Situación de la resistencia y la identidad en Argentina

08.04.2016

Ha vuelto al poder el neoliberalismo atlantista más rapaz. Esta vez lo ha conseguido a través del voto popular mayoritario con un programa explícitamente neoliberal. Esto merece destacarse pues en el resto de nuestra historia siempre ha accedido al poder mediante golpes de Estado, mediante el fraude, en contextos de proscripción de partidos mayoritarios o bien a través de la claudicación de presidentes provenientes de partidos nacional-populares (caso de Menem y Alvear). Sin embargo no ha ganado la elección en primera, sino en segunda vuelta, en balotaje ante el gobierno kirchnerista que llevaba 12 años en el poder y mostraba un cierto desgaste ante la opinión pública por errores de gestión así como también fruto de una fuerte embestida mediática de años. Hasta que punto se debió a errores de gobierno y hasta que punto se debió a una embestida mediática, lo dirá cada analista según sus simpatías. Sin embargo, más allá de la caracterización que se haga del kirchernismo es un hecho que su conducción renunció a la voluntad política desde el momento en que decidió respetar los márgenes establecidos por la Constitución neoliberal de 1994 y no impulsar una modificación constitucional que habilitara a la presidente Cristina Fernandez de Kirchner a ejercer un nuevo mandato cuando pudo. Durante su último mandato, por tanto, ha emprendido una retirada voluntaria del poder, en acatamiento de la alternancia partidocrática que establece la Constitución. La estrategia electoral del kirchnerismo, en consecuencia con ello, consistió en hacerse de muchos escaños en el parlamento para sus hombres de mayor confianza, y dejar postulantes ostensiblemente débiles o moderados, abandonados a su suerte, compitiendo por los cargos ejecutivos más importantes. A causa de ello acabó perdiendo toda base de sustentación de poder real en prácticamente todos los distritos más importantes, la Provincia de Buenos Aires y sus principales municipios. Esta derrota fue por tanto necesariamente prevista por el gobierno mismo, al menos como posibilidad. Es imposible pensar que una máquina de ganar elecciones como es el aparato del Partido Justicialista, que especialmente en la Provincia de Buenos Aires nunca había perdido una elección, haya sido vencido por un partido asentado casi exclusivamente en la Ciudad de Buenos Aires, que no contaba hasta entonces prácticamente con ninguna base territorial en este distrito, el de mayor población del país.

Respecto de la naturaleza de la fuerza política del FPV (el frente político-electoral que condujeron los Kirchner desde 2003) podemos decir que es expresión de un peronismo tamizado por el imaginario de la izquierda progresista urbana y con presencia de movimientos sociales nacidos al fragor de la crisis del 2001 que Néstor Kirchner supo atraer al aparato estatal que hasta entonces combatían. La potencialidad revolucionaria del peronismo fue evidentemente motor de todos los desafíos que el gobierno pudo plantear al establishment, pero sus compromisos demócratas y progresistas con el ordenamiento jurídico vigente le impidieron llevar esas reformas más allá del cerco institucional que justamente existe para que nada cambie.

El panorama entonces en Argentina ha quedado establecido por voluntad expresa del kirchnerismo al interior de los márgenes del sistema democrático-liberal burgués, que en nuestro país significa dentro del aparato de Estado de ocupación neocolonial. El kirchnerismo por voluntad propia ha respetado todos los poderes (dentro y fuera del Estado) que suponen una limitación de la soberanía nacional-popular; pero a su vez, y sería necio negarlo, con su retórica nacionalista y populista ha logrado incorporar a la vida política a amplias franjas de la juventud que antes permanecía despolitizada. Es decir, el kirchnerismo se ha demostrado incapaz de hacer revolución alguna, siquiera de encarar reformas sustanciales en doce años de gobierno. Y sin embargo, ha logrado revitalizar la memoria histórica nacional de una parte del pueblo convocándolo a una lucha, a una gesta, que el gobierno, por otra parte, nunca emprendió.

Tenemos, por tanto, un panorama político que se ha encausado, como en el resto de los países “civilizados” (es decir, atlantistas) a una alternancia entre el partido hoy gobernante de ‘centro-derecha’ con el kirchnerismo, que se ha resignado a ocupar el rol de oposición de ‘centro-izquierda’. Pero con ciertas fuerzas vivas movilizadas, con cierta memoria de resistencia que no existe en otros países del mundo.

Dicho esto, y entrando a hacer algunas prospecciones, el gobierno de Macri en el poco tiempo de gobierno que lleva (desde el 10 de Diciembre) ya ha dado vía libre a los despidos en el Estado, las Provincias, y municipios. Lo que ha repercutido también en el sector privado donde ya se están registrando suspensiones y despidos también. Este panorama, al que hay que sumar una devaluación del 40%, y la quita de subsidios estatales a los servicios de luz, gas, y transporte, supone que habrá un fuerte impacto inmediato sobre el bolsillo de los trabajadores, en especial de los más humildes.

