecuencias mediante la militarización constante de los mares adyacentes a las costas de China y fomentando operaciones de sabotaje contra la Nueva Ruta de la Seda.

El error de juicio norteamericano tiene, por lo tanto, un origen mucho más lejano de lo que se proponen sostener los análisis geopolíticos actuales. Con el cruce del río Yalu y la entrada de voluntarios chinos a la Guerra de Corea, Pekín ya había enviado una señal bastante clara a los Estados Unidos: no son bienvenidos más allá del paralelo 38. Con las reformas y la política de apertura llevada a cabo por Deng Xiaoping a principios de la década de 1980 y el fracaso del levantamiento de la Plaza de Tiananmen, Pekín envió otra señal a los Estados Unidos: China ya no es un "espacio libre" donde puedan operar los extranjeros con total libertad (como lo hizo Washington en Europa) ni tampoco es divisible a través de los medios económicos y políticos producto de la infiltración cultural.

El rápido ascenso de China fuera del "contexto liberal" y en virtud de un sistema "iliberal", profundamente estatista y bien definido, se expresa también en el nuevo plan quinquenal del PCCh centrado en el principio de la doble circulación (demanda interna/demanda externa) y con el que envía otra señal al extranjero: se acerca el fin del sistema global que gira alrededor de los Estados Unidos. 

El acuerdo de libre comercio RCEP-Regional Comprehensive Economic Partnership es el primer paso en la construcción de una esfera de cooperación para un Asia que será libre de la presencia desestabilizadora producida por norteamericana. 

Es evidente que Estados Unidos no aceptará de buen grado tal acontecimiento. Pero en la actualidad Pekín es plenamente consciente de la necesidad de un Estado fuerte, no solo en términos de homogeneidad ideológica y de sus propios objetivos, sino que también se encuentra preparada para luchar contra sus enemigos externos. 

Notas:

[1] El autor del artículo ha abordado este tema en el libro Essere e Rivoluzione. Ontologia heideggeriana e politica di liberazione, NovaEuropa, Milano 2018.

[2] Véase  R. Khomeini, La più grande lotta. Per liberarsi dalla prigione dell’ego ed ascendere verso Dio, Irfan Edizioni, Roma 2008.

[3] Véase, F. Ratzel, Lo Stato come organismo, “Eurasia. Rivista di studi geopolitici” 3/2018.

[4] L. Xiaofeng, Sino-Theology and the philosophy of history. A collection of essays by Liu Xiaofeng, Brill, Boston 2015, p. 99.

[5] Ibidem.

[6] L. Xiaofeng, New China and the end of the international American lawwww.americanaffairsjournal.org.

[7] Véase C. Schmitt, Il nomos della terra, Adelphi Edizioni, Milano 1991.

[8] New China and the end of the international American law, ivi cit.

[9] Ibidem.

[10]A. Giannuli, Coronavirus. Globalizzazione e servizi segreti, Ponte alle Grazie, Milano 2020, p. 236.