Los fondos buitre no pueden comprar a las víctimas de la dictadura

20.05.2016

Historia de una batalla

Discépolo, el gran músico y compositor, dijo que “el tango es un pensamiento triste que se baila”, después de ver Obama bailar tengo dudas y empiezo a sospechar que “el tango es un futuro triste que se acerca.” La dignidad de un pueblo se mide de la manera en que conserva su identidad ligando las tradiciones con la modernidad, elemento que también Fidel Castro subrayó al rechazar el olvido del pasado que el presidente de EE. UU, de visita a la isla caribeña, les brindó al pueblo cubano, lo hizo, llamando la atención, con su propagandístico y eficaz tono, sobre la importancia de aquel conjunto de hechos y acontecimientos de que se desprende la dimensión ética de cada nación y además su actitud para enfrentarse a los retos de la contemporaneidad. En este aspecto, hay una dignidad argentina que se va a morir otra vez, como un relato cuyo final es siempre lo mismo, agobiante, desesperante, inevitablemente inicuo, y lo es porque no hay nada más inmoral que pagar una deuda inmoral, particularmente, cuando se intercambian los asesinados de una dictadura truculenta por un trozo de presumible verdad.

La verdad no se compra, por el contrario, se conquista o a lo más se descubre, logro que necesita esfuerzos, y en algunos siniestros acaecimientos, victimas, viudas, desaparecidos, huérfanos, verdugos y torturados, pero quien hoy en día reside en la Casa Rosada tal vez piensa que la verdad y la historia, con sus dolores, también tienen un precio y pueden ser adquiridas y vendidas como cualquier producto de libre mercado. La crónica de estas semanas cuenta de un gobierno que, entre fundadas criticas, llevó a cabo, con la ayuda de una parte del peronismo disidente encabezado por el Frente Renovador de Massa, su cruzada para derogar la Ley Cerrojo y la Ley de Pago Soberano, y pagarles una cifra exagerada a NML Capital, es decir el fondo de cobertura de Paul Singer, y a los otros buitres, Aurelius Capital, Davidson Kempner y Bracebridge Capital, que han comprado bonos de sus tenedores a un 30% de su valor nominal y hasta menos, y ahora, según el acuerdo rubricado con la administración Macri, van a cobrar el 75% de cuanto establecido en el fallo del juez estadounidense Thomas P. Griesa, suma que incluye el capital y los intereses, más una parte de los gastos generales y legales en que incurrieron durante 15 años de esta larga disputa judicial.

Pues, el país les entrega 7.744 millones de dólares no a normales ciudadanos, sino a un empresario, entre otros, que con el intento de demandar en juicio al estado argentino hizo una compra barata de sus bonos pagando 40 millones de dólares y que ahora va a cobrar 1300 de contado, el mismo empresario, Paul Singer, que tiene como su especialidad la adquisición de deuda soberana a nivel basura, es decir, bonos en suspensión de pagos o que dentro de un tiempo breve los estarán, situación técnicamente llamada “default”, e incluso títulos de deuda con un riesgo concreto de quiebra, lo importante en este caso es que la nación en falta de liquidez tenga bienes fácilmente monetizables y con una alta rentabilidad, como empresas publicas en sector estratégicos, bienes raíces, recursos demaniales sometidos a un proceso de desafectación, (playas, mar territorial, plataforma continental y activos agotables como minas, pozos petroleros y yacimientos de gas).

La manifiesta estrategia de inversión de Singer, no es obtener la corriente rentabilidad de los bonos que compra, muchas veces objeto de un ratificado pacto de reestructuración con organismos internacionales por las dificultades del deudor, sino adquirirlos con moneda menuda y dentro de un tiempo cuestionar el acuerdo y demandar al moroso para que pague el entero capital del préstamo, debidamente actualizado, más intereses desorbitados. Usando una palabra italiana, Singer se parece a “uno strozzino”, uno que estrangula el deudor consiguiendo un lucro desmesurado hasta su fallecimiento financiero, aprovechando la tutela ofrecida por la ley bursátil. Eso me hace recordar a un tal Andrea Rossi, alias “el jeque de la Brianza”, un hombre de negocio italiano dueño de la compañía Petrol Dragon, que tenía como objetivo convertir la basura en petróleo, en realidad, durante 20 años, su actividad se centró en recoger desechos industriales contaminantes eludiendo cualquier proceso de reciclaje y tratamiento y sin producir nada mas que polución ambiental, en su carrera empresarial hasta consiguió recibir fondos de la UE e implantar una fabrica que supuestamente convertía la inmundicia en diamantes y plata.