Hay analistas políticos que consideran que una ofensiva de este tipo ante un mapa político dividido (la elección resultó 51,34% % contra 48,66%, y muchos de los votos de Macri fueron votos “castigo” contra el oficialismo saliente) podría resultar suicida, y que por tanto, debe tratarse de un “apriete”, de un chantaje, para luego sentarse a negociar las aspiraciones salariales de los sindicatos a cambio de la permanencia de los trabajadores amenazados por los despidos. Como sea, se avizora un clima de conflictividad social, y el grado que alcance dependerá de cómo el gobierno logra negociar con los sindicatos (o comprarlos), y hasta donde pretende “apretar el acelerador” en el primer tramo de gobierno a favor del empresariado y los bancos. También dependerá la estabilidad del gobierno actual de la voluntad política que manifieste Cristina Kirchner desde la oposición, siendo que puede pretender ponerse a la cabeza y fomentar manifestaciones contra el gobierno de Macri para forzar una retirada o con perfil bajo encabezar una oposición “responsable”. Lo más probable es que ella, personalmente, permanezca con un perfil bajo mientras manda a su gente a liderar las protestas contra el gobierno atenta a la evolución de la conflictividad social. Lo más probable es que la oposición que susciten las primeras medidas del gobierno de Macri, si sigue en esta estrategia de “tensionar” con firmeza la situación, sea acaparada por el kirchnerismo. Pero si el macrismo elige una estrategia de avance lento y silencioso, logrando estabilizar la situación económica con el ingreso de dólares-deuda y la contención de la inflación, logrará que el kirchnerismo pase lentamente a un segundo plano y corra peligro de extinción y desmembramiento.

Para finalizar, otro factor impredecible de los años porvenir será cómo se movilizará el pueblo por sí mismo, independientemente de la dirigencia política, y en especial la militancia joven, que no estando alineada en su totalidad con el kirchnerismo, sin embargo está muy sorprendida y molesta (obviamente más que los dirigentes que entregaron la elección) por el triunfo de Macri y nos atrevemos a predecir que será protagonista de encarnizadas luchas en las calles como siempre ha sido si la situación empeora en lo inmediato. Recurrentes sacrificios de buena voluntad que abundan en nuestra historia reciente, que implicaron sustanciales derramamientos de sangre, y que han sido traicionados y negociados en los escritorios de la burocracia profesional del Estado. Aplastados, por el peso de los cómodos sillones de un Estado que en miras de su propia “estabilidad” no garantiza más que la frustración de toda aspiración de soberanía y grandeza. La historia argentina, podemos arriesgar, no ha consistido más que en esto. Y por ello al conjunto de los trabajadores y la juventud es a quien hay que apelar para potenciar el germen revolucionario existente contra el anglo-sionismo, y hacerlo al margen del “enfriamiento” institucional que la nostalgia por el peronismo reconduce hacia las estructuras partidarias kirchneristas. Estructuras que no son más que la versión “pop”, es decir, esencialmente insustanciales, de un pasado heroicamente desaparecido. Y sobre el que se montan espejismos confusos para quebrar la natural épica juvenil en una identificación con las instituciones contra la que lucharon nuestros héroes. Tenemos un legado venerable, regado de mártires, sobre nuestros hombros. Legado que no responde a la ortodoxia de ninguna doctrina, sino que es un espacio común de sentido donde conviven dichos ejemplos de sacrificio por la liberación nacional y social, por el hombre nuevo. Personas que no murieron justamente en la cama, que no calcularon sus chances para la próxima elección. Legado viviente que espera ser liberado del usufructo innoble que hacen de él personajes mediocres de nuestro presente, que no aspiran a un modo de vida distinto del de nuestros peores enemigos. Nuestros muertos no lucharon por los derechos humanos, ni por la democracia, ni por el Estado, mucho menos para vivir en los barrios más ricos y opulentos de la ciudad, lucharon por la patria asumiendo para sí una forma de vida superior, la del guerrero que se sabe imbuido del destino trágico de nuestro pueblo, y ante eso, no se achica. Ese legado inquietante, podríamos decir, testimonial en el sentido más alto de la palabra, espera aún ser reivindicado fuera de los ritos canónicos de la tercera posición argentina: el peronismo residual hoy vigente, que en la repetición de fórmulas y frases vacías de hombres a quienes que no se lee, no se emula, ni comprende, justifica la claudicación existencial presente en nombre de “la doctrina”. Y junto a esta estúpida rigidez, convive la “fe” en que el kirchnerismo pueda hacer algo de lo que en doce años no hizo.

Si hay una posibilidad de identidad para la Argentina, no será sino a partir de reconocerse en sus mejores muertos, los heroicos. Y ese legado, es, a su vez, el único combustible capaz de hacer que la resistencia al neoliberalismo devenga revolución y guerra abierta al imperialismo atlantista.