La revuelta populista

13.05.2016

Frente al liberalismo visto bajo cualquiera de sus formas, y al culto del progreso al que se ha visto siempre asociado, Christopher Lasch llama a la resurrección de la tradición ideológica del populismo. El termino de populismo, en Estados Unidos como en Francia, tiene hoy muy mala prensa. La expresión sirve habitualmente para designar una actitud política demagógica, que no ofrecería a los rencores y angustias del momento sino soluciones simplistas y exageradamente contestatarias, regadas con un fondo de antidemocratismo fascistizante más o menos disimulado. El verdadero populismo es distinto, sin embargo, y la fortuna, cuando menos negativa de la etiqueta, atestigua el desprecio que ha sido concedido, desde hace tiempo, por los intelectuales hacia las corrientes que abiertamente han manifestado su hostilidad hacia el progresismo.

Regresemos, por un momento, a los orígenes políticos del movimiento. A finales del siglo XIX, la sociedad americana estaba en plena ola de desarrollo económico e industrialización. Mientras algunos se apropiaron de capitales considerables en algunos años, millones de americanos vivían en la pobreza. En las ciudades, los obreros vivían en tugurios, trabajaban en condiciones insalubres y recibían salarios miserables por semanas de trabajo que llegaban a las sesenta horas. En los campos, los granjeros veían hundirse su nivel de vida. Los precios agrícolas no dejaban de caer, mientras que los de los productos manufacturados aumentaban continuamente. Especulación financiera y tarifas discriminatorias de los ferrocarriles agravaban la suerte de los campesinos, que se veían obligados a recurrir al préstamo y se volvían dependientes de los bancos. Obreros y campesinos se organizaron, pero su acuerdo era difícil, y sólo las diversas facciones del medio rural, en las regiones del Oeste y el Sur, llegaron verdaderamente a proponer reivindicaciones comunes. Su acción se apoyó, entonces, en las cooperativas granjeras, organizaciones profesionales creadas en 1867, que rápidamente entraron en el terreno político. Los principales temas de batalla se refirieron a la actitud mercantil de la banca y a las sociedades ferrocarrileras, pero el fondo del combate consistió en promover los valores de la pequeña burguesía tradicional, modesta y laboriosa, contra el naciente Gran Capital.

En el plano filosófico, el populismo constituiría, según Christopher Lasch, un resurgir del republicanismo de la antigüedad y el Renacimiento, y encontraría, en consecuencia, sus primeras influencias en Aristóteles y Maquiavelo. Las principales preocupaciones de esos dos autores giraban, en efecto, en torno a la convicción de que la “virtud” (en el sentido clásico de “virtu”, que significaba “valor” y “nobleza”) fuera el objeto de la ciudadanía. Salía de allí la certeza de que todo sistema político debía ser juzgado a la luz de las cualidades espirituales y el carácter que intentaba suscitar. «La virtud implicaba, para los republicanos, el desarrollo más completo de las capacidades y poderes humanos, No condenaba una vida consagrada a la persecución de riqueza y placer porque fuera egoísta, sino porque no facilitaba sino un espacio insuficiente a la superación de la ambición personal. [...] El republicanismo condenaba el egoísmo mientras incitaba a los hombres a evaluar los signos de excelencia, o a rechazar las leyes que gobernaban una práctica dada para su disfrute inmediato. El egoísmo no era chocante sino porque conducía a los hombres a exigir menos de ellos mismos en comparación de lo que eran capaces de realizar, y tan sólo, de manera incidental, porque ofendían también a los otros midiéndose según falsos criterios». En otras palabras, la generosidad, por ejemplo, se veía elogiada como una cualidad digna; sin embargo, no lo era en razón de su eventual trasfondo deontológico, sino porque traducía un alma magnánima, y reflejaba fielmente la elevación del carácter. Es, de hecho, una visión comparable a la que se hubiera encontrado entre los campesinos y pequeños comerciantes americanos de finales del siglo XIX.

La influencia del primer liberalismo tuvo también un impacto en el ascenso de la ideología populista. Para Locke, sobre todo, la defensa de la empresa privada no se reducía, como a menudo se pretende, a un individualismo posesivo. El filósofo inglés estaba, por el contrario, animado por un absoluto desprecio hacia el lujo, el derroche y el deseo irrisorio y nocivo de apropiarse de las riquezas más allá de lo estrictamente necesario. Es, por ello, que defendió a los campesinos, los pequeños comerciantes y los artesanos, que trabajaban duro para asegurar el bienestar de su familia, realizaban cosas útiles y creaban verdaderamente valores. Valerosos, disciplinados y respetuosos, su objetivo era tan sólo producir bienes suficientes como para vivir decentemente, sin vanidad ni mercantilismo fuera de lugar. Más que nada, unidos a su entorno y, los mejores entre ellos, al desarrollo de la colectividad en el seno de la cual evolucionaban. No se replegaron sobre sí mismos, sino que concedieron una gran importancia a la solidaridad y la generosidad, erigidas, en todo caso, como valores primordiales por la moral común.