Singer también tiene su negocio de basura, pero a él nunca se le antojó producir algo, ya que la finanza es tener dinero para ganar más dinero, a veces con apuestas arriesgadas y otras con apuestas arregladas, como las de los créditos subprime, siempre que uno goce de la complicidad y el aporte del primer actor económico-militar y de las principales instituciones financieras del mundo. El magnate proLikud tiene entre sus aliados el senador Marco Rubio, que endorsó en noviembre de 2015 alejándose de Jeb Bush, inicialmente preferido a la nominación presidencial del partido republicano, cuando cansado de estar pendiente del ex gobernador de Florida, se enteró de que el político de orígenes cubanas estaba dispuesto a ofrecerle, en el breve periodo, el apoyo que buscaba para cobrar el impago argentino, lo convenció donándole 2,5 millones de dólares a su Conservative Solution Pac, de otra parte, el presidente de la Elliot Management está acostumbrado a proporcionarle subsidios a muchas entidades a través de su fundación, The Paul & Emily Singer Family Foundation. Entre las que se benefician de su magnanimidad, sobresalen, en linea con su orígenes, las del universo judío como American-Israel Friendship League, American Israel Education Foundation, Gurwin Jewish Healthcare Foundation, Hillel: The Fdn for Jewish Campus Life, Jewish Funders Network, Simon Wiesenthal Center, Jewish Museum of Maryland, National Museum of American Jewish History, Anne Frank House, United States Holocaust Memorial, Jewish National Fund, Temple Oheb Shalom, The Associated Jewish Charities, The Birthright Israel Foundation, The Israel Project, y The Jewish Agency for Israel-NA Council.

Si bien Singer ha sido siempre un patrocinador del partido republicano, al igual de todos los empresarios sabe que “business is business” (“los negocios son los negocios”), por lo tanto, no tiene escrúpulos de unirse al pandémico transformismo empresarial, que se relaciona con los que le puedan otorgar más ganancias, en este aspecto, es típico de los millonarios beneficiar al mismo tiempo más exponentes políticos del mismo partido y de diversos partidos, de gobierno y oposición, hecho aún mas frecuente en una democracia del dinero como la norteamericana. Se dice que Netanyahu, el primer ministro de Israel, tuvo un rol central en el asunto, convenciendo a Macri para que honrara la deuda en default, lo que está aclarado es que en diciembre 2015 se empezó a rodar una película ya vista en pasado, con Massa que cayó iluminado, como San Pablo, pero esta vez en el camino hacia Davos, convirtiéndose al neoliberalismo político más cínico que recuerda los inexplicables cambios de jaqueta, probablemente herencia de la sangre italiana, que se produjeron a lo largo del nuevo curso democrático de Argentina a partir del año 1983.

Parece bien, dar un paso atrás en el tiempo para refrescar la memoria y explicarles a los que administran de donde viene este débito, por si acaso lo olvidaron. A principios de 1990, Argentina decidió seguir los consejos del FMI, se trataba de combatir la hiperinflación que afectaba la economía del país dejándola sin aliento, el ministro Cavallo del gobierno Menem tomó unas medidas que se tradujeron en la Ley de Convertibilidad del Austral (1991), en sustancia, se adoptó un cambio fijo y claramente artificial entre la divisa nacional y el dólar americano, un peso valía un dólar, obligando al Banco Central a tener reservas de la moneda norteamericana en el mismo nivel que el efectivo circulante. El resultado fue que efectivamente se detuvo la inflación durante cuatro años, en cambio el Austral, o Peso Convertible, quedó supervalorado y como consecuencia de aquella integrista política monetaria de la Escuela de Chicago, impuesta por el Consenso de Washington, la economía argentina se encontró en una calle sin salida, la misma situación en la que están atrapados hoy en día las economías de los países del sur de Europa, particularmente Grecia y Portugal, que experimentan con el euro una análoga terapia monetaria, dictada por las notorias instituciones financieras, tanto totalitaria cuanto ineficaz.

Ya en 1995, en Argentina la divisa fuerte había determinado un 21% de desocupación, un progresivo empeoramiento de la deuda publica y de la balanza de pagos, lo que normalmente pasa cuando una economía decide la inconvertibilidad de su moneda partiendo de una posición desfavorable y dejándolo todo en las manos del mercado. El principal corolario de aquella descabellada política económica y monetaria, fue una hemorragia de fondos hacia el exterior, porque los bienes extranjeros eran más baratos de los domésticos, factor que a su vez provocó una inevitable desindustrialización, desocupación, caída de los salarios y consiguientes agravamiento del presupuestos público. El presidente Carlos Menem y su ministro Cavallo, hombre omnipresente en la política argentina desde la junta militar, en cualidad de presidente del BCRA, hasta el gobierno De la Rúa, intentaron nivelar las cuentas recaudando nuevos fondos con un intrépido programa de privatización, que además de terminar en un agujero negro de gastos ligados a corrupción y sobornos, desmanteló totalmente la estructura productiva del país, todo esto para brindarles a ellos y a su camarilla provechos personales a cambio de adecuarse a los pedidos internacionales del neoliberalismo. Los casos típicos fueron los de YPF y Aerolíneas Argentinas.

