No vamos a salir reforzados

12.10.2020

No vamos a salir reforzados. Nada de eso. Esta pandemia servirá únicamente para convertirnos, si cabe más aún, en esclavos. En unos esclavos dóciles, atemorizados, revueltos unos contra otros. En unos esclavos ignorantes, que ya no recordarán cómo ni cuándo les cargaron de cadenas. Esta pandemia, venga de donde venga, intencionada o casual, ha sido rentabilizada. Esta pandemia es otro más de los horrores contemporáneos, otro eslabón añadido a la cadena del miedo y la fragilidad. El mundo, desde que entró en la llamada modernidad, esto es, en un modo de producción capitalista de alcance mundial, debe consistir en esto: una gestión del miedo y la sumisión, un socavamiento de la cultura y de la autoridad, para que la única cultura y la única potestad sea la del propio capital. 

El capital posee ese mágico don de deslegitimarlo todo, salvo a sí mismo y a los engranajes que garantizan su perpetuación.

La pandemia cayó sobre el mundo, pero dentro del mundo había un país que, en los albores de la democracia formal y del borbonismo restaurado, había logrado salir del hambre y del atraso. El país llamado España.

El régimen autoritario precedente había optado por invertir más en educación e industria que en armamento, lo cual no encajaba precisamente con el rótulo de “fascista” que la izquierda aplanada suele darle. Había en la España posfranquista, ciertamente, muchas contradicciones irresueltas, un gran problema de reconciliación nacional, una huella terrible de cainismo y de desigualdad social. Pero la educación en España, gracias a la labor del Estado y de las congregaciones católicas, había llegado a unos niveles dignísimos. 

Al final del franquismo y durante los primeros años de la llamada Transición, España pudo decir con orgullo que había logrado que los hijos de la clase obrera y campesina lograban acceder a una enseñanza de calidad. Magníficos maestros y profesores de instituto, con muy escasos recursos, con tiza y pizarrón, levantaron el nivel cultural de aquella España de posguerra, cejijunta y arrasada.

Con una enseñanza primaria y secundaria de calidad, la universidad en España dejó de ser elitista y contribuyó a crear una capa social más cualificada, más crítica, y una clase media sólida que equilibrara las cosas en una sociedad menos agraria y más fabril. Bien es cierto que ésta universidad enseguida mostró su hispánico morbo, a saber, la endogamia, el caciquismo casi feudal, la ramplonería intelectual. Esa misma universidad, y una serie de predicadores iluminados, los apóstoles de la LOGSE, el constructivismo, el aprender a aprender, pronto iba a ser uno de los agentes causantes de los males educativos y culturales de nuestro país.

Cuando la pandemia cayó oficialmente sobre España, en marzo de 2020, y los centros educativos se cerraron a cal y canto, la situación educativa nacional ya era nefasta. Los profesores carecían de todo género de autoridad. La autoridad más elemental para un educador, que consiste en exigir silencio y tranquilidad en las clases, no podía ser ejercida en muchas ocasiones. ¡Y lo que nos queda de fiesta! Cualquiera de sus decisiones, relativa a calificaciones, sanciones por indisciplina, métodos de evaluación y de enseñanza, puede ser cuestionada en cualquier momento y por cualquier estamento que rodea al docente: los propios alumnos, padres, equipos directivos, inspectores. En un clima de degradación de la convivencia de las aulas y de nulo respeto hacia la figura del profesor, es normal que en muchas clases y en muchos centros no se pueda enseñar nada y no se aprenda nada. Si a esto le sumamos la nueva figura social, inédita en nuestra historia, que es la figura del “padre dimisionario”, la situación no puede pintarse más negra. Llamamos “padre dimisionario” a aquel que abdica de sus funciones como padre, y deja que sus hijos crezcan asnalmente, como bestezuelas que corretean por la dehesa. Eso sí, esos padres que no poseen ni media consagración para plantarse ante sus hijos, cara a cara, y exigirles respeto, obediencia y responsabilidad, son los mismos padres que no dudan en firmar reclamaciones de nota, exigir la luna despóticamente, pleitear y acosar al funcionario y al enseñante, “que para eso les pagan”. 

En pleno mes de marzo, justo antes del confinamiento, los centros de enseñanza parecían más preocupados por sus planes de igualdad (pancartas violetas, globitos de colores, manos manchadas de pintura) que en corregir horrendas faltas de ortografía, enseñar la historia con rigor o subir el nivel de matemáticas. Con unos resultados calamitosos en niveles de lectura, la España democrática parecía ser, en el contexto europeo y de las naciones avanzadas, el garbanzo negro, la oveja descarriada, la vergüenza de occidente. Los niños españoles que, en porcentajes alarmantes, se inician en el sexo, el alcohol y las drogas hacia los 12 o 13 años, son niños que viven en la calle, zascandileando en parques, calles y plazas, o se recluyen como adictos a pantallas y videojuegos que los propios maestros promueven en detrimento del libro, única salvación, junto al deporte y demás facetas de la cultura, para nuestros jóvenes. 