Tal simpatía hacia las comunidades de pertenencia revela, además claramente, el lazo que unió a populistas y conservadores. Lasch estima, sin embargo –tal vez con algo de incomprensión–, que la doctrina de Burke, considerada como piedra angular de la filosofía conservadora, y completamente basada en la costumbre, cometería el error de subordinar el presente a tiempos pasados, idealizados y fijos. De tal manera, los conservadores serían tributarios de la actitud nostálgica, mientras que el populismo respetaría, por su parte, la tradición mientras animaba la creación e iniciativa.

Es sólo durante la primera mitad del siglo XX cuando surgieron, como tales, los inspiradores del pensamiento populista (sin que el término fuera todavía empleado, y antes de que la corriente penetrase directamente en el dominio político, en el momento de la constitución de las cooperativas granjeras), con autores como Tom Payne y William Cobbett. Pero son, sobre todo, los escritos de Orestes Brownson los que habrían contribuido a definir los grandes rasgos del movimiento.

La primera preocupación del populismo fue restaurar el antiguo sistema de la industria familiar, controlando el comercio, e intentando poner término a la especulación y la industrialización en masa. En segundo lugar, trató de favorecer un mejor reparto de las riquezas, pero no a partir del modelo socialista de la redistribución estatal de los bienes de consumo, sino a partir de un acceso más extendido a la pequeña propiedad, para impedir la concentración del capital en manos de unos pocos. El objetivo era, así, recrear una sociedad de productores sobre las ruinas de la sociedad de los consumidores que tendía a imponerse, limitando lo más posible el salariado, cuya principal consecuencia habría sido desresponsabilizar y deshumanizar la práctica de las distintas profesiones. El pequeño productor, en efecto, se convierte en responsable con el duro trabajo cotidiano al que se consagra: comprende que sólo su trabajo le permitirá asegurar la subsistencia de su familia. El cuidado de la calidad de los bienes que produce, ya que los venderá a la gente del pueblo que se encuentra cada día, y a la que se siente unido. Además, su trabajo no le parece una actividad alienante, en el sentido en que su fuerza laboral no es explotada por un patrón frío e impersonal –o incluso, como es el caso en nuestros días, por un conglomerado financiero. «La democracia funciona de manera ideal cuando las mujeres y los hombres actúan por y para sí mismos, con la ayuda de sus amigos y próximos, en lugar de ser dependientes del Estado. No es que la democracia deba ser identificada por un individualismo puro y duro. Autonomía y confianza en sí mismos no significan autarquía y autosuficiencia». En otras palabras, el trabajo de productor limita la infantilización de las personas (que suscita, por el contrario, la asistencia del Estado, a fortiori cuando se asocia con la victimización de los marginales y se contenta con animar un comportamiento pasivo de reivindicación social vengativa), mientras que el espíritu comunitario anima, al menos, la apertura de los individuos a su entorno humano inmediato (al contrario que la competencia liberal, en el seno de la cual no pueden sobrevivir sino mónadas atomizadas y agresivas).

El sentido de la amistad, así valorado, no tiene, sin embargo, nada que ver con la filantropía; se funda, más bien, en la generosidad concreta del corazón y el afecto hacia los próximos. «[Orestes Brownson] rechazaba la cultura de la filantropía y el progreso, precisamente, porque reemplazaba la camaradería entre amigos y vecinos por una amistad vaga e insípida planteada en su globalidad. [...] Brownson comprendía que el cosmopolitismo representaba una forma más intensa de soledad». Esperando demasiado de los hombres y exigiendo de ellos que mostrasen sentimientos universales e infinitos, mientras que su propia naturaleza les consagraba a lo concreto y lo finito, los progresistas habrían provocado la aniquilación de la verdadera solidaridad. La simpatía circunscrita hacia los seres con los que uno se codea, y que son los únicos a los que se puede realmente amar, habiendo sido minusvalorada como “egoísta” y “estrecha”, no podía dejar a las poblaciones sino un amor desencarnado, vacío e hipócrita, dejando vía libre a la “guerra de todos contra todos”, en medio de la mejor buena conciencia. «El ideal cosmopolita elaborado por la Ilustración, aunque continúe siendo un componente esencial del liberalismo moderno, nos sorprende hoy a muchos por su soberbia, su desprecio hacia las masas ignorantes y su candidez. La “benevolencia” –el amor universal hacia la humanidad que supuestamente sucedería a la emancipación del prejuicio local–, se nos presenta, más que nunca, como una forma particularmente débil de la buena voluntad, fundada más sobre la indiferencia que en la devoción. Podemos ahora apreciar la frase de Rousseau, que señalaba a aquellos que se pretenden cosmopolitas, y que, justificando su amor hacia el genero humano, se enorgullecen de amar al mundo entero para disfrutar del privilegio de no amar a nadie».