Por lo que concierne YPF, ante todo, su valor fue subestimado por Merryl Linch, el banco de inversión encargado de la tasación, que redujo intencionadamente la estimación de sus reservas petroleras exportables en un 30% con el objetivo de determinar un precio base inferior antes de su venta. La primera etapa de la licitación tuvo lugar en julio de 1993, se vendió el 43,5% del paquete accionario de YPF S.A., consiguiendo 3.040 millones de dólares en efectivo y 1.271 millones en títulos de la deuda pública, pero, al mismo tiempo, la empresa endosaba al estado argentino su deuda por aproximadamente 1.800 millones de dólares. Entre 1993 y 1998 la participación del sector privado subió al 88,3%, la mayor parte de la cual estaba en la disponibilidad de fondos de inversiones estadounidenses, sucesivamente, el estado nacional decidió vender a Repsol el 14,99% de sus acciones, correspondiente a su minoritaria parte del 20%, por 2000 millones.

En 1999 la corporación española ofreció comprar todas las cuotas por 13.158 millones de dólares a un precio de 44 dólares por cada una, el gobierno argentino dio su aprobación, pero necesitaba el consentimiento del Congreso Nacional, así como le establecía la posesión de la acción de oro que les entregaba a diputados y senadores el poder de decidir sobre cualquier operación de fusión, adquisición de más del 50% de su paquete accionario, disolución voluntaria de la sociedad y cambio del domicilio social y/o fiscal fuera de la República Argentina y transferencia total de los derechos de exploración y explotación. Repsol llegó a conseguir su objetivo comprando YPF y a muchos representantes del pueblo, de mayoría y oposición, hecho que ya había pasado con la aprobación de la “Ley de Reforma del Estado” en 1989, por un precio que fue muy inferior a lo de mercado y a su valor real, además de adoptar una política vaciadora que no realizó ninguna verdadera inversión. Después de la privatización, el mercado de los hidrocarburos siguió siendo monopólico, dado que al dominio de una única empresa de estado sucedió lo de una sola sociedad privada con todos sus deplorables efectos económicos sobre la independencia energética del país.

La privatización de Aerolíneas Argentinas fue otro asunto caliente. En 1990, el gobierno vendió la sociedad a la compañía española Iberia - Austral (80% de su capital) por medio de una licitación de 500 millones de dólares, muy por debajo no sólo de su valor, basta pensar que la flota de aviones de Aerolíneas valía más de esa cifra, sino también menos de la base de subasta fijada en 625 millones. La sociedad adjudicataria, que saldó al contado apenas 130 millones desatendiendo todos sus compromisos, la llevó a la bancarrota ya en 1994, luego, la gestión pasó durante 7 años en las manos del ministerio de las participaciones industriales de España que continuó acumulando más déficit, hasta que la SEPI, Sociedad Española de Participaciones Industriales, decidió, en 2001, enajenarla por 1 dólar al Grupo Marsan. Los nuevos accionistas gestionaron la sociedad de manera fraudulenta, trasfiriendo los activos - naves, dinero y carburante - a otra empresa del grupo, Air Comet, y a la vez, cargándola con costos y pasivos que no le pertenecían. Al final la compañía se hundió en un mar de deudas mientras sus dueños Antonio Mata, Díaz Ferrán y Gonzalo Pascual, acabaron incriminados en delitos de blanqueo de capitales, malversación, apropiación indebida (453 millones de dólares) y falsedad documental.

Examinando el conjunto de disposiciones emanadas, la década neoliberal de Carlos Menem se convirtió en una prolongación del Proceso de Reorganización Nacional, con la ininterrumpida subordinación al poder extranjero realizada con armas esencialmente económicas. Un dato lo comprueba, en 1989 la deuda externa argentina era del orden de 65.300 millones de dolares, en 1999, diez años después, se había disparado un 123,90% llegando a 146.219 millones, desmintiendo la real utilidad que tuvieron las privatizaciones en la reducción de esa deuda, por el contrario, el programa impuesto por Carlos Menem y Domingo Cavallo la agigantaron. Antes y después de “El Turco”, dos interregnos, lo de Alfonsín, jefe de la Unión Cívica Radical, protagonista de una amañada vuelta a la democracia parlamentaria poniendo en escena la fingida persecución judicial (decretos 157/83, 158/83 y Ley Nº 23.040) de los protagonistas de la dictadura para ganar las elecciones y promover un drástico ajuste de la deuda publica a costa del pueblo (acto muy similar a lo que está cumpliendo Macri), y luego, cancelarla de manera indigna por medio de las leyes Punto Final y Obediencia Debida; y lo de De la Rúa, encabezando la Alianza Por El Trabajo, La Justicia y La Educacion, que acabó como el enterrador de Argentina, encontrando el tiempo para acrecer aún más la deuda exterior (22% en dos anos, 2000-2001, pasando de 147.667 millones a 180.000 millones de dólares) y poner, con en el “Corralito” y la declaración de default, su firma y la de Cavallo sobre un largo periodo de descomposición de la soberanía nacional y deterioro del tejido socioeconómico.

