Salafismo y wajabismo: una confluencia por el petróleo

22.02.2018

Thomas Edward Lawrence (1888-1935), alias Lawrence de Arabia, fue un agente de la cancillería británica (Foreign Office). Figura central de la incorporación del Medio Oriente a los imperios francés y británico.

Vidal Solís, filósofo, 1967.

Salafismo y wajabismo: una confluencia por el petróleo

Una buena parte de los actos terroristas perpetrados por grupos que se califican a sí mismos de salafistas o de wajabitas, ramas de la religion musulmana, muy próximas una de la otra.

A mediados del siglo XVI, Mohamed ibn Abd al-Wajab (1703-1792) fundó la coriente islámica llamada wajabismo en el desierto del Nejd, en el centro de la península arábiga. Su objetivo es el de restablecer la tradición salafista. Hoy mismo ese movimiento, es una forma puritana y fundamentalista del islam sunita, que rechaza la lectura racional del Corán y de la tradición del profeta Mahoma. Los wajabitas extremistas interpretan literal y estrictamente las palabras coránicas.

Para ellos, una gran parte de las tradiciones del Profeta son infunddas, sobre todo las que conciernen a la educación moral y espiritual. Ibn Abd al-Wajab aseguraba que su teología era una forma purificada del islam que tenía la función de restablece entre los musulmanes los verdaderos principios de la fe. Los wajabitas, en tanto que islamitas radicales, aplican el tarib (la coerción) para imponer el islam, mientras que los musulmanes moderados se inclinan por la etabligh (persuasión).

Los wajabitas se propagaron en los centros de población a lo largo y ancho del desierto, donde atacaban a las caravanas y a los peregrinos chiitas. Los hombres solían ser degollados o apuñaleados, los bienes eran robados, y las mujeres y niños eran reducidos a la esclavitud.

En 1744, Ibn Abd al-Wajab se alió al jefe tribal Mohamed ibn Saud (1710-1765), para hacer del wajabismo no un simple movimiento religioso, sino un movimiento político, como lo es aún hoy. Extendió su dominio armado en la Arabia oriental, Ibn Saud se comprometió a propagar el wajabismo.

La llegada de los imperialistas británicos

El Imperio británico, a mediados del siglo XIX controlaba grandes extensiones de Asia. La India tuvo necesidad de asegurar sus rutas comerciales hacia Europa. Los británicos firmaron un acuerdo con los jefes des tribus ocupantes de los territorios situados a lo largo del litoral del mar Rojo, del mar de Oman y del golfo Pérsico: armas y oro fueron distribuidos alegremente, lo mismo que las promesas de protección militar; a cambio, esas tribus debían evitar que las otras potencias coloniales (en particular el imperio otomano) de acecaran a esas tierras.

Las regiones que interesaban a Inglaterra como zona de seguridad carecían de real significación estratégica hasta que Alemania dio a conocer el proyecto de la construcción de la línea ferroviaria Berlín-Bagdad, al inicio del siglo XX, con la cual los británicos pederían la iniciativa en el control de grandes volúmenes de petróleo que serían descubiertos en el subsuelo de países como Irak y Arabia Saudí. Los británicos utilizaron a la perfección el método de dividir paa reinar provocando el enfrentamiento de unos jefes tribales con otros o bien apoyando a unos contra otros. Las tribus quedaron así totalmente dependientes de los británicos.

El irreverente intervencionismo anglosajón en el Medio Oriente se repetiría simultáneamente en México. El salafismo en el suelo mexicano consistió en la implantación en suelo nacional de una multitud de dispositivos de acción geopolítica a cargo de antropólogos de "ideas avanzadas", de una diversidad religiosa agresiva, lanzada a la sombra del Plan Cicinnati (1914), que dividió a México en zonas de influencia de las denominaciones del protestantismo histórico. Atrás de éstas llegarían los movimientos pentecosteses, que forman la mayoría del movimiento llamado evangélico. Más tarde los movimientos paracistiano aparecerían con gran fuerza acompañando a modelos de vida anglosajones a través de grupos como la Iglesia de la Unificación, el mormonismo y los testigos de Jehová. Entre otros.

A partir de 1880, la alianza Saudíwajabita comenzó a ocupar los territorios otomanos de los países que hoy se llaman Irak, Siria y la parte occidental de Arabia, donde se encuentran La Meca y Medina. A falta de medios financieros y del material de guerra moderna necesario para confrontar al imperio otomano, el jefe Abdel Aziz Ibn Saud (1880-1953) se apoyó en los británicos para ganar su simpatía con la mirada puesta en el futuro

Pragmatismo islamita y colaboración con los infieles

La dependencia árabe de los infieles y los imperialistas empezó a ser moneda corriente de los yijadistas salafistas, que alegaban que esa subordinación es adecuada en tanto que beneficie a la causa. Ese pragmatismo fue elaborado por el erudito religioso Mohamed Abduh. Este personaje participó en la sublevación egipcia de 1882 contra la ocupación británica, a consecuencia de lo cual encontró asilo en Líbano.