De forma más global, Lasch elogia la mentalidad campesina americana, porque ve en ella una aceptación serena de los límites inherentes de la existencia, que critica radicalmente el optimismo progresista, y se sitúa siguiendo la ruta de un cierto protestantismo heroico encarnado por Emerson: «[Los hombres comunes, en nuestros días] tienen un sentido del límite más desarrollado que las clases superiores. Comprenden, a diferencia de éstas, que hay límites al control del hombre sobre el curso del desarrollo de la sociedad, la naturaleza y el cuerpo, sobre los elementos trágicos de la vida y la historia humanas. Mientras que los jóvenes de la clase dirigente y de los profesiones intelectuales, se someten a un programa riguroso de ejercicios físicos y controles dietéticos concebidos para mantener la muerte a distancia –para mantenerse en un estado de juventud permanente, eternamente seductores y capaces de volverse a casar–, la gente común, por su parte, acepta la decadencia física como algo contra lo que es, más o menos, inútil luchar». «La superabundancia, creían [los liberales], traería, a fin de cuentas, el acceso de todos al descanso, a la realización personal, al refinamiento –privilegios antaño reservados a los ricos. El lujo a disposición de todos: tal era el noble sueño del progreso. Los populistas, por el contrario, consideraban aquello que ellos llamaban una competencia –una parcela de tierra, una pequeña tienda, una vocación útil– como una ambición más razonable y digna. La “competencia” revestía ricas connotaciones morales; nos remitía a los medios de subsistencia de los que la propiedad era fuente, pero también a los talentos que necesitaban una buena gestión. El ideal de una propiedad al alcance de cada uno, encarnaba un abanico más humilde de esperanzas que el ideal del consumo universal, un acceso universal a la proliferación de productos. Encarnaba, al mismo tiempo, una definición de “la buena vida” más enérgica y exigente».

El populismo, tal y como lo describe Lasch, es un fenómeno esencialmente americano. Según el autor, habría encontrado, sin embargo, ramificaciones en algunos aspectos del corporativismo francés y, aún más, en el pensamiento sindicalista revolucionario de Georges Sorel. Pero se aproximaría, especialmente, al socialismo originario –el de los pequeños comerciantes y el de los cristianos–, víctima de la obcecación encarnizada de Marx, a mediados del siglo XIX, que se había obstinado en desmantelarlo.

Las clases medias tienden hoy a desaparecer en todas partes de los países occidentales. El desarrollo industrial y el refuerzo del capitalismo contribuyen a la instauración de una sociedad de dos marchas: los ricos continúan enriqueciéndose, mientras que las clases medias inferiores y el proletariado no dejan de empobrecerse. Los pequeños productores han desaparecido casi completamente, y han debido someterse, de mala gana, al principio del trabajo asalariado. Lasch estima, sin embargo, que su ideología habría sido, en parte, transmitida a la clase obrera –en Estados Unidos al menos, ya que según el autor esto funciona de forma completamente distinta en Europa. «La pequeña burguesía ya no tiene ningún peso socioeconómico, ahora que los artesanos, granjeros y otros pequeños propietarios, no constituyen ya una parte importante de la población; pero sus costumbres venerables y su característico código ético no subsisten en ninguna parte más vigorosamente que en el corazón del trabajador americano. La cultura y la manera de plantearse la política del obrero americano tienen poco que ver con las de su homólogo europeo. En muchos aspectos, sin embargo, se parecen a las del antiguo campesinado y la pequeña burguesía europea –a partir de las cuales la clase obrera americana fue constituida originalmente».

Las diferencias entre el obrero europeo y el obrero americano residirían, esencialmente, en el arraigo tradicional y religioso de este último, que habría sabido preservar, a través de las épocas, al contrario que el proletariado de nuestro continente, un sentido comunitario agudo y una hostilidad consciente al asalariado.

Aún así, pese a todo, esas clases sociales, en Estados Unidos como en Europa, no siempre han estado libres de errores. «Barriendo, con el tiempo, las grandes firmas a los pequeños productores, los movimientos pequeño-burgueses adoptaron posturas cada vez más defensivas y sucumbieron a algunas de las peores tentaciones de la vida moderna –antiintelectualismo, xenofobia, racismo». Lasch escribe de nuevo: «No tengo intención de minimizar la estrechez de miras y el provincialismo de las más humildes fracciones de la clase media; de la misma manera que no niego el hecho de que han engendrado [...] todas las plagas tan a menudo citadas por los críticos liberales. Pero los liberales, en su impaciencia por condenar lo que les es desagradable en la cultura pequeño-burguesa, han perdido de vista lo que ella tiene de apreciable [...] su realismo moral, su comprensión del hecho de que cada cosa tiene un precio, su respeto hacia los límites, su escepticismo frente al progreso».

La doctrina populista ha sufrido injustamente los ataques de las élites ilustradas a lo largo del siglo XX, sin que los pensadores de izquierda hayan dado nunca muestras de discernimiento y honestidad intelectual, que les hubieran permitido, al menos, evitar ciertos atajos de dudosa legitimidad.

El Manifiesto

 

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