En verdad, la carrera de la deuda publica argentina externa hasta la explosión, procedía cabalmente de los años de la dictadura, cuando se disparó un 478,20% pasando de 9.700 millones en 1976 a 45.100 millones de dólares en 1983, mitad de la cual deuda privada, configurando la nombrada “Deuda Odiosa”, o sea, un impago que no tiene nada que ver con gastos públicos, por el contrario, se estadiza la deuda del sector privado determinando el “Estado Subsidiario”, a favor de los ricos, y se encargan a las finanzas públicas de rescatar los platos rotos. Argentina, al igual que América Latina, ha sido siempre un laboratorio de los genios del mal, en los años '70 se generó la burbuja de los petrodólares, las bancas ofrecían créditos con tasas de interés muy bajas y la junta militar empezó a contraer prestamos y siguió con su comportamiento también cuando la segunda crisis energética (1979) produjo una subida de las tasas. La razón era muy simple, la guerra sucia y la dependencia del exterior, empujaban a Videla y su gobierno a aumentar los derroches a pesar de unos evidentes desequilibrios comerciales y fiscales.

El endeudamiento publico iba esencialmente a beneficiar a impresas privadas como Acíndar, Alpargatas, Autopistas Urbanas, Banco de Italia, Bridas, Celulosa Argentina, Cogasco, Pérez Companc, Techint, Citibank, Deutsche Bank, Bank of America, Banco Rios, Banco de Quilmes, Banco Galicia, Esso, Fiat, Pirelli, Ford, IBM, Grupo Macri (que es propiedad del actual presidente Mauricio Macri) y otras, la mayor parte de las cuales filiales de matrices extranjeras, y a la industria armamentística, también foránea, dado que las juntas militares necesitaban intimidar a la oposición interna y conservar el respaldo del ejercito con un desmesurado arsenal, además de desencadenar unos conflictos regionales (“Conflicto del Beagle” y “Guerra de las Malvinas”). Un chorro de dinero público terminó en el bolsillo de unos pocos, se calcula que se emplearon 10.000 millones de dólares para compra de armas, 5.000 millones en cubrir las deudas de poderosas sociedades privadas y otros millones en comisiones ocultas, intereses y coimas. A pesar de eso, Martínez de Hoz, ministro e ideólogo del programa económico de la dictadura militar, promovió un mercado libre del dinero en el que las tasas de interés se definían a través de la oferta y la demanda, impulsando, al mismo tiempo, el nacimiento de muchos bancos privados con pocas garantías de solvencias y demasiados privilegios.

Dentro de unos meses, la inflación subió de manera exponencial (160% en 1978) y el Estado tuvo que intervenir para detener ese enorme flujo de crédito reduciendo la cantidad de moneda circulante, como consecuencia hubo un aumento de las tasas de intereses y una desastrosa caída del mercado crediticio. En 1980, muchas empresas ya no estaban en la condición de devolver los prestamos recibidos a pesar de la liquidación de sus activos, y los bancos cayeron arrastrados por una economía estancada y en plena recesión, pues, el gobierno tomó la decisión de rescatar las entidades en quiebra, regalándole millones a una oligarquía financiera que ya había gozado de su ayuda para saquear al país (con la liberalización de los depósitos indexados de 6 meses a 1 mes y la libre entrada y salida de capitales extranjeros en un plazo mínimo de 24 horas) y destrozar el sistema productivo, pero eso non fue casual, dado que requisito esencial de los que aspiraban a seguir en el poder era secundar las grandes potencias mundiales ejecutando su proyecto político-económico. Durante siete años, la deuda exterior argentina por cada habitante trepó de los 320 dólares de 1976 a los 1500 dólares de 1983, es decir que ni la renuncia del ministro Martínez de Hoz, en 1980, ni el crack bancario (los 4 mayores bancos del país fueron liquidados), ni tampoco el ascenso descomunal de la tasa de inflación (139,7% en 1979) con el derrumbe de las exportaciones, modificaron el rumbo del gobierno. El ministro Lorenzo Sigaut continuó la política de su predecesor, y operaron de la misma manera sus sucesores, el argentino-alemán Roberto Teodoro Alemann, José María Dagnino Pastore y Jorge Wehbe.