Los fanceses, que pugnaron por el control del Medio Oriente ante el plan arollador de los británicos, introdujeron a sus comparsas en una logia masónica a la que dedicaron como fuente propagandística antibitánica. Abduh regresa a Egipto para ser no sólo perdonado por los británicos, que controlaban el país, sino que fue nombrado juez y más tarde el gran mufti mufti (el puesto religioso más elevado de Egipto) después de que prometió al procónsul británico de Egipto que no se mezclaría en política. Pero su sola presencia era de suyo apaciguadora.

Las ideas políticas de Abduh tuvieron más tarde gran influencia en el fundador de la organización de los Hermanos musulmanes en Egipto, Hasan al-Banna. Los Hermanos Musulmanes siguieron las mismas creencias fanáticas y el mismo pragmatismo que los wajabitas, convirtiéndose también en fieles coadyuvantes del Imperio británico.

Después del acuerdo Sykes-Picot

Al firmarse el acuerdo Sykes-Picot en 1916, los británicos y los franceses decidieron repartirse las partes restantes del Imperio otomano después de la Gran Guerra, dejando sin efectos las promesas de independencia que habían sido hechas a los árabes que ayudaron en la lucha contra los turcos. Al salir de la Gran Guerra, ambas potencias agotadas económicamente se enfrentaron a rebeliones armadas en Afganistán, Turquía, Irak, Siria, Palestina y Egipto.

Los rebeldes fueron sometidos por la fuerza, pero el colonialismo militar no podía durar mucho más. Francia y la Gran Bretaña decidieron entonces aplicar un estatuto que implicara una independencia a medias para los diferentes países, instalando reyes árabes para dirigir cada país, aunque bajo mandato bitánico.

El engranaje político del diseño británico

En Nueva York, 1916, el Servicio de informaciones alemanas editó el libro Revelaciones de un espía internacional. Su autor I.T.T. Lincoln, un judío que trabajó en el servicio exterior británico. Fue distribuído en México por la sucursal del SIA.

En el libro no es mencionado una sola vez ese país llamado México que había comenzado a parfilarse como potencia petrolera al comenzar su explotación de los hidrocarburos en la zona huasteca en 1901. No obstante, a la luz de los hechos narrados en esas Revelaciones, se explican algunas circunstancias de las que ni siquiera la historia nacional menciona en el presente.

Lincoln fue miembro de los servicios secretos de Gran Bretaña en posiciones de la cancillería. Y dentro de ellos ocupó un lugar destacado en el partido de la paz que a toda costa se empeñaba en evitar que los belicistas británicos se salieran con la suya haciendo la guerra a Alemania.

Dice Lincoln en una página inicial de su libro: “Sería del todo injusto e injustificado vituperar al pueblo inglés por esta guerra (Se refiere el autor a La Gran guerra de 1914 – 1918) No son ni el pueblo ni el Parlamento, ni siquiera el Gabinete quienes tienen la responsabilidad. Esta se concentra a las puertas de un grupo de individuos, quienes teniendo en perspectiva un determinado objeto, decidieron seguir cierto recurso, y por su influencia en aristocráticos y políticos círculos urdieron una sutil trama de complots e intrigas a las que últimamente orillaron al mismo Gobierno.

“La trama antigermánica urdida por Inglaterra después de la exaltación de Eduardo VII y el retiro de Lord Salisbury, no fueron una deliberada o meditada política del gobierno británico, sino la obra de unos cuantos individuos que compusieron últimamente la oficial política del Gobierno. El jefe de los complotistas más bien conspiradores fueron el rey Eduardo, Sir Eduardo rey, Sir Carlos Hardinge, Sir Francisco Bertie, Lord Esher y Lord Roberts”.

Asegura Lincoln que se acercaron a él un grupo de influyentes y distinguidas personalidades que estando convencido de los peligros de la política extranjera de Eduardo VII con sus aliados decidió vigilar su desarrollo detrás de bastidores para contrariar sus belicosos proyectos”. El grupo utilizó como medio de identificación la letra D. Y los corrillos eduardistas y el grupo D se hicieron la guerra subterránea, fuera de la mirada pública. “Si Sir Enrique Campbell-Bannerman hubiera vivido unos cuantos años más los proyectos antigermánicos no hubieran originado la guerra”, dice nuestro autor.

