La neutralización y sus límites: El sistema político ruso

13.03.2021

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

La configuración del poder en la Rusia de hoy: el centralismo.

Desde un punto de vista de la lógica formal, la actual configuración del poder ruso es bastante buena. Existe un líder fuerte y unas estructuras administrativas centralizadas que funcionan bien y que evitan la entropía, el separatismo y la decadencia del sistema. Putin ejerce un control total sobre las principales industrias estratégicas, algo que ha sido formalizado legalmente o por medio de acuerdos que son cumplidos al pie de la letra. A nadie se le ocurre hoy, como en los años 90, cuestionar este sistema y desafiarlo.

Esta estructura de poder es perfecta para la actual configuración histórica en la que vivimos. El nivel de centralización y concentración del poder en las manos de un único gobernante es suficiente como para hacernos un Estado soberano y eso es bueno. Claro, es posible encontrar en este sistema carencias y excesos graves, pero, por lo general, ante la necesidad de mantener nuestra soberanía, todos estos excesos están justificados debido a la difícil situación actual de Rusia.

Es importante tener en cuenta que esto no era así durante la década de 1990 y principios del 2000. En la década de 1990 el poder en Rusia estaba configurado de la siguiente manera:

  1. Existían las estructuras supranacionales - globalistas, occidentales – que eran mucho más importantes que el Estado nacional y, de hecho, Occidente imponía directamente sus directrices sobre Rusia secundado por unas élites que le eran completamente leales y muy liberales.
     
  2. Luego estaban los grupos delictivos que controlaban casi por completo a las fuerzas del orden.
     
  3. Además, estaban los representantes de la oligarquía que controlaban el aparato estatal y una burocracia totalmente corrupta.

Aunque a esto se le llamaba "democracia", el pueblo y la sociedad no influían para nada en este sistema. Todo era decidido por Occidente, los oligarcas y, a nivel local, por los clanes criminales.

Durante los 20 años que ha gobernado Putin este modelo ha sido completamente destruido y puesto de cabeza. Ahora podemos afirmar que la configuración es la siguiente:

  1. Rusia ahora posee una política soberana y es independe con respecto a Occidente. Esta soberanía está consagrada de jure en la nueva reforma a la Constitución y existe de facto. Encuentra su fundamento en un poder y un potencial lo suficiente desarrollado como para ser real (se trata de una forma de soberanía real y no solo formal).
     
  2. Los clanes criminales son controlados por los organismos encargados de hacer cumplir la ley y ahora dependen de ellos.
     
  3. Los oligarcas no pueden gestionar directa y abiertamente a la burocracia y están excluidos de cualquier clase de influencia política.

El imperativo del autoritarismo

El modelo de los 90 fue sustituido por el modelo de Putin y eso permitió un fortalecimiento sin precedentes del Estado. Especialmente porque la gravedad de los problemas que se habían acumulado a finales de los noventa permite hablar de que Rusia logró salvarse de una catástrofe inminente que estaba por producirse.

Durante los 20 años de gobierno de Putin, el poder se centralizó en las manos del gobernante. Es decir que se creó un sistema monárquico autoritario. Tal sistema es lo que necesitaba Rusia, además de que históricamente siempre ha existido: su realidad geopolítica es sin duda indiscutible y surge de la complejidad misma del territorio, de la población y, en consecuencia, de los imperativos estratégicos que necesitamos para defendernos.

Todos los sistemas ideológicos en la historia de Rusia han llegado, de una forma u otra, a la misma forma de gobierno: los zares, los comunistas y los demócratas. Sin importar lo que hayan sostenido previamente los representantes de una u otra corriente política, siempre han terminado por practicar el autoritarismo. Un gobierno autoritario es inevitable a la hora de controlar a las grandes masas sociales de un Imperio. Tarde o temprano siempre surge en estos sistemas la cuestión de la centralización del poder y la necesidad de una organización vertical que penetre con sus rayos la totalidad del sistema estatal. Por lo tanto, desde un punto de vista formal, me parece que la misión de Putin se ha cumplido y ha conseguido crear el sistema centralista que se requería.

Teniendo en cuenta que el sistema soviético había perdido su capacidad de centralización en la fase final de su desintegración, y que sufrió su máxima debacle durante los años 90, era necesario que Putin hiciera una serie de reformas que cambiaran esa situación.

Un Estado vacío que no tiene una idea, carece de ética y rechaza al pueblo

Pero existe otro aspecto mucho más sutil que resulta ser un problema para las estructuras estatales. Gracias a los imperativos de la centralización y teniendo en cuenta los éxitos obtenidos en el fortalecimiento del poder en Rusia, podemos observar que el Estado carece en sí mismo de los siguientes elementos:

  1. Una idea;
     
  2. Una ética;
     
  3. La existencia y la voluntad del pueblo (es decir, la justicia social).

A pesar de su defensa de la soberanía y la autoridad, los actuales gobernantes de Rusia no son capaces de ver que estos dos componentes no son un valor intrínseco, sino una especie de armadura que debe estar encadenada a la realidad viviente del pueblo. El Estado es la expresión terrenal de una idea mucho más elevada y esta idea debe basarse en la ética y en la moral.