Lo que pasó en el periodo de la dictadura afectó al país en los 20 años siguientes, y circunstancia aún mas desconcertante es que no era un evento nuevo en su historia, porque hay que tener en cuenta la convivencia ancestral de la nación con la deuda externa ya desde 1824, cuando la compañía bancaria inglesa Baring Brothers & Co. le proporcionó un primer préstamo al gobierno de Rivadavia y siguió, a lo largo de 60 años, financiando muchas actividades gestionadas en Argentina por sus socios y connacionales, hasta llegar al famoso modelo de desarrollo “agroexportador”, con el que los países suramericanos se convirtieron en el granero y el matadero de Europa. En aquel periodo, Gran Bretaña, principal socio comercial del país, demandaba una abundante producción de alimentos para abastecer de víveres las ciudades en plena revolución industrial, en sustancia, se realizó el inicuo intercambio entre materias primas baratas y costosos productos manufacturados, aunque se multiplicaron las exportaciones argentinas un 73% entre 1880 y 1990 dando aliento al apodado “Proyecto liberal del '80”, las importaciones crecieron un 212%, casi tres veces más, tanto que en la misma década el saldo de la balanza comercial fue, excepto en 1880 y en 1881, siempre negativo, alcanzando el máximo déficit en 1889, un año antes el estallido de la crisis bancaria y de la deuda soberana.

Esta digresión que puede parecer superflua, no lo es, y no lo es porque demuestra como las crisis argentinas fueron a menudo causadas por situaciones externas al país, también en 1890 fue el desboco natural de un proceso liderado por unas trecientos familias que se habían involucrados en el fructuoso mercado de las materias primas. Esos capitales provenían fundamentalmente desde el Reino Unido y se concentraban, además del compartimiento agrícola, en dos sectores fundamentales de la economía argentina para la consolidación del modelo agroexportador: los ferrocarriles y los frigoríficos. Específicamente, las inversiones ferroviarias se llevaron a cabo con fondos externos, los empresarios construyeron y explotaron todos los itinerarios rentables dejando al gobierno, culpable de asalariada complicidad, la tarea de desarrollar y gestionar las rutas improductivas, además cobrando una renta del 7% por solo invertir en líneas de tren, de hecho, se destruían la presuntas ventajas de la privatización, el esfuerzo del empresario por tener beneficios, la eficiencia de los servicios y la eliminación de despilfarros. Al mismo tiempo en que crecían las ganancias privadas de un estrecho grupo de clanes (el 5% de los latifundistas controlaba el 55% de las actividades agropecuarias), el Estado se comprometía para financiar, con prestamos, actividades improductivas a las que se les añadían especulación bursátil y privatizaciones que generaban perdidas y corrupción difusa. La economía argentina que vivió el periodo apodado como el “Gran Endeudamiento Externo” (entre 1880 y 1990 la deuda externa pasó de 83 millones de pesos a 670 millones) sufrió un golpe mortal con la famosa Ley N° 2216 de 1887, que desató una ulterior oleada de especulación.

La norma neoliberal que privatizó el sector bancario imitando el modelo norteamericano, se basaba sobre una fragilidad patente, dado que en presencia de una fuga de capitales ya en acto para escaparse de una inflación galopante, les autorizaba a los nacientes bancos a imprimir billetes de curso legal garantizados con reservas en oro del Estado a cambio de comprar títulos de la deuda soberana interna, luego, las mismas instituciones de crédito los canjeaban por oro y lo llevaban al extranjero. Las consecuencias fueron que los gastos públicos se dispararon, se amplió la facilidad de acceso al crédito, la difusión y circulación de billetes falsos o anulados, y encima, durante dos años, mientras se enviaban con libre albedrío capitales fuera del país despojándolo de su riqueza, la inflación devoraba los salarios de trabajadores y empleados. Cuando en 1889, la burbuja de las exportaciones se desinfló y las acciones bursátiles se precipitaron en una desastrosa caída, el robo ya se había cumplido.