Para contrarrestar la actividad del grupo D se agudizó un conflicto en los Balcanes que dio al traste con el plan de establecer un entendimiento angloalemán. Llegó un momento en que el propio grupo D estuvo convencido de que la guerra era inevitable.

Coincidieon con los belicistas británicos los los chovinistas franceses y los paneslavistas rusos. Francia, como se vio en el engranaje de intrigas inglesas desplegadas en el Medio Oriente apuntadas arriba, fue arrinconado para jugar un papel secundario en el desencadenamiento de la guerra que salía al paso del plan alemán de construcción del tren de Bagdad con derivación segura a Kuwait.

Lincoln confirma de tal manera el análisis hecho casi un siglo más tarde por el equipo de analistas y políticos franceses capitaneados por el filósofo Jacques Cheminade, de quienes hemos tomado algunas informaciones transcritas arriba. Además, Lincoln confirma la idea de la bestial conducta ante las riquezas de los puebloes que han caído bajo su potencia.

México en el engranaje de control de hidrocarburos

En 1982 aparecieron las dos partes del libro La guerra secreta en México, publicadas por ERA. Obra de Friedrich Katz, de la Universidad de Chicago.

Lamentamos en ambos libros la sobriedad de las evidencias documentales, tan exageradas que hacían inevitable que el lector perdiera de vista el dato de que el canciller del Imperio Athur James Balfour se ocupó de México y de su petróleo en 1918. Es decir, en 1917 nada en lo concerniente al petróleo mexicano llama la atención del jefe de la diplomacia británica, según Katz. Pues bien, ese dato es falso de toda falsedad.

Por lo menos desde un año antes Balfour no sólo conocía la importancia de los yacimientos petroleros mexicanos, sino porque los conocía intentó una maniobra de descalificación del gobierno de Venustino Carranza consistente en captar al general Félix Díaz para encabezar una conspiración que le diera el triunfo militar sobre los revolucionarios. Félix Díaz, militar modélico, rechazó la proposición de Balfour de una manera clara e inequívoca. Díaz es un héroe desconocido de la historia de México.

El documento que fue recibido por Félix Díaz fue firmado por Balfour y por dos socios: Tardieu por Francia y House por Estados Unidos. La lista es encabezada por Balfour, por Inglaterra. El documento fue recibido por el general Díaz en su campamento en Xalapa, capital del estado de Veracruz. El mensaje simplemente ofrece apoyar al general Díaz lesionando la dignidad nacional.

Tratado Secreto entre los Estados Unidos de Norteamérica y los aliados contra México y Centro América.

Artículo I. La situación de preponderancia de Estados Unidos en México es reconocida por Inglaterra y Francia; por lo tanto, se comprometen a que las reclamaciones de sus nacionales que provengan por empréstitos, indemnizaciones, ventajas comerciales u otras cualesquiera contra México, sean recomendadas a Estados Unidos para que estos puedan ejercitarlas y hacer la correspondiente presión contra Carranza.

Artículo II. Estados Unidos se comprometen a lograr el pago efectivo y el reconocimiento de esas obligaciones de franceses e ingleses.

Artículo V. Inglaterra para sostener la situación predominante petrolera necesaria para su consumo, se quedará con las propiedades y territorios de Mesopotamia, Rusia y Rumania, y Estados Unidos se comprometen y grantizan a Inglaterra la ilimitada exportación de petróleo proveniente de México, para cuyo objeto utilizarán, llegado el caso, fuerzas de mar y tierra contra Carranza. Los Estados Unidos equiparán una expedición armada para ocupar en dado caso la región de Tampico, a fin de asegurar la provisión de petróleo a Inglaterra, y si la ocupación originase algún conflicto con el Japón, las flotas americanas e inglesas se reunirán para combatir a ese país. Inglaterra retendrá Constantinopla como base de su flota para resguardo de los intereses petroleros en Rusia y para hacer efectivos los intereses petroleros mexicanos.

Artículo IX. Los Estados Unidos adquirirán el control de los ferrocarriles mexicanos y del Istmo y de esto tendrán todavía un convenio especial sobe los bienes ingleses que en esos ferrocarriles se encuentren. Los Estados Unidos harán al Gobierno de México las reclamaciones sobre los intereses de las citadas empresas por encargo especial de Inglaterra y Francia.

Artículo X. Inglaterra y Francia están conformes en que los Estados Unidos pueden extender sus expansiones territoriales hasta el Canal de Panamá, sin necesidad de arreglo posterior sobre este punto de la Entente. Estados Unidos se comprometen, siguiendo la política acordada, a conceder determinado apoyo financiero a Félix Díaz para evitar que crezca la fuerza de Carranza.

El documento está datado en Washington en mayo (sín día) de 1917.