Nada de eso existe hoy. A pesar de que la centralización ha sido conseguida de forma efectiva, el Estado se encuentra completamente desprovisto de un espíritu, es decir, de una idea y un pensamiento. El poder no piensa y ni siquiera es capaz de pensar. Todo se encuentra subordinado únicamente a la eficacia. El poder cree que mientras todo funcione normalmente, entonces no es necesario pensar. Lo que funciona no tiene la necesidad de justificar su propia existencia. Siguiendo esta lógica, las autoridades se han vuelto hostiles al pensamiento.

Además, el Estado ruso moderno está completamente desprovisto de una moral. No expresa exteriormente ninguna clase de vida cultural genuina y profunda. El Estado no tiene un alma.

El pueblo como concepto, como sujeto de la historia, no existe, es reducido a la categoría de "población", "contribuyente", "empleado", etc.

Se ha creado una especie de Leviatán, un monstruo de hierro que defiende la soberanía, pero no tiene mente, alma o ética.

Sin embargo, debemos asumir esta situación desde una perspectiva realista. No es del todo una situación mala, porque si no existiera ese organismo soberano fuerte, aunque sea una máquina sin alma, el pueblo sería fácilmente una víctima de agentes externos. Pero el alma, es decir, el sutil espíritu que existe dentro del pueblo tampoco puede habitar libremente el Estado, porque el pueblo mismo ha sido reducido a la esclavitud. El Leviatán estatal ruso no debe ser ignorado o tratado a la ligera. De cualquier forma, el Estado es necesario.

A partir de aquí podemos decir que el Imperio es muy importante para los rusos y es uno de nuestros valores más importantes.

No obstante, nada impide que el actual gobierno ruso se ocupe de algunos de los elementos fundamentales que necesitamos como las ideas, la ética y el pueblo. Es su falta de atención hacia estos principios lo que ha dado lugar a que se cometan todos estos excesos, lo cual crea las condiciones previas que debilitan el centralismo que ha sido construido en nuestro país. Podemos observar como esas debilidades de las autoridades terminan por convertirse en crecientes amenazas internas de la sociedad al ver la estupidez total, la corrupción desbocada y la falta de justicia social en todos los ámbitos del Estado. A pesar de que el sistema político centralista está construido de forma maravillosa, los elementos clave del mismo se encuentran sometidos a una erosión interna permanente.

Precisamente es la ausencia de una verdadera superestructura lo que nos hace falta en el plano político. Esto sucede porque se han eliminado los peores elementos de los años 90. El hardware ha sido reparado, pero el software es inutilizable, porque este último no tiene una idea, no tiene una ética concreta y no se preocupa por el pueblo. Es más, el pueblo no existe ni siquiera como idea para el hardware.

En una situación como esta, el Estado se halla a merced de personas al azar que se disfrazan de “administradores efectivos”, lo cual puede ser importante desde un punto de vista técnico, pero esto es completamente inoperante y demasiado engañoso a la hora de resolver problemas mucho más delicados y difíciles. Como el Estado carece de una idea, entonces todo el sistema político (que en general es bastante bueno) comienza a pudrirse y eso crea las condiciones previas para su futura desestabilización.

El Estado es siempre una construcción artificial: se crea a partir de un acontecimiento

Debe tenerse en cuenta que todos los Estados nacen de forma arbitraria. Detrás de cada institución política encontramos un determinado acontecimiento histórico que llevó a que superáramos desafíos muy graves. Quienes consiguen dar una respuesta acertada a estos desafíos se convierten en jefes del Estado y lo transforman. En el centro está el sujeto y su voluntad, pero la mayoría de las veces es algo colectivo y se basa en una ideología particular.

La monarquía también fue una construcción que se desarrolló históricamente a partir del fortalecimiento de un Gran Ducado y después se convirtió en un reino. La conversión hacia la ortodoxia jugó un papel importante. Al mismo tiempo, el Estado fue reformado en varias ocasiones por la élite gobernante, tanto en la Antigüedad como en los períodos más cercanos a nosotros. La Rusia post-petrina era significativamente diferente a la Rus de Moscovia y esta última era muy diferente a la época mongola y el período pre-mongol. En cada uno de estos momentos se tomaron decisiones para construir el Estado a partir de una idea central, una ética, un lugar y un papel que debía interpretar el pueblo ruso en la historia.