El sistema colapsó, y en junio de 1890, por primera vez en su historia, Argentina se declaró en cesación de pagos y bancarrota, decretando el divieto de retiro de los ahorros depositados en los bancos. El default recordado como “corralito bancario”, tuvo sus ganadores, si en la crisis de 2001 fue, entre otros, el banco alemán Deutsche Bank, en 1890, fueron los terratenientes y los bancos alemanes e ingleses, sobre todo la compañía Baring Brothers & Co, que después de comprar la deuda argentina ofreciendo dinero – por la mayor parte europeo – sin rémoras y percibiendo colosales intereses, emitir una montaña de billetes sin valor y desviar al exterior tanto oro sellado, fue rescatada con un plan conjunto acordado entre Argentina y Reino Unido, valiéndose de la colaboración del Banco de Inglaterra y del banco N.M. Rothschild & Sons. Según lo pactado, el gobierno británico se hacía cargo de su inmediata recuperación, mientras tanto el entrante gabinete de Carlos Pellegrini recaudaba los fondos para honrar sus obligaciones con tenedores de bonos y bancos, por medio de un rigoroso plan de ajuste que pagaron, como siempre, los que la crisis la venían ya sufriendo, los sectores populares.

En aquel tiempo Pellegrini adoptó como primera medida el recorte de 1500 empleados del sector publico, extraña coincidencia con la disposición tomada por Macri para despedir casi 30 mil trabajadores en la administración pública entre diciembre 2015 y enero de este año, apenas un mes después de anunciar un acuerdo preliminar con los buitres, no sabemos si el nuevo presidente de Argentina seguirá el mismo camino de su antiguo predecesor, solucionando la crisis con rebajas de salarios y pensiones, pero lo que aparece claro ahora como entonces, es que la deuda no la pagan los que la aprovecharon: la clase dirigente, los corruptos, los especuladores, los oportunistas, los explotadores, las camarillas y los grandes grupos transnacionales. En marzo de 1891 la revista inglesa Banker's Magazine con honestidad intelectual admitía: “Si los argentinos han pecado no han sido ellos los únicos pecadores. Los financistas europeos han sido el genio del mal durante todo el drama", hasta el periódico The Time con lealtad declaraba: “Debe atribuirse a la influencia europea gran parte de la responsabilidad por la actual situación argentina.”

Hoy en día, la ética protestante del capitalismo, feroz pero digna, se queda arrinconada en el desván de una nueva ideología, el canibalismo financiero, y cuando una persona como Paul Singer posee una riqueza personal de 2200 millones de dólares es muy fácil invitar comensales y entrelazar nuevas relaciones que faciliten esos pastos totémicos sin remordimientos. Tal vez es eso que le permite declarar con arrogancia que su negocio es “una lucha contra los charlatanes que se niegan a competir respetando las reglas del mercado”, pero Singer, que se siente como el sheriff de la financia global, olvida decir que los que mandan el juego son los mismos que escriben y cambian las reglas de la competición a su antojo. Cuando en un partido entre dos contendientes, uno de ellos es arbitro y jugador a la vez, hay un partido trucado, sin embargo el sistema sigue en pié segando victimas con indiferencia. Los Kirchner, con sus limites, intentaron enfrentarlo y detenerlo pero no tuvieron vida fácil, el canje que promovieron en 2005, si bien alcanzara un acuerdo legal de quita todavía cuestionado por algunos economistas que sostienen que solo hubo una quita del 9%, fue considerado por los buitres y el juez Griesa como un atentado a las reglas internacionales del mercado, mas no era nada menos que un acto de legitima defensa a protección de los intereses nacionales, o sea, de los desamparados, de los sin techos y de los hambrientos y enfermos sin recursos que la crisis de 2001 generó.

A Singer y a los fondos de inversión la emergencia humanitaria no les importa, porque su lógica es otra, ellos quieren explotar a los dañados hasta la última gota de sangre y una vez muertos pedir el cobro del entierro con intereses usureros. En particular, el empresario de Nueva York ya lo hizo en Perú, donde tras comprar, en 1995, su deuda en quiebra por 20 millones de dólares y asumir el control financiero del país, en el año 2000, le demandó con éxito el pago de 58 millones al ministerio de hacienda y finanzas peruano, ofreciéndole a cambio al entonces presidente Fujimori, acusado por crímenes de lesa humanidad (matanzas de 15 personas en Barrios Altos, en 1991, y de 10 personas en La Cantuta, en 1992, perpetrada por el escuadrón militar apodado “Grupo Colina”, y el secuestro del empresario Samuel Dyer y del periodista Gustavo Gorriti) y delitos de corrupción durante su autoría (600 millones de dolares desaparecieron en cuentas bancarias offshore), devolverle el avión presidencial “Air Force One”, bajo embargo, para facilitar su huida del país. Incluso el rey de la bolsa intentó realizar una obra maestra de la financia especulativa, la adquisición de la deuda soberana de Congo Brazaville que, desgraciadamente para él, quedó incumplida.