Llega la pandemia justo cuando se están prohibiendo en los colegios los libros de texto y sustituyéndose éstos por tabletas electrónicas, ordenadores portátiles, y la cultura –definitivamente asesinada- es sustituida por las “competencias digitales”. Los niños y jóvenes ya no sabrán hacer la o con un canuto, pensarán que Colón fue un genocida, que Pelayo era xenófobo, que los andaluces fueron ya nación con los árabes. Los españolitos no sabrán situar un país importante en el mapa y serán anarquistas ortográficos. Las nuevas generaciones se criarán pensando que las autonomías o las 17 taifas existieron siempre, y que las lindes trazadas por caciques cayeron del Cielo. También pensarán que no existe el sexo ni la naturaleza, que todo es asignado y construido por la sociedad. Decir que existe la verdad o el bien, es fascista, y será de todo punto obligatorio sostener la teoría de los múltiples modos de familia. Con este panorama, cayó la pandemia. Cayó, como si ya no nos hubieran caído desgracias suficientes.

Todos a casa. Y enseñanza digital. Que no se queden ociosos en sus casas. Todos detrás de la pantalla. ¿Y qué se vio tras este forzoso experimento social? Que hemos creado una sociedad de tramposos. España es, desde hace varios siglos, un país de truhanes y pícaros. 

El final del curso 2019-2020 fue un fraude generalizado. Por supuesto, los trabajos y los exámenes encomendados a los alumnos fueron debidamente plagiados, pirateados, copiados descaradamente, sin el más mínimo sentido del decoro. Este es el secreto peor guardado de la Enseñanza digital: todo se vuelve fraudulento. Evidentemente, este país no va a exigirle a un zagal de quince años lo que no puede exigir al presidente del gobierno o al jefe de la oposición: que sus titulaciones hayan sido ganadas a pulso, por méritos propios, sin plagio académico, sin negros contratados para adornar con licenciaturas, grados, másteres o doctorados una ignorancia crasa, indecente, bestial. España seguirá durante décadas inmersa en la inflación académica, burbuja llena de analfabetos funcionales con máster y Erasmus, doble titulación y venia docendi.

La pandemia nos puso delante de los ojos lo que sólo un ciego no puede ver. Muchos padres corrieron a los anuncios por palabras y a los portales de internet a la búsqueda de un profesor particular que, a cambio de una propinilla, hiciera el examen on line en lugar del chiquillo. Algunos docentes exigieron poner cámaras durante el examen, así como otras herramientas anti-fraude, pero dio lo mismo. Hay mil triquiñuelas. Nada puede sustituir al aula, lo mismo que nadie puede sustituir a un padre de verdad o a un maestro de verdad. Incluso, un tío, un cuñado, un sobrino o un vecino, docentes ellos mismos, funcionarios de carrera o interinos, fueron reclutados por familias indecentes para hacerle el examen on-line al alumno vago, ese candidato a parásito y futuro profesional de la mentira. ¿Qué país estamos construyendo? Un no-país, pues aquí nada se construye, tan solo se deshace, se fulmina, se arrasa con todo el patrimonio que nuestros mayores, sangrando y sudando, levantaron. 

Las administraciones de las 17 taifas, así como el propio ministerio-florero, depositario, a lo que se ve, de la propiedad sobre los hijos, no fueron mejores. En muchas autonomías, las instrucciones dictadas a los profesores eran claras, taxativas: aprobado general. Algún cacique regional trató de disimular las vergüenzas con juegos verbales: aprobado mínimo, etc. Pero era evidente: todo padre o estudiante llevaría las de ganar en caso de ver suspensa alguna asignatura, incluso después de un descarado abandono y pitorreo en la nariz misma de su profesor, pues contaba con una línea gratuita, on line, para reclamar su nota. Nada se pierde con reclamar, y mucho se gana. Siempre dan la razón al vago, al pícaro y al maleante. Esa es la España de siempre. Hay millones de personas honradas que no actúan así, pero viven sepultadas bajo la chulesca España de la trampa.

¿Podemos esperar algo de este país? Yo lo digo muy claramente: nada. Los políticos son espejo de la sociedad que les vota, mantiene y tolera. Y de ahí, todo para abajo. Pero el primer eslabón de esta cadena de putrefacción auto-inducida es la Educación. Nadie le va a poner el cascabel al gato, pues nadie está educado para hacerlo. La razón de ser de una España que se difumina y desaparece rápidamente va a ser ésta: ser el país más pícaro e indecente del bloque occidental, que ya es decir.

Este artículo es un extracto del libro Pandemia contra España publicado por Letras Inquietas.