En el siglo XX se creó el sistema soviético que fue construido artificialmente por la élite revolucionaria bolchevique en medio de la desintegración y entropía del sistema monárquico, llevó a una serie de dificultades que surgieron a raíz de la Primera Guerra Mundial y toda serie de problemas que no habían sido resueltos por el Zar. Los bolcheviques se hicieron con el poder y crearon – construyeron – el Estado soviético. Este era un Estado artificial. Sí, los bolcheviques se adaptaron a las circunstancias, a la situación y, en algunas ocasiones, simplemente aplanaron el truculento panorama histórico, social o cultural por medio del uso de métodos totalitarios e imponiendo sus ideas a través de la alienación.

Este sistema estatal funcionó por 70 años y luego, al final de la época soviética, dejó de funcionar.

Entonces los liberales llegaron al poder. Y nuevamente comenzaron a reconstruir artificialmente el Estado. Sin embargo, los reformadores ya no estaban construyendo algo nuevo, sino destruyendo y saqueando todo lo anterior. La mayoría de la actual élite gobernante llegó al poder a finales de la época soviética. Los restos que nos dejaron las instituciones soviéticas, la "memoria de hierro" del período soviético, continúan viviendo todavía en nuestra sociedad, degradándose, degenerando y sin poderse transformar o cambiar.

El intento de rehacer el sistema político durante la época de Yeltsin fue un completo desastre en todo el sentido de la palabra. Este período de los 90 se convertirá – ¡y de hecho ya lo es! – en uno de los más grandes debacles de nuestra historia, como lo fueron la época de los disturbios o la guerra civil, donde se dieron la escisión, el colapso, la degeneración y la toma del poder por parte de los elementos más viles y degenerados.

En lugar de construir algo nuevo, los liberales comenzaron a destruir y saquear todo lo anterior. Fue un periodo completamente negativo.

Putin heredó los restos inertes y destruidos de la época soviéticas que habían sido dejados intactos por la bacanal liberal de los 90. Y a partir de ellos comenzó a crear un sistema eficiente.

Nuevamente se produjo una construcción artificial del Estado. Putin era como un plomero que de forma atenta y concienzuda fue reparando todas las fugas de agua que había en la casa. Fue una situación parecida a como si de repente, todas las tuberías estallaran, los ascensores se cayeron y los trenes se detuvieran. El Estado se encontraba en una situación catastrófica. Tanto el agua fría como el agua hirviendo lo inundaban todo, las comunicaciones estaban rotas, los muros se habían caído y las bandas de oligarcas, bandidos y funcionarios rapaces enloquecieron mientras corrían frenéticamente de un lado al otro enceguecidos por la codicia y la cobardía. De hecho, durante el período de Yeltsin, los liberales llevaron a Rusia a un estado de ruina que hacía imposible su existencia futura. El país había realmente comenzado a desintegrarse.

Putin asumió la responsabilidad de reparar todas estas catástrofes que sucedieron al final del período soviético y que fueron causadas por la destrucción del Estado durante los años 90, momento en que la estatalidad Rusia fue destruida de una manera salvaje. Fue a partir de esto que Putin trató de reparar los mecanismos operativos del Estado. Y, en general, tuvo mucho éxito. De esa mera Putin consiguió recuperar la viabilidad del Estado ruso.

Otra cosa muy distinta es que el hardware del Estado se mantuvo y su software no tenía ningún contenido útil. Se intentaba salvar el cuerpo (y mientras se llevaba a cabo una operación de emergencia para reparar su exterior), por lo que era innecesario pensar en el alma o en el contenido del mismo. Sin embargo, si el Estado sigue existiendo sin ningún contenido, los trozos que fueron pegados y soturados para salvar el sistema del cual surgió la actual Federación de Rusia, el "conjunto ruso", que fue ensamblado de emergencia, simplemente volverá a disgregarse. Y entonces sufriremos nuevamente otra catástrofe.

Los socorristas que enfrentan una emergencia siempre se ven obligados a hacer frente al accidente mediante cualquier medio disponible, pero no saben cómo reparar los daños. El primer rescatista es el que hace lo necesario. Lo mismo paso con el Estado: una cantidad significativa de elementos y personas superficiales volvieron al poder. Claro, en algún momento era necesario que existieran aduladores, ladrones y algunos electrones libres. Todos ellos volvieron a hacer parte del sistema simplemente porque "así son las cosas". Pero muchos de ellos coparon los puestos del Estado: no eran más que residuos usados en la construcción y que fueron útiles en la etapa anterior. Sin embargo, estos residuos y pegamentos de emergencia acabaron por integrarse a la estructura y creyeron ser verdaderos "estatistas". Esos son los problemas que enfrenta toda construcción. No obstante, todos ellos se han convertido en una verdadera amenaza.

Vladislav Surkov: de la democracia soberana al espíritu del pueblo

El ejemplo más claro de esta clase de residuos que se usan para reparar una fuga en medio de una emergencia es el ex ideólogo de Putin: Vladislav Surkov. Su evolución es muy diciente. Al principio, parecía que solo era un apparatchik (1) gris que fue dotado de unos poderes increíbles, además de tener una gran astucia y la curiosa habilidad de escabullirse cuando acontecía alguna dificultad. No obstante, seguía siendo un hombre con muchos tonos grises. Comparado con los que hoy mandan, Surkov es más bien un pavo real de muchos colores. Al parecer hasta los elementos innecesarios del sistema se han vuelto poco profundos...

Surkov fue quien inventó la tesis de la "democracia soberana". Yo intente conceptualizarla. En ese entonces dije que mi posición era la defensa de la soberanía en todos los sentidos posibles que tiene esta palabra, mientras que la democracia era para mí algo opcional. La soberanía es lo importante, pero si es necesario agregarle el epíteto de democracia, entonces la democracia debe ser ante todo soberana. La soberanía de Rusia es lo importante y lo justifica todo (o casi todo). Y este concepto materializaba eso: la soberanía era claramente el meollo del asunto. La soberanía significa independencia total, libertad para definirnos a nosotros mismos y diseñar nuestro propio sistema político. Y eso era lo que buscaban las reformas de Putin: restaurar el Leviatán ruso. Putin persigue constantemente este objetivo. Y eso es lo correcto.

Surkov trató de darle a esto un carácter más sistemático y de elevarlo a una categoría conceptual. Y, como de costumbre, añadió el epíteto de democracia siguiendo ese espíritu blandengue que lo impulsa habitualmente (las "cien sombras grises") con tal de apaciguar a los liberales. Pero los liberales no se calmaron y tampoco le creyeron, lo cual fue sin duda acertado de su parte. En la Rusia de Putin existe la soberanía, pero no la democracia. Quizás es bueno que esto sea así. Porque es probable que no necesitemos para nada la democracia. No estoy afirmando esto de forma categórica, simplemente estoy diciendo un hecho constatable: no existe la democracia en Rusia y eso es todo. Algunos pueden sentirse tristes ante esta realidad y a otros simplemente no les importa. Un tercero se siente feliz por ello. Pero eso realmente no importa.

La soberanía en el concepto de "democracia soberana" ha conseguido ser realizado en la práctica y sigue implementándose, mientras que el componente "democrático" ha terminado por estancarse. Pero el liberalismo no ha desaparecido. La democracia liberal, no como realidad, sino como ideología de las élites, especialmente de las elites económicas y culturales, sigue siendo una realidad que nos causa muchos dolores de cabeza y obstaculiza nuestro camino hacia algo más. Surkov trató de crear una fachada "democrática" con tal de contentar a Occidente (una democracia que de forma tímida reclamaba ser "soberana" con tal de que nuestro país no dejará de existir, de lo contrario sería imposible implementar cualquier forma de democracia), pero nadie creyó en ella. Sí, en el fondo, nadie cree en ella y nunca lo han hecho. Pero seguimos usando ese envoltorio. Así que la "democracia" dentro de este concepto era el intento de Surkov de crear un compromiso con los liberales occidentales y rusos. Pero nadie le hizo caso.

Surkov, estrictamente hablando, no intentó realmente conceptualizar nada. Alguna vez le sugerí que publicáramos materiales serios sobre el asunto, que empezáramos a desarrollar una teoría política alrededor de esos conceptos, que creáramos un centro de pensamiento que definiera de forma conceptual esa democracia con tal de que no entrara en contradicción con la soberanía y el patriotismo, es decir, una democracia que no fuera liberal sino iliberal: pero no me prestó atención.

A petición suya y formalizando una propuesta que había hecho Putin, escribí un libro de texto llamado Ciencias sociales para los ciudadanos de una Nueva Rusia, donde intentaba profundizar y conceptualizar el termino de democracia soberana. El texto le encanto a las autoridades, pero me informaron que los liberales y ... la mafia, que se monopolizaban el negocio de la impresión obligatoria textos educativos, se oponían y esto se convirtió en un muro infranqueable que impidió la publicación del texto. Es decir que la hidra sigue siendo muy fuerte y que la Administración Presidencial se vio obligada a claudicar.

Ya para el 2008 Surkov había perdido interés en estas ideas. Me lo expreso de esta manera: la idea de una "democracia soberana" es solamente una canción de moda que ahora es popular, pero es imposible tocar por mucho tiempo la misma melodía. Es hora de pensar en otra cosa... Antes defendíamos la democracia soberana, es hora de hablar de algo más. Así es como las autoridades trataban de forma despreciativa e irreverente las ideas, aunque también la ideología y los conceptos. Sin importarles que incluso fueran sus propias ideas.

Después de haber renunciado a su puesto, Surkov propuso un nuevo concepto: "el espíritu popular". Escribí mucho acerca del espíritu del pueblo como el núcleo de ese "Estado soberano" y también sobre la "la esencia del pueblo". El pueblo – el pueblo ruso – como el sujeto de la historia es el principio fundamental de mi libro sobre las Ciencias sociales, el cual he mencionado antes.

Resulta alentador que Surkov haya recurrido al concepto de "espíritu popular". En general, Surkov últimamente trata de presentarse como un "patriota". No es muy convincente, ya que casi siempre adopta un estilo posmoderno y rasgas que recuerdan al cinismo de los liberales. Pero de vez en cuando sostiene tesis que anteriormente había ridiculizado o distorsionado hasta el punto de hacerlas irreconocibles.

Pero no podemos juzgarlo tan duramente. Si de verdad se ha transformado sinceramente en un patriota, entonces es algo bueno y debemos apoyar esa transformación. Por supuesto, las estrategias posmodernas que usaba cuando estaba en el Kremlin, donde intentaba mezclar a los patriotas con los liberales, obligó a que los liberales hicieran algunos discursos patriotas y eso a su vez obligó a los patriotas a adoptar ideas liberales (quienes no querían hacerlo, simplemente fueron marginados o expulsados). Diciéndolo de forma simple, se trataba de una estrategia bastante dudosos. Después de todo, el mezclarlo todo también contribuye a una neutralización de la vida pública. Esto llevo a una "neutralización" (обнуление), incluso escribió una novela cuyo título es "Acercándonos al cero".

Cuando por fin se fue, parecía que lo peor había pasado... Pero después de que Surkov abandonó su puesto, la vida política interior y la ideología se estancaron. De hecho, dejaron de existir.

Surkov intentó "acercar" a los opuestos con tal de obtener una suma cero en la vida política y así evitar un cortocircuito demasiado peligroso. Mientras que sus sucesores han dejado de lado cualquier tipo de actividad ideológica

Tengo una actitud ambivalente hacia el período de Surkov. Por un lado, es bueno que haya al menos un simulacro de pensamiento. Aunque no inspirara ninguna confianza. Pero eso es mejor que nada y mucho mejor a lo que pasa hoy.

Por cierto, las tesis que Surkov defiende hoy en día y que tienen una influencia patriótica, como lo son el "espíritu popular" o "la soberanía de Rusia", las apoyo y las defiendo. Son tesis que debemos apoyar sin importar de donde vengan. Al menos de que vengan del "diablo". Si el "diablo" llegara a decir que es necesario fortalecer la soberanía de Rusia, fortalecer el Estado y proteger al pueblo ruso, se hace necesario desenmascarar su estrategia. Sin embargo, estas tesis no son falsas. Y se necesita adoptarlas.

No debemos abandonar la verdad simplemente porque personas inescrupulosas y poco autorizadas llegan a defenderla.

El sometimiento de las tres ramas constitucionales

En la teoría democrática clásica se habla que el poder debe distribuirse en tres ramas independientes del Estado: el legislativo, el ejecutivo y el judicial. La falta de equilibrio entre ellos conduce inevitablemente a una crisis.

En nuestro sistema estatal, es poco probable que enfrentemos este peligro. El equilibrio entre las tres ramas del poder se mantiene gracias a que existe una autoridad que las trasciende y que es representada por Putin. Es un modelo monárquico-autoritario ajustado a nuestra realidad. Tenemos al poder ejecutivo encarnado en el gobierno, al poder legislativo encarnado en la Duma del Estado y al poder judicial encarnado en la Corte Suprema. Ninguno de ellos es autónomo y eso está bien. Porque la verdadera autonomía no se encuentra en ninguna de estas ramas, ni como un todo ni como individuas, sino en otra parte. La verdadera autonomía está en Putin.

Es Putin quien armoniza, reconcilia y construye todo desde una posición trascendental, esta posición es la que determina la interacción entre las tres ramas del poder. Eso sucede porque el poder que ejerce Putin es el poder por excelencia y está muy por encima de las ramas del ejecutivo, el legislativo y el judicial. Esto afecta principalmente al poder judicial, o al menos el Tribunal Constitucional, el cual pierde gran parte de su importancia.

El tribunal constitucional únicamente tiene sentido cuando no existe un poder superior que consiga equilibrar las disputas entre el gobierno y el parlamento. Pero como nuestro gobierno y parlamento tienen, además del primer ministro y un presidente parlamentario, una figura de autoridad que está por encima de ellas, es decir, la figura del presente de la Federación, entonces la función del Tribunal Constitucional se vuelve simplemente una cuestión tecnocrática y pierde toda su importancia política.

Sabemos muy bien que la Duma estatal depende de Putin. En realidad, todas las estructuras de poder dependen de Putin. Existen únicamente porque el permite que existan. Si alguien está en el parlamento y gobierna en estas instituciones, es solo porque Putin está de acuerdo en que lo haga o porque él quiere que eso sea así. Incluso cuando critican a Putin, lo hacen con su consentimiento. Por supuesto, existe una autonomía mínima en el gobierno. En las condiciones en que nos encontramos es lo que necesitamos. Esta falta de autonomía neutraliza los riesgos que corremos.

En cuanto al gobierno, podemos hablar de que existe un poder trascendental que convierte a este, incluido al primer ministro, en administradores puramente técnicos de las instituciones. Putin se encarga personalmente de los asuntos estratégicos, de la política internacional, la defensa y, en muchos aspectos, también de la economía. Y las personas que trabajan para el gobierno se encargan de cumplir sus instrucciones.

Por lo tanto, el Leviatán ruso no está construido alrededor de un modelo donde interactúan entre sí tres poderes distintos. Solo existe un único centro de poder que adquiere tres formas distintas y eso es lo que requiere ahora el Estado ruso.

Putin instauró este sistema después de la auto-demolición que sufrió el Estado durante los años 90. Para ello fortaleció su posición en la Duma al copar sus puestos con funcionarios que le fueran leales (Rusia Unida), expulso a los liberales (SPS), le puso límites a la inofensiva y obediente "izquierda" (el Partido Comunista de la Federación Rusa) y "derecha" (LDPR), además de enjuiciar al insensato de Mironov (el anagrama de su partido hoy es impronunciable) (2). Todos ellos fueron neutralizados o se encuentran totalmente controlados. Lo cual puede estar bien. En cuanto al gobierno, podemos decir que está compuesto por todos aquellos a los que Putin designó como administradores. Y el Tribunal Constitucional no puede juzgar nada ni a nadie, ya que Putin es el que juzga todo.

Otra cosa muy diferente es que esta realidad está perdiendo todo su sentido. La división del poder en tres ramas no es otra cosa que una forma de construir una fachada según las categorías occidentales de democracia. En ese sentido, podemos decir que no tenemos ninguna soberanía. Lo único soberano que existe en esta organización del sistema es que no tiene la más mínima autonomía. Se trata de una parodia sin contenido de lo que llamamos la democracia. Y un elemento tan importante no debe carecer de sentido si realmente queremos ser soberanos.

La soberanía requiere de cierto grado de neutralización. Mientras se apagaba el incendio en el que nos encontrábamos, todo esto estaba justificado. Pero el incendio ya ha sido eliminado. Y ahora resulta que durante el transcurso del trabajo de rescate acabaron por usar todo el material disponible, incluidos aquellos de menor calidad. Así que las cosas quedaron a medias, aunque no estamos en una situación tan pésima como durante los noventa.

Los tres poderes que existen en la actual Rusia son fruto de un pasado horrible y de un presente mediocre. Sin embargo, no existe un futuro consistente en simplemente mantenerlos vivos eternamente, ya que ellos carecen de una idea, de una ética y de un pueblo que los llene con una substancia real. No son más que un simulacro útil, pero que poco a poco se extingue.

Por lo cual todo depende nuevamente de una sola persona. Si Putin quiere anticiparse al futuro, entonces debe darse cuenta de que el Estado debe tener un espíritu, una ética y un alma, todos esos elementos debe proporcionárselos el pueblo (ya que el Estado no puede existir únicamente para supervivir independientemente del pueblo). Todo lo demás debe subordinarse a estas necesidades y debemos pensar en cómo contribuir a la superación de estas dificultades.

Si en nuestro país todo es decidido por un poder superior que es representado por las tres ramas del gobierno, entonces debemos tomar una decisión acerca de la estructura futura del Estado y de Rusia.

El éxito de la neutralización y el hacer una elección definitiva

¿Tiene esta estructura del Estado ruso la posibilidad de mantenerse indefinidamente? Este es un problema mucho más grave y es, en cierto sentido, un secreto de Estado.

Desde un punto de vista formal es obvio que Putin mantiene bajo su control todo. Los resultados que arrojan las elecciones y el apoyo general que se expresa hacia el régimen hacen ver que Putin es quien realmente administra las cosas. Si existiera una autonomía política muy amplía, entonces tendríamos que preguntarnos si es necesario que algo pase o no pase. No obstante, la realidad es que las fuerzas de oposición han sido neutralizadas y no es necesario adivinar nada.

Todo se encuentra neutralizado. Tanto lo malo como, por desgracia, lo bueno. Pero aquello que sería perfecto también está prohibido.

Navalny ha sido neutralizado y ahora sus partidarios también serán neutralizados. El voto individual de los rusos también ha sido neutralizado. Vivimos en una sociedad donde todo ha sido neutralizado desde el Estado. Todas las cosas han sido neutralizadas y ya nada representa una amenaza verdadera para el país. Existe algo bueno y algo malo en todo esto. Primero, es bueno que todas las amenazas existenciales hayan desaparecido. Pero en cierto sentido, tampoco somos nosotros realmente... Existimos como ciudadanos, de eso no cabe la menor duda.

El partido de Rusia Unida es la institución que lleva a cabo la neutralización de la política. Este partido no tiene ideas, porque simplemente le es imposible pensar algo, y tampoco actúa, porque también le es imposible actuar. Su única característica es que mantiene la disciplina, como sucede en las actividades deportivas. No importa para nada lo que nos guste o nos disguste: cuando nos dan la orden debemos mover los músculos, correr y saltar.

Lo mismo pasa con los votantes, ya que no importa si les gusta o no, o que estén irritados o se sientan indiferentes: cuando les dan la orden de votar, deben ir a votar. Existen aquellos a los que esto no les importa, pero existen otros que se sienten una gran amargura ante esta situación. Pero a todos se les dice: por favor adopten una posición de loto y relájense ahora. Y esta "posición de loto" es lo que llamamos "elecciones".

Desde el punto de vista de la convención que el Estado ha hecho, todos tienen que votar de acuerdo a como se les ordenó votar.

Navalny, desde el punto de vista de la convención que ha impuesto el Estado, debe por ahora retirarse y pensar nuevamente en que va a hacer de ahora en adelante. Si no quiere cambiar de opinión, entonces simplemente se le permitirá seguir "descansando". Todas estas formas de poder son aplicadas a la disciplina, al deporte y a la gimnasia política. Hacen aquello que se ha elegido que hagan. Esa es la elección que todos hicieron.

Transformarnos en un Imperio

Estamos en un estado de transición donde por fin hemos superado la primera fase de las reparaciones, ya que por fin hemos superado el colapso del sistema soviético tardío y la posterior bacanal liberal de los años 90. Hemos restablecido un cierto nivel de control, orden y estabilidad, por lo que evitamos caer en un abismo sin fondo o, mejor dicho, no llegamos a precipitarnos a nosotros mismos dentro del abismo. Nos quedamos en el borde y nos congelamos ante la idea de saltar. No caímos y eso es bueno.

Y ahora viene la segunda fase, la cual consiste en que es necesario llenar de algún contenido y significado este mecanismo que, se podría decir, ya está operando por sí solo.

No podemos aplicar criterios occidentales a la política y a la historia rusa, porque nos son ajenos. Tanto la secuencia como el significado de los acontecimientos que han sucedido en nuestra historia son algo que es completamente diferente a los que ha sucedido en Occidente. Por lo tanto, no podemos decir que nuestra sociedad ha avanzado hacia formas de liberalización del individuo, modernización, implementación de reformas, occidentalización y democratización. Nada de eso tiene ningún sentido, ni siquiera para los países occidentales, y menos aún para nosotros. No existe ninguna clase de movimiento universal que vaya en el sentido de lo viejo a lo nuevo, como tampoco existe nada parecido a un progreso que ha sido determinado de antemano. Cuando exigimos cambios, es imperativo saber cuáles queremos. De lo contrario, se trata de algo vacío y estúpido.

Siguiendo la lógica de nuestra historia política, deducimos que la segunda fase debe consistir en la transición a un sistema propiamente ruso. Las coordenadas de este sistema ruso son antes que nada el establecimiento del Imperio, ya que la ausencia del mismo es más bien una anomalía.

Putin corrigió las anomalías que casi destruyeron al Estado ruso. Y este no fue solo un "casi", sino que de verdad íbamos a ser destruidos por completo.

En un nivel puramente material y administrativo de los procesos de centralización, podemos decir que Putin ha cumplido por completo su cometido. La anomalía ha sido neutralizada por completo.

Hemos llegado a un punto donde hemos superado el desastre que estábamos enfrentando como consecuencia de la liquidación de las estructuras políticas anteriores, pero ahora debemos pasar a la siguiente fase. Y la siguiente fase es darle al Estado un significado, un espíritu, una idea, una imagen acerca de la condición futura del Estado ruso. Nos encontramos en esta fase: estamos en un momento de transición de la primera a la segunda fase al interior de la historia política rusa.

Pero la transición siempre es algo difícil. A veces parece que cuando comienzo un nuevo ciclo político nos enfrentamos a la amenaza de que todas las reparaciones que se han hecho terminaran por destruir todos los esfuerzos anteriores. Habiendo neutralizado las amenazas, los problemas y los riesgos con tanta dificultad, nos parece que todo volverá a resquebrajarse si intentamos cambiarlo. Pero las ideas, la ética y el pueblo son realidades vivientes impredecibles. Por lo tanto, el pasado y el presente se convierten en los enemigos del futuro y no dejan que ese futuro se haga realidad.

El estrés producido por el cambio hacia una nueva fase de la historia política recae sobre los hombros de Putin. Después de todo, él es quien ha conseguido vencer las contingencias que atravesamos y será él como gobernante (pero no siendo aún nuestro salvador) el que debe enfrentar una tarea extremadamente difícil.

Pero es ahora cuando se debe resolver el siguiente problema: ¿seremos capaces de seguir adelante? Después de todo, requerimos de una estrategia completamente diferente, un estilo de poder totalmente diferente y, finalmente, de un sistema político muy diferente. Hemos agotado por completo el compromiso que se había creado anteriormente: este sistema era una especie de monarquía implícita que se ocultaba tras una fachada democrática, siendo esta última producto de una serie de compromisos con los liberales y dominada por una élite inmoral y sin principios, mientras que en la sociedad se ve privada de cualquier clase de justicia social. Lo que estaba justificado y lo que era necesario en su momento se convierte ahora en un obstáculo para que nos abramos al futuro.

Putin ha conseguido superar la primera fase. ¿Será capaz de llevarnos a la segunda? Y si no, ¿quién lo hará? ¿Será capaz de llevarnos a un punto de no retorno en donde sepamos que ya no podremos volver a nuestro estado anterior? Durante la presidencia de Medvedev vimos claramente que los años 90 no eran cosa del pasado y que fácilmente pueden volver de nuevo.

Evidentemente, es imposible seguir por un tiempo indefinido en este estado de reparaciones permanentes sin mantener lo que se ha logrado, pero es hora de pasar a una nueva fase.

Esa es la gravedad del momento actual. Porque, desde el punto de vista de la lógica formal, se ha resuelto la tarea de superar la catástrofe política que vivimos durante los años 70-90 del siglo XX. Se han obtenido algunos resultados positivos. No obstante, seguimos preocupados ante la situación y sentimos que de repente la tubería volverá a romperse. Todo eso hace parte de la posibilidad de que todo empiece a decaer nuevamente.

Necesitamos una nueva clase de pensamiento político, debemos impregnar la soberanía con una nueva racionalidad propiamente rusa que sea una imagen completa e inspiradora de un futuro diferente.

El sistema soviético alcanzó sus límites debido a este problema durante su última fase de existencia: no tenía un ideal para el futuro o simplemente no había nadie que creyera en él. Y ese sistema se derrumbó cuando se enredó en el presente y en la solución de un sinfín de cuestiones técnicas que resultaron irresolubles. Es precisamente en el momento en que se ha producido la pérdida de un horizonte que nos lleve al futuro cuando nos topamos con la ausencia de algún incentivo que nos inspire y nos convenza de nuestra existencia histórica como una gran nación que sufrió una gran catástrofe y casi muere como entidad estatal después de 1991. Corremos el riesgo de repetir ese escenario.

Por lo tanto, ahora estamos entrando en una zona de turbulencia. Por un lado, Putin sigue dominando la política interna. En gran parte porque no tiene rivales. En general, todo funciona bien. No siempre funciona perfectamente, pero funciona.

Por otro lado, el tiempo nos exige algo totalmente diferente, algo que Putin no quiere hacer. Quizás Putin no es el hombre que lo deba hacer. Pero dado que en estos momentos él – y solo él – tiene el poder – ¡trascendental! – para hacer los cambios necesarios, entonces, ¿quién más podrá hacer eso? El resto de sus oponentes han sido neutralizados con mucho éxito.

Esta transición es algo muy sutil y Dios no quiera que tengamos que atravesar por una de las transiciones más difíciles de nuestra historia.

Necesitamos crear un futuro para el Estado ruso. El Leviatán debe ser transfigurado por medio de una idea, debemos crear un código nuevo que tenga un contenido moral, es decir, ¡verdaderamente aristocrática! Esta será una élite que no deberá convertirse en los administradores de un mecanismo despótico de coacción y esclavitud, sino en el instrumento por el cual se exprese el pueblo y sea capaz de realizarse como un ser libre y soberano sin dejar de lado los retos que afrontará frente a una historia que esta llena de caminos de dramas y heroísmo.

Notas del Traductor:

1. Apparátchik (аппара́тчик) es un término coloquial ruso que se refiere a un funcionario profesional del Partido Comunista o de la administración soviética (por ejemplo, un agente del "aparato" gubernamental o del partido que tenía un puesto de responsabilidad burocrática o política). El término no designaba a los altos cargos del Estado o el Partido. Los miembros del "aparato" eran frecuentemente rotados entre diferentes áreas, habitualmente tenían muy poca formación o realmente ninguna cuando asumían sus nuevas responsabilidades. Debido a ello eran llamados "apparátchik" o "agente del aparato"”

2. Boris Sergeevich Mironov es un estadista ruso, además de ser un político, periodista y publicista. Fue uno de los fundadores de Rossiyskaya Gazeta y presidente del Comité de Prensa de la Federación de Rusia. También es copresidente del Partido Nacional Soberano de Rusia, el cual fundó. Es defensor de ideas nacionalistas y antisemitas. Fue enjuiciado y considerado un extremista por las autoridades rusas.