La operación llevada a cabo por la Kensington International, concernía la compra de una deuda en proceso de ser condonada por el gobierno bosnio, una transacción que le hizo merecer el titulo de “buitre carroñero”, pues que la especulación se producía dañando a un país ahogado en una cruenta guerra civil, ocurrida entre junio de 1997 y diciembre de 1999, y a continuación de una larga crisis política con interferencias de EE. UU. y ex URSS, que habían dejado una población estremecida por el hambre y el cólera. Singer, como pudo demostrar el gobierno congoleño, adquirió la deuda por 30 millones de dólares sobornando a las autoridades de Bosnia, entretanto cobró 100 millones en intereses antes de demandar al tribunal de la isla de Jersey, en Reino Unido, el pago de los títulos, pero el enojo y el disgusto popular fueron tan grandes que el parlamento británico ordenó que el fondo no cobrara a pesar de un fallo en su favor.

El financista estadounidense no se asustó y nunca renunció a seguir enarbolando la bandera del libre mercado bursátil, en lo que se llama lobbismo – un cabildeo de bolsistas, banqueros y mandatarios que pueden determinar el destino no sólo de una empresa o un sector productivo sino también de una nación – tiene muy pocos competidores, por eso, le pareció bien inscribirse al circulo de los financiadores de la ONG Vital Voices (Voces Vitales por su nombre en español) donándole 500.792 dólares en 2011, hablamos, oficialmente, de una organización no gubernamental fundada en 1997 por Hillary Clinton y Madeleine Albright, ex secretaria de estado durante la presidencia de su esposo Bill Clinton, de hecho, uno de los muchos caballos de Troya que EE. UU. utilizan para entrometerse en los asuntos internos de países claves. En América Latina, hace tiempo que Voces Vitales está combatiendo contra gobiernos considerados enemigos ,ocultándose detrás de la pancarta de libre movimiento nacido con “el propósito de promover el progreso de la mujer como parte de la política exterior de los Estados Unidos” e invirtiendo “en mujeres extraordinarias alrededor del mundo, que están creando oportunidades económicas, promoviendo reformas políticas y defendiendo los derechos humanos, impulsando su potencial de liderazgo para transformar vidas y acelerar el logro de la paz y la prosperidad.”

No se comprende qué genero de prosperidad y paz la organización desee conseguir, lo que es cierto es que está actuando en Venezuela, Colombia, Brasil, Argentina, Bolivia, Uruguay y en todos los países del Caribe, y que sus socios financiadores son empresas transnacionales con estratégicos intereses económicos como Exxon Mobile, Bank of America, Walmart, Citi, Nike Foundation, JW Marriot y hasta el Departamento de Estado, bastante para enterarse de que la organización ha armado un programa para formar personal político y construir movimientos derechistas ultra-liberales que promuevan y consoliden la presencia del capitalismo norteamericano en el mundo. Las vicisitudes de los últimos meses en Argentina avalora que Singer tiene a Hillary Clinton como su mejor aliada, si el hombre de negocio siempre fue un mecenas de los republicanos, no rechazó el respaldo del campo demócrata, porque el capital yanqui siempre goza de un apoyo bipartidario en el extranjero. La diputada Laura Alonso vinculada a Voces Vitales y con una larga experiencia de estudio en Reino Unido, donde consiguió su bachillerato, fue la más tenaz sostenedora de un acuerdo con NML y los otros buitres, claro que no faltó el aval de Macri y de otra mujer también ligada a las ONGs patrocinadas por la CIA y el Departamento de Estado, me refiero a Patricia Bullrich del partido Unión por Todos, que nunca escondió su enlace con el grupo Unoamérica (Unión de Organizaciones Democráticas de América), un medio de información conservador y fuertemente politizado, que despliega una campaña de agresión sistemática hacia todo los gobiernos latinoamericanos que se alejan de su espejismo neoliberal, basta echarle un vistazo a su sitio digital para constatarlo.

En este nuevo contexto, no es raro que se produzca un cambio de rumbo político, acercando la posición de Argentina con Israel y su partido de gobierno, el Likud, y, sobre todo, convirtiéndolo en el discípulo más diligente de EE. UU. dentro de una América Latina que considerando los recientes acontecimientos (el impeachment de Dilma Roussef en Brasil y la posible vuelta al poder en Perú de la hija del ex presidente Alberto Fujimori), se arriesga a vivir otra guerra sucia, más inmunda y tramposa del pasado. El mismo presidente Barack Obama dando el visto bueno al acuerdo con los buitres, ha bendito la victoria de Singer en cambio de ejercer el poder que la Constitución estadounidense le otorga para impedir que él y sus compinches cobraran. Según lo que dice Macri, por fin la nación puede volver a asomarse al mercado de los capitales, el crédito puente de 5000 millones de dólares a una tasa del 6,76% comprometido por un grupo de bancos internacionales (Deutsche Bank, HSBC, JP Morgan, BBVA, UBS y Citi) a finales de enero, oficialmente comprueba su afirmación, pero cabe duda si es para fortalecer las reservas del Banco Central, como asegura el gobierno, o, por el contrario, un paso necesario para recaudar los capitales destinados a pagar a los fondos buitre. Lo que muchos analistas no alineados temen, es que sea la apertura de un nuevo ciclo de súper-endeudamiento, y que después de la década del '80 y la de Menem, esté por comenzar la década neoliberal de Macri, claramente, hay que esperar que no sea así.

Por ahora, la mejor respuesta a la aquiescencia supina del presidente argentino, la dieron las abuelas de Plaza de Mayo y todos los que lucharon y luchan por la libertad no teniendo miedo a la represión, a esos hombres y mujeres, madres e hijos, abuelos y nietos, no puede bastar la simple desclasificación de los archivos del Vaticano y los de EE. UU., pedazos de frío y burocrático papel donados como un regalito en que nunca encontrarán la verdad, a lo mejor descubren unos apellidos, el nombre de una calle, el macabro ritual de un verdugo pero no el dolor de los torturados, ni el desasosiego de los ejecutados, ni el llanto de los que quedaron esperando quien nunca volvió, eso no se puede intercambiar con un canje ni siquiera con un tratado. La Cita de Macri con Obama en San Carlo de Bariloche para evitar polémicas durante la manifestación de repudio a la dictadura en su 40° aniversario, puede engañar a los que no conocen la historia de Argentina, pero quienes la conocen saben muy bien que la ciudad fue una destinación agradable para otros perversos personajes de la historia, los jerarcas y altos militarse nazis que desembarcaron del buque San Giorgio bajo falsa identidad, alojándose en la localidad turística y modelándola conforme a su ideología jamás repudiada, exponentes del Tercer Reich como Josef Schwammberger, Frederich Lantschner, Reinhard Kopps, Cornelius Dellai, Hans Aichinger, Dominik Moroder, Fridolin Guth, Franz Rubatscher, Adolf Eichmann y el criminal de las Fosas Ardeatinas (335 ejecutados), el capitán de las SS Erich Priebke, que vivió casi medio siglo allí, donde inicialmente fue metre en un hotel, luego fiambrero del pueblo y, por fin, director de la local escuela alemana.

Esos hombres beneficiaron de las líneas de ratas, rutas de escape creadas por altos prelados vaticanos (notorio fue el rol del obispo Hudal que dedicó toda su vida para desencarcelar a nazis y fascistas) y la OSS (Oficina de Servicios Estratégicos), los mismos que hoy ofrecen una verdad de segunda mano sobre la dictadura militar, mientras que en aquel tiempo les proporcionaron a los nacionalsocialistas dinero, documentos con falsos nombres y contactos en todo el continente, posteriormente integrándolos en diversos planes subversivos de EE. UU. para derrocar gobiernos legítimos en Sudamérica. Los servicios secretos estadounidenses aprovecharon su capacidad organizativa, su conocimiento científico y su aversión a los movimientos izquierdistas y marxistas, utilizándolos como sucedió en Bolivia con el nazi Klaus Barbie, implicado en la organización de tres golpes militares de estado, y más en general en la “Operación Condor.” San Carlo de Bariloche, como otras ciudades de Brasil, Chile, Paraguay, Perú, ha sido el centro en que un gran número de criminales de guerra y adeptos nazis de origen alemán encontraron un refugio seguro, disfrutando de una nueva, tranquila y aburguesada vida, lejos de ojos indiscretos, continuando a operar conformemente a su fe, también ha sido una de las localidades a las que llegó el viento frio de un totalitarismo espeluznante.

No se puede poner una piedra sepulcral sobre aquel horror porque, tomando en préstamo palabras del director y documentalista Carlos Echeverría, no es “como si nada hubiera sucedido.” El sentido de la justicia no nos permite olvidar la cara apenada de la mama de Juan Herman, uno de los miles de desaparecidos, un estudiante de San Carlo de Bariloche que soñaba con cambiar el mundo o simplemente soñaba con un mundo en el cual uno puede ser aún libre de tener un pensamiento independiente, de manifestar sus ideas, correctas o equivocadas que sean, y de participar a la vida social y política del propio país sin miedo a que le pase algo. Siguen en mi memoria los ojos cansados de una madre que tejiendo con ganchillo y soplando humo al aire con desgana muestra las llagas de un dolor imborrable, las lagrimas amargas que intenta secar con la dignidad de los machacados, la voz temblorosa pero intensa, para ella el tiempo se detuvo cuando Juan fue secuestrado en la casa de familia, desde aquel día vivió cultivando una única esperanza, verlo reaparecer, porque nunca se puede aceptar el mal brutal, arbitrario y sin